Mis seis años en un Transantiago

[Evaluación] En febrero de 2007, Rita Brante contó a La Tercera cómo había sido su primer viaje en el Transantiago. Seis años después, ella y un veterano chofer del sistema relatan cómo han vivido los cambios y cómo perciben el transporte público en la capital.

por Javiera Herrera y Carla Vásquez
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La primera vez que tomé el Transantiago lloré de la desesperación”, confesó en 2007 Rita Brante a La Tercera. El 10 de febrero de ese año, la mujer, que vive en avenida El Peñón, en Puente Alto, no se demoró los habituales 45 minutos a su trabajo, si no que tardó más de dos horas en llegar a la comuna de Providencia.

Seis años después, recuerda: “Fue desesperante, estaba histérica. Los primeros días, los primeros meses siempre llegaba atrasada al trabajo”. Confiesa que, al poco tiempo, el hotel geriátrico donde se desempeñó hasta 2010 cambió la hora de entrada y el sistema de turnos, para que así los empleados no tuvieran problemas para cumplir los horarios.

Antes de que se implementara el sistema de transportes, Rita, de 62 años y con cuatro hijos, sólo tomaba un metrobús que la dejaba frente a su lugar de trabajo, y el viaje lo hacía la mayor parte del tiempo sentada. “Después, todo cambió y yo me pregunto si hubiera sido muy negativo dejar el otro sistema”, dice.

Tras el inicio del Transantiago, el viaje hasta su trabajo lo hacía en tres tandas y con hasta 20 minutos de espera entre bus y bus. “Primero tengo que tomar el metrobús, donde tengo que pagar, porque no sirve la tarjeta bip!, para llegar al paradero 14 de Vicuña Mackenna. Después, tomar un troncal hasta Departamental y desde allí otro troncal para llegar a Pedro de Valdivia”, relató hace seis años.

Ahora, recuerda que hasta el último día de trabajo siguió haciendo esa misma ruta de casi 20 kilómetros. Eso sí, cuenta que en 2008, cuando se iniciaron los primeros cambios notorios al Transantiago “había más frecuencia de micros, pero eran de las antiguas, de las enchuladas”.

Luego, dice, que a fines de 2009 ya se demoraba menos en su trayecto. “Por Vicuña Mackenna las micros iban un poco más rápido”, debido a las vías exclusivas y se demoraba cerca de una hora y media en llegar a Providencia.

En cuanto a la evasión, afirma que “se da mucho más en el Transantiago que en las micros amarillas, pero yo, que sufro de la espalda, no puedo hacer nada”.

Actualmente, Brante está jubilada y dedicada a cuidar a su madre enferma, por lo que utiliza el sistema en menor medida, principalmente para realizar trámites. Aun así, los seis años del Transantiago los resume del siguiente modo: “Es igual que antes, ayer la micro venía tan rápido que no le paró a una señora, y con los escolares es lo mismo, sobre todo a la hora de salida de clases”. Por esto sostiene que “yo ya me resigné, pero no me conformé con el sistema”.

En 1980, Ramón Lagos, de 64 años, hizo su primer recorrido como chofer de locomoción colectiva. En esa ocasión viajó de Tobalaba a Las Rejas y luego recorrió diariamente, hasta 2005, la ruta entre Tobalaba y Maipú.

Es jueves en la mañana y, a bordo de su bus, Ramón cuenta que antes de que partiera el Transantiago, decidió cambiarse a la empresa Subus, porque “vi que las ‘amarillas’ se iban a acabar y porque prometían un mejor sueldo. Eso último no fue mentira”

“El primer día del Transantiago fue un caos tremendo. Recuerdo que iba por Gran Avenida y había miles de personas en los paraderos, gente en medio de la calle y otros que no dejaban cerrar las puertas. Ese día me desmoralicé. Me preguntaba si esto siempre iba a ser así”, confiesa.

Añade que, en un principio, la gente pagaba su pasaje, pero después de dos años, cuando la tarifa subió, “la gente comenzó a dejar de pagar”. De hecho, según el chofer, los jóvenes y los estudiantes son los que menos cancelan sus viajes, mientras que los adultos mayores lo hacen siempre. “A veces llega a dar rabia, porque sube un joven, pasa a llevar al abuelito y más encima no paga”.

Desde hace un par de años también comenzaron a trabajar en las máquinas fiscalizadores con el propósito de disminuir la evasión, lo que -asegura- ha tenido un efecto positivo. Cuenta que ahora también recibe menos reclamos. “Hoy, de 100 personas, hay cinco que están disconformes, antes, eran 101”, remata.

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