Los 3 soldados de challapata

Augusto Cárdenas, Jose Luis Fernández y Alex Roque son tres soldados bolivianos que fueron detenidos por cruzar ilegalmente la frontera chilena. Estuvieron presos un mes y este viernes fueron finalmente expulsados. Días antes de eso estuvimos en Challapata, el pueblo donde nacieron y crecieron, para buscar sus historias. Nos ayudaron sus familiares, en medio del altiplano y la pobreza.

por Álex Ayala Ugarte
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Felipe Cárdenas, de 50 años, escucha las últimas novedades sobre su hijo en una radio Akita que lleva colgada al cuello y que se agita como si fuera un péndulo. Su hijo es Augusto Cárdenas, de 19 años, uno de los soldados bolivianos que fueron detenidos el 25 de enero en Chile, acusados de cruzar ilegalmente la frontera. Felipe viste una vieja camisa a cuadros, un pantalón fino como papel, un gorro de camuflaje que limpia el sol de su cara y unas sandalias hechas con llanta de rueda. Pasa sus días en el campo, a cinco kilómetros de Challapata, el pueblo de casi 25.000 habitantes en el que vivía Augusto antes de que entrara al cuartel y de que lo arrestaran.

Es la mañana del martes 26 de febrero y Felipe sujeta en una mano una honda de fabricación casera, que utiliza para lanzar piedras diminutas cuando las ovejas que cuida intentan abandonar los terrenos de pastoreo. Se trata de una planicie gigantesca, un paisaje de colores verdes, ocres y amarillos, en el que la vista se pierde en el horizonte. Las ovejas no son suyas, son de su patrón. Felipe dice que éste apenas le paga cinco bolivianos al día -menos de un dólar- por hacerse cargo de su alimento. Con eso ayuda en lo que puede a la familia, a los siete hermanos de Augusto: seis hombres y una mujer que ya se han independizado y que procuran mantenerse por sus propios medios.

Susana García, la mujer de Felipe, tiene 53 años y está a su lado. Le faltan varios dientes. Es de origen quechua, apenas balbucea algunas palabras en castellano y llora destrozada. Su llanto es a ratos seco, duro como el altiplano en el que habita, sin lágrimas. Susana vio a Augusto en Iquique el fin de semana anterior y comenta que le dieron ropa nueva. Aquí -recuerda- “andaba a veces con el pantalón roto y sin zapatos”. En Chile, Susana conoció el mar y allá también lloró desconsolada. No ha dejado de hacerlo desde enero.

Susana parió a la mayoría de sus hijos en una construcción de adobe y paja que queda a cinco minutos. Lo hizo sin atención médica, a empujones. Así ha sido siempre en este paño de tierra. Cuando le pido a Susana que me muestre este lugar, el patrón, un tipo chato, con gafas de sol, se planta al frente y prohíbe abrir la puerta.

-No van a pasar. Esto no es de ellos -me dice-. Nunca lo ha sido. Ellos no son dueños de nada acá. Yo les permito estar aquí, con los animales, pero nada más.

A nuestro alrededor hay un par de ollas para cocinar a leña y unas polleras húmedas penden de una cuerda. Dentro, la pareja tiene unas pocas pertenencias extras. Pero no se pueden ver: es el patrón el que decide cuándo alguien sale y cuándo entra.

De camino a la carretera, Felipe dice que no logra conciliar el sueño, que se siente como un árbol al que le arrancaron una rama. Y cojea: se mueve con torpeza. Hace tres años, un coche lo atropelló y tiene mal una cadera y la clavícula izquierda.

Antes, Augusto vigilaba con él de vez en cuando a las ovejas. Ahora, la radio es el único cordón umbilical entre ellos. Se sostiene bajo el pecho de Felipe como un pájaro de mal agüero. Hasta el momento, dice él, “sólo nos ha traído malas noticias”.

Felipe no podía adivinar que tres días después, el primer viernes de marzo, recibiría por fin la buena nueva: tras una nueva audiencia, se acordó que Augusto y sus dos compañeros conscriptos debían abandonar Chile en 24 horas, bajo la condición de no pisar ese país en un año.

***

En Challapata, Augusto Cárdenas compartía con varios de sus hermanos una sola pieza de unos 12 metros, alumbrada por un foco de pocos vatios. Se trasladaron hace tiempo allá, para no tener que caminar cada día más de una hora para llegar a la escuela.

En la habitación hay un par de espejos, una ventana, tres catres, montones de ropas por todos lados y unas corbatas en un perchero, el único detalle de formalidad en un ambiente que se asemeja más al de un niño de 10 años que al de un joven conscripto.

En las paredes, los muchachos han pegado láminas de La era del hielo, Dragon Ball y varios crucigramas que ya están resueltos. Y sobre un precario mueblecito de madera descansa un televisor minúsculo en el que, según su hermano Wilder, de 23 años, Augusto veía películas de puños y patadas, de terror y también dibujos animados.

Augusto siempre ha sido alguien de pocas palabras, un chico reservado. Eso es lo que cuenta al menos su cuñada, Dora Barcaya, de 29 años: “Le gusta la cumbia, el reggaeetón y las baladas románticas, pero no es de los que salen a divertirse de noche. Y cuando estaba acá, no tomaba. Prefería jugar futsal con los amigos”.

En una fotografía de hace cuando menos una década, que Dora sostiene entre dos dedos, Augusto mira a la cámara con gesto decidido. De fondo, hay un mapa de colegio. Augusto, por aquel entonces, no había abandonado todavía sus estudios.

***

Lo único que brilla en el cuartito que ocupa la familia del soldado boliviano José Luis Fernández, de 18 años, es la trompeta que le daba de comer antes de enrolarse en el cuartel de Challapata con los satinadores de montaña. El resto es gris: pobreza clonada. Exactamente lo mismo que uno puede hallar en otros rincones del altiplano. En primer plano, algunos baldes sucios, el techo hecho pedazos, sacones de yute en lugar de armarios; y en segundo, una cama apenas firme y un colchón delgadísimo en el piso.

En él dormía José Luis y ahora lo hace Leocadia Choque, su madre, de 44 años. Leocadia aprisiona la trompeta sin estilo, con una cara entre la pena y el orgullo. Ella sabe que, hace mucho, Evo Morales tampoco poseía nada: de chico, recogía cáscaras de naranja para hacerse infusiones en las mañanas frías, luego trabajó como pastor de llamas y, después, fue trompetista. Por eso, quizás, Leocadia piensa en la música como la única tabla de salvación a la que aferrarse. Por eso, quizás, no suelta la trompeta sin boquilla que sacó hace un rato de su funda negra. Al fin y al cabo, este es un país abonado ya a la épica: si un campesino como Evo llegó a ser presidente de Bolivia, ¿por qué no un trompetista?

Una de las bandas de José Luis se llama Bonanza Mix y acompaña con sus ritmos a las fraternidades que bailan frenéticamente cada febrero en el Carnaval de Oruro. También ameniza las fiestas de las comunidades aledañas. Con cada actuación, José Luis, siempre bien uniformado, ganaba entre 100 y 150 bolivianos -entre 15 y 20 dólares-, una cantidad que en Challapata se puede decir que es como una fortuna en miniatura.

El resto de los ingresos provenían de los platitos de chicharrón que Leocadia vendía en una plaza cercana. Vendía, sí, porque desde que su hijo está lejos se siente sin energías y no cocina. De seguir así, podrían echarles del rincón que habitan. Los 100 bolivianos que les cobran de alquiler se han convertido en una carga demasiado pesada.

Acompañando a Leocadia están la hermana de un año y nueve meses de José Luis, que se aferra a la pierna de su madre como si en vez de manos tuviera tenazas, y la abuela, Asunta García. La abuela sufre de sordera y escucha apenas, está mal de la vista y no entiende lo que vomitan los noticieros: no entiende que se diga que José Luis portaba un fusil FAL cuando cruzó sin permiso la frontera; ella lo recuerda con su trompeta. Tampoco entiende que desapareciera de repente; ella lo crió cuando su padre, también músico, lo abandonó para irse con otra mujer a la localidad minera de Llallagua y dice que ahora es el turno de José Luis, que le toca a él cuidar de ella.

***

Lidia Arancibia, la corresponsal de Radio Fides en Challapata, dice que José Luis es el más conversador de los tres soldados que han conocido Iquique y el océano Pacífico a la fuerza. Dice, además, que José Luis la visitaba con frecuencia y que incluso grabó una cuña que invitaba a la población a no dejar abiertos los grifos de sus casas.

Lidia tiene a mano aquel spot radial y le da al play. La voz que se escucha es la tierna y agitada de un infante, la de alguien que parece incapaz de matar siquiera a una mosca de un zarpazo.

Challapata, comenta Lidia, es un vocablo aimara que significa “lugar de arena”, un espacio abierto, a 350 kilómetros de La Paz y 120 kilómetros de Oruro, con edificaciones de apenas uno o dos pisos; unas pocas farmacias, pensiones y carnicerías; un par de gasolineras que no siempre tienen combustible y algunas vulcanizaciones. Un sitio difícil, en el que las calles están cubiertas por partículas de polvo que el viento menea a una y otra esquina, como si estuvieran encima de una batea.

Durante la Colonia, el pueblo estuvo dominado por un corregidor español que maltrataba a los lugareños y que fue descuartizado en mitad de una revuelta indígena. Luego se convirtió en un lugar de paso y, con la llegada del ferrocarril, se asentaron acá algunos europeos que montaron, entre otras industrias, una fábrica de alcoholes y otra de velas.

La fábrica de alcoholes era de un suizo de apellido Rossath, con una historia que raya la tragedia. Lidia me cuenta que enviudó y retornó a Suiza, dejando dos hijos en Challapata, “una mujer rubia de ojos claros que paseaba a caballo por la plaza principal, que se volvió loca y que murió carbonizada en un incendio”, y un varón apuesto que se dio a la bebida para matar las penas y que tampoco vivió mucho tiempo.

Hoy, Challapata apenas presume de nombres ilustres y se nutre sobre todo de su actividad agropecuaria. Produce leche, queso, haba, papa, maíz, cebada, alfalfa, quinua. Y hasta pocos meses era un punto en el mapa plagado de contrabandistas. Hasta aquí llegaban constantemente los denominados autos “chutos”, coches robados en Chile que se entregaban a los compradores a bajo precio, con falsa documentación y falsas placas.

“Antes, por eso -explica Lidia-, proliferaban los talleres de mecánica”. Alguna vez se vio hasta un BMW descapotable con el cartel de “se vende” bien visible. Pero todo terminó, acota Lidia, “cuando Evo militarizó la zona el pasado octubre”.

En aquellos días fatídicos volaron los gases lacrimógenos y hubo dos muertos. Luego, siguieron las caravanas interminables de carros incautados por una vía asfaltada que jamás había visto tanto vehículo junto. Y se volatilizó la plata fácil para muchos jóvenes del pueblo, que estaban metidos en este negocio del que casi nadie hablaba.

***

Para Alex Choque, de 21 años, el mayor de los soldados sorprendidos más allá de la frontera chilena, el dinero ha llegado siempre con cuentagotas. Cada peso que ha pasado por sus manos lo ha sudado. Su madre falleció días después de dar a luz a uno de sus hermanos, cuando él era un bebé y su padre, Amalio Choque, de 52 años, se deshizo de él y el resto de sus hijos en cuanto pudo. “Mi papá nunca se ha preocupado por nosotros y miente si asegura lo contrario”, dice Idelma Choque, de 26 años, hermana de Alex. Y añade que le extrañó que Amalio fuera el fin de semana pasado a Iquique tras tanto, tanto olvido.

Antes de entrar al cuartel, Alex trabajó como panadero, como vendedor en una tienda y como mecánico. Tiene un ojo malo desde muy niño -un palo que hacía de flecha se le atravesó sin querer entre juego y juego- y una hija de sólo cinco meses llamada Esmeralda, a la que adora, que es como su ojo bueno.

En la parcela de Amalio, a ocho kilómetros de Challapata, hay una ladrillera y algunos sembradíos. Cuando aparezco por allá, él divaga. Muestra enseguida un camión Ford de color celeste, al que le tiene cariño, y dice que en Iquique fotografió lobos marinos. En el pueblo le han oído comentar que su hijo haría mejor quedándose en Chile. Pero ahora apenas nos cuenta algo de Alex. Habla del mar. “No había sido azul, sino más oscuro, como una nube”, describe. Habla del diputado chileno Hugo Gutiérrez, quien alojó a los conscriptos en su casa. “Como un papá nos ha tratado”, dice.

Amalio vive ahora con otra pareja más joven que él y ha tenido más hijos. “Cuestan, los hijos cuestan mucho. Muchísimo”, se queja. “Pero hacerlos no te costó tanto”, le recrimina Lidia, la locutora de Fides, que nos acompaña.

-¿Y conoce usted a su nieta?- le pregunto a Amalio.

-La conozco- dice.

-Ahora mi hijo es don- bromea. Y se ríe con una dentadura dorada y crema.

-¿Y cómo se llama ella?- le digo.

Amalio calla. Esta vez, no tiene preparada una respuesta.

***

Este mismo martes, lejos de aquí, en Chile, los tres soldados de Challapata ya están pululando por la casa del diputado Hugo Gutiérrez en Iquique, luego de pasar un mes en el penal de Alto Hospicio, desde donde sólo alcanzaban a ver desierto. Habían salido libres el día anterior, aunque con movimiento limitado: estaban con arraigo.

En la conferencia de prensa que dieron tras dejar la cárcel, José Luis Fernández, el más locuaz del grupo, reafirmó la inocencia de los tres: “Estábamos luchando contra el contrabando”. Y finalizó con un tradicional proverbio quechua: ama sua, ama llulla, ama quella (no robar, no mentir, no ser flojo).

Mientras en Challapata sus familias se lamentan por no tenerlos cerca, los soldados pasan la tarde del martes con el cónsul boliviano en Iquique y piden comida a domicilio: pollo y papas fritas. El miércoles, siempre con el cónsul de anfitrión, acuden a cortarse el pelo al estilo militar en la peluquería Reflejos y se dan una vuelta por el complejo turístico Jatata, en las afueras de la ciudad.

Y el jueves no abandonan su encierro en la casa de Hugo Gutiérrez, con quien desayunan temprano en la mañana.

Gutiérrez, tras escuchar en la radio que los soldados podrían ser devueltos pronto a su país, empieza la conversación en la mesa con una pregunta:

-Y a todo esto, chiquillos, ¿qué van a hacer cuando regresen a Bolivia?

Ellos no saben qué responder.

“Probablemente, terminar el servicio militar”, se anima a decir José Luis Fernández. Y estudiar. “Acabar el colegio y estudiar”, repite.

El diputado les pregunta si piensan seguir en el Ejército y Alex Choque, el más tímido de los tres, es el único que se anima a contestar. “Yo, yo quiero seguir en el Ejército”, dice, con un hilo de voz.

Es imposible sacarle más de cinco o seis palabras.

***

En el regimiento Ranger de Challapata hay siempre un joven recluta que apunta con su fusil al piso, que observa todo muy atento y que sólo a veces da los buenos días.

Augusto, José Luis y Alex entraron aquí a cumplir con el servicio militar obligatorio el pasado junio. Y después les destinaron a un puesto fronterizo a tres horas de distancia. A uno de esos lugares en los que nunca pasa nada hasta que pasa.

Algunos los llaman ya “los héroes del mar”, a pesar de que hasta hace poco ni siquiera conocían el Pacífico y de que no tienen nada que ver con la vieja demanda marítima boliviana. Y otros, como Reina Choque, prefieren no colgarles encima ningún cartel y esperar con calma algún encuentro casual para abrazarlos.

Reina estudió con ellos en el Centro de Educación Alternativa de Challapata y ahora ocupa sola un pupitre vacío, mientras mira como ausente por la ventana. Y no tarda en hacer un recuento fugaz de sus naufragios personales: “Perdí a mi marido, le dieron una paliza. Perdí a mis animales. Aquí han pasado siempre muchas cosas malas”.

“Pero tengo a mis hijos. Son tres, como los soldados”, dice.

Luego, sonríe.

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