Un colegio sin computadores ni internet en pleno Silicon Valley

Los alumnos del Waldorf Península son hijos de empleados de compañías como Google, Apple o Yahoo!, pero aprenden a través de dibujos, juegos al aire libre o en un pizarrón tradicional. La idea es desarrollar la creatividad antes del contacto con las herramientas tecnológicas que captan la atención de sus padres y del resto del mundo.

por Nicolás Díaz
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Al pensar en una escuela de Silicon Valley -hogar de muchos gigantes de la tecnología como Google, Intel, Hewlett-Packard y Apple-, no es difícil imaginar una sala que incluya algunas de las mejores y más jóvenes tecnologías del momento: impresoras 3D, hologramas y computadores portátiles que quepan en un par de anteojos, como el recientemente anunciado Google Glass.

Pero pese a tener entre sus alumnos a los hijos de empleados pertenecientes a compañías como Google, Yahoo y Apple, los estudiantes del colegio Waldorf Península en Los Altos (www.waldorfpeninsula.org), una comunidad a minutos en auto de las principales compañías tecnológicas de California y donde las casas cuestan en promedio US$ 2,5 millones, no pueden estar más alejados de esa visión. Dejando de lado las herramientas tecnológicas que cada día llegan a más aulas alrededor del mundo, los hijos de los líderes en innovación aprenden utilizando nada más que lápiz y papel.

El recinto es uno de los 160 colegios de EE.UU. que educa bajo el método Waldorf, ideado a principios del siglo XX por el filósofo austríaco Rudolf Steiner y que busca enseñar a través de un enfoque que favorezca la creatividad y actividad física. Bajo este concepto, los computadores y otros tipos de gadgets y herramientas tecnológicas se convierten en inhibidores del potencial de los niños, según comentan apoderados del Península. “Rechazo fundamentalmente la idea de necesitar ayuda tecnológica durante la educación básica”, señaló Alan Eagle en una entrevista con New York Times.

Eagle, quien tiene dos hijos en el establecimiento, opinó también que “la idea de que una aplicación de iPad pueda enseñar mejor a mis hijos a realizar operaciones aritméticas es simplemente ridícula”.

Durante sus horas en el colegio, los niños aprenden a través de juegos en equipo, dibujos, música y otras actividades que se alejan del concepto tradicional que la mayoría tiene sobre el aprendizaje en una sala de clases. Si bien su educación básica no incluye el uso de computadores, desde los 13 años comienzan a utilizarse en algunas tareas básicas, y su uso en la casa, aunque no está prohibido, no se incentiva mucho tampoco. “El computador no es más que una herramienta. El que sólo tiene un martillo piensa que todos los problemas son clavos”, comentó el apoderado y empleado de Microsoft Pierre Laurent al diario francés Le Monde.

Al igual que en otros colegios que siguen el método, los alumnos del Península -que se mantienen con los mismos profesores a lo largo de toda la educación básica- no parecen tener problemas con esto a pesar de conocer los beneficios de la tecnología por su contacto fuera de clases. En su primer año de universidad, Leila Waheed, quien hoy tiene 20 años y es egresada del colegio, notó que casi todos sus compañeros llevaban notebooks a clases para tomar apuntes. “Si te paras en la parte de atrás de la sala y miras todas las pantallas, notarás que al menos la mitad de ellos está en Facebook”, contó en un reportaje de la cadena NBC.

En cuanto a ella, sigue tomando notas de puño y letra de la misma manera que lo hizo durante su época escolar. “Una educación así te permite poder decir ‘OK, puedo dejar mi teléfono en el bolso’. Puedo mantener una conversación con alguien por media hora, pero no necesito estar conectada todo el día”, agregó.

“Creo que lo que no te dan los computadores es el sentido común, intuición y la habilidad para pensar lateralmente para resolver un problema. Eso tienes que aprenderlo desarrollando justamente los sentidos a partir la experiencia… no creo que la idea sea tecnología versus naturaleza. Creo que es absorber, pero entendiendo y desarrollando la curiosidad extrema, la habilidad de resistirse a vivir en un mundo donde usamos cosas que no entendemos como funcionan”, contó a Tendencias el empresario tecnológico Tiburcio de la Cárcova, reconocido por su trabajo en proyectos cómo la desarrolladora de videojuegos Atakama Labs y el recientemente estrenado taller de tecnología Santiago Makerspace. Además, ha experimentado la relación de estas herramientas con sus hijos pequeños.

La sicóloga Mónica Peña, especialista en Educación e Infancia de la Facultad de Sicología de la U. Diego Portales, explicó a Tendencias que más que un beneficio demostrado, la adopción del método Waldorf por parte de los profesionales de la tecnología en Silicon Valley es más un tema de creencias personales. “Las herramientas tecnológicas se insertan dentro de realidades culturales. Si vivimos en un mundo donde los computadores existen, éstos deben ser parte de la vida de los niños y niñas, que se familiarizan con su uso de forma ‘casi natural’. Una de las tareas de la escuela es colaborar en la integración de los niños y niñas en la cultura en que viven, por tanto este tipo de herramientas deben ser parte de los procesos de enseñanza”, cuenta.

En cuanto a la masificación de este tipo de sistemas de aprendizaje tras la creciente conciencia sobre los aparatos tecnológicos en nuestra vida, agregó que “los modelos educacionales de este tipo siempre han existido, pero suelen limitarse a educar a cierta clase media alta culturalmente muy avanzada, que ya ha pasado por fuertes procesos de consumo, entonces para ellos es válido preguntarse si tener o no tener gadgets está bien. De cierta manera son parte de un grupo minoritario donde existe cierta redundancia a nivel material.”

Este mismo proceso es el que también les causa algunos problemas a los alumnos menores, que se frustran fácilmente al ver lo insertos que están sus padres y otros adultos cercanos en el mundo de los gadgets y smartphones. Aurad Kamkar, de 11 años, comentó a New York Timers que tras una visita a sus primos se encontró a sí mismo sin nada que hacer, ya que cada uno de ellos estaba inmerso en sus dispositivos. En un llamado de atención, terminó moviendo sus brazos frente a ellos, exclamando “¡Hey, estoy aquí!”.

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