La promesa cumplida

Desde los nueve años, Bryan Rabello debió vivir con el cartel de promisoria figura del fútbol chileno. Para convertir eso en realidad, el muchacho de 18 años -estrella de la selección Sub 20- debió sortear varios problemas. El más difícil, dejar a su familia a los 11 años y vivir con una abuela postiza. Ese camino, que Rabello recorrió durante una década, hoy lo encumbra como el futbolista chileno de mayor proyección internacional.

por Luis Miranda
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Un niño de nueve años camina solo por la calle. Villa los Artesanos, Rancagua, Sexta Región. Sus padres trabajan todo el día, de modo que, tras salir del colegio, toma una pelota, se la pone debajo del brazo y sale por Avenida Artesanos hacia la cancha de baby fútbol que hay en la esquina, frente a Avenida República de Chile. A un costado de la cancha hay un basural y el barrio -el triángulo entre las poblaciones Claudio Arrau, Los Artesanos y Manuel Rodríguez- es conocido por su peligrosidad. El niño deja la pelota en el suelo y esquiva a rivales imaginarios con enganches. Quien lo ve queda sorprendido porque juega en solitario en un mal sitio y porque es, a esa edad, el futbolista más talentoso jamás visto allí.

Es 2003. A veces Bryan, el “Huicho”, va a buscar a su mejor amigo, Edison Molina, “Edinho”, de su misma edad, para rematar en la cancha. La madre de Edison lo ve llegar a la reja de su casa con la pelota y cree que ambos serán futbolistas en el futuro. Reza para que ellos cumplan su sueño. Pero esos pedidos se cumplirán en un 50%, porque hoy, tras 10 años de cambios en las vidas de esos niños, Bryan Martín Rabello Mella acaba de debutar como titular en la Selección chilena adulta de fútbol, mientras que Edison es un adicto a las drogas. Con 18 años, Bryan le ha ganado a la vida. Pero a un costo.

El de convertirse en un hombre desarraigado.

El rescate

Ese mismo 2003, un vecino de Los Artesanos ve jugar a Bryan y se da cuenta del siguiente escenario: o lo lleva a una escuela de fútbol de un club importante o el niño jugará partidos entre hombres, le pagarán dinero y con el dinero en las manos, las ofertas de drogas o alcohol aparecerán como el agua. Por eso lo invita a la escuela de fútbol de Colo Colo, en Rancagua, a cargo de Ricardo Horta.

Horta ya ha descubierto a varios jugadores profesionales y cree que con observar el caminar de un niño puede darse cuenta si tiene o no talento. Con Bryan quiere hacer un pequeño cambio.

-¿Eres bueno o malo? -le pregunta.

-Soy bueno -dice Bryan.

Y lo demuestra con la pelota. El hombre se sorprende. Pregunta más datos: quienes son los padres, dónde vive, su edad y los estudios. De inmediato informa a Santiago. Sabe que Bryan tiene lo que hay que tener para que se convierta en futbolista profesional. En el Estadio Monumental se enteran y están atentos. Horta le da consejos. Uno es sobre la familia y comer bien:

-Tienes que ser egoísta con tu alimentación. Primero tú, segundo tú, tercero tú -recuerda Horta haberle dicho al niño-. Tú vas a ser el apoyo de tu familia en el futuro.

Durante tres años, Rabello sale de clases, en el colegio El Cobre D-30 de la población Manso de Velasco, va a su casa y parte a entrenarse al complejo deportivo Patricio Mekis, donde lo espera Ricardo Horta. Un día él se entera que Bryan juega con gente de mayor edad en El Teniente y lo reta. El camino, a pesar de que es un niño, debe ser claro y recto. Para ser crack hay que evitar las tentaciones. Rabello lo aprende sin chistar, porque su personalidad es así: reservada, meticulosa, cubierta con silenciosa humildad. Sabe qué responder desde pequeño. Su profesor de educación física del colegio, Renato Lobos, recuerda lo que Bryan le dice a los 10 años:

-Quiero ser futbolista profesional, quiero jugar en Colo Colo, en la Selección y llegar a Europa.

A pesar de que esa frase resulta un presagio exacto de lo que ocurrirá entre los años 2010 y 2013, es conocido por los formadores de futbolistas que todo niño que pertenezca a un club de las características de Colo Colo dirá la misma respuesta. Lo curioso es que Bryan la aprende de muy niño y comprende rápidamente que el fútbol, para él, es un trabajo y no un juego.

Año 2005. Los responsables del área formativa de Colo Colo invitan a la escuela de fútbol de Rancagua a las canchas del estadio Monumental. Los técnicos notan que lo informado por Horta es cierto. Bryan despunta sobre el resto. Pero chocan con el barrio, las juntas, el poder corruptor que eso pueda provocar. Saben que si no lo traen a Santiago, el muchacho sólo será la típica promesa que se pierde, porque nadie está dispuesto a controlar su camino. El fútbol en 2005 ya es un negocio en toda regla -Colo Colo es concesionado por Blanco y Negro S.A.-por lo que un niño como Rabello podrá otorgarle al club ganancias millonarias en el futuro si lo cuidan. Si lo rescatan. Toman una decisión.

Bryan será incorporado a la serie infantil de Colo Colo en el estadio Monumental, bajo la mirada del área formativa del club. Para que Rabello pueda ir a Santiago promueven a otro niño del mismo colegio de Bryan, Mitchell Ramírez, con el fin de que su abuela se haga cargo de los viajes y del cuidado de los dos niños. Piden permiso a los padres de la promesa y éstos aceptan. La señora Georgina Reyes se hará cargo de Bryan. Se convertirá en la mujer que críe a Bryan Rabello por cuatro años.

El desarraigo

Georgina llega al colegio a las 10.30 de la mañana, firma el libro de clases y retira a su nieto y a Bryan, les da almuerzo y se los lleva al terminal para viajar a Santiago. Mitchell y Bryan van sentados al lado de la “Bueli” y cantan reggaetón mientras los otros pasajeros duermen.

Según lo que Georgina hoy recuerda, ella es la persona que corre con los gastos de ambos niños. Paga tres pasajes, ida y regreso, por tres días a la semana. Cancela los pasajes de metro y compra algo de comida para el viaje de vuelta. Tantos gastos tiene, que pide un préstamo y empieza a cocinar papas fritas, sopaipillas y empanadas. Las vende en su población y anuncia que es para que esos dos niños lleguen a ser estrellas. Después de cada viaje, Georgina devuelve a Bryan a las 22.30 a su familia, en la villa Los Artesanos.

En Colo Colo saben que la solución debe ser aún más extrema. En marzo de 2006 deciden que Bryan se radique en Santiago. Le piden a Ricardo Horta que hable con los padres para que autoricen. La madre se niega, Horta les explica que la mejor solución es que Georgina lleve a Mitchell y a Bryan a un departamento en Santiago. Argumenta que lo pueden visitar y llamar por teléfono. Pero para que Bryan se convierta en realidad futbolística debe estar lejos de su hogar.

Georgina y los niños vivirán en un departamento donde antes había vivido Matías Fernández. Los niños van a un nuevo colegio, entrenan, hacen las tareas. Son los mejores amigos. La señora Georgina los cría mes a mes, mientras que la madre de Bryan llama a diario. Pero una noche, uno de los primos de Mitchell que está de visita en el departamento encuentra a Bryan Rabello, de 12 años, llorando. Lo hace en silencio. El niño le pregunta la razón de su pena. Bryan lo mira.

-Echo de menos a mi mamá -dice.

el crecimiento

Según su ficha personal en Colo Colo en 2007, Bryan Rabello “es un jugador distinto al resto, marca la diferencia notablemente; es, a esta fecha, un jugador de proyección que merece todo el cuidado y apoyo necesarios en las diferentes áreas de su proceso formativo integral”.

Hacia fines de ese año, Georgina, Mitchell y Bryan todavía viven en el departamento, frente al estadio Monumental. Pero en febrero de 2008 está lista la nueva joya del fútbol formativo de Colo Colo: “La casa alba”, una residencia de alto rendimiento donde vivirán los jugadores infantiles más promisorios, que vengan de provincias o lugares vulnerables.

Colo Colo decide un nuevo cambio. Mitchell y Georgina se quedan en el departamento, pero Bryan forma parte de la primera generación de “La casa alba”. Vivirá en el ala “Cordillera”, habitación 11. Ya tiene 14 años y se cree que su debut podrá adelantarse para el año que viene. La encargada de su formación es la señora María Enriqueta Figueroa, profesora de Estado y jefa del hogar.

Enriqueta recuerda a Georgina, porque Bryan ya se había despegado de su afecto.

-Me extrañó su desarraigo -dice-. La abuela que lo crió decía que la llamara y Bryan decía “sí, sí, sí, la llamaré”. Pero no lo hacía.

De alguna manera y para no quedarse en el camino, Bryan evita cultivar los afectos.

-Lo tenía claro de chico. Aquí uno ve muchos chicos que no aguantan un mes estar fuera de la familia y no llegan al profesionalismo. El estuvo fuera de casa desde niño -explica Juan Gutiérrez, actual gerente deportivo de Colo Colo-. Y aguantó.

Bryan se levanta temprano, hace su cama, no falta a los entrenamientos. Dentro de la cancha grita, manda y se siente el líder del equipo, simplemente, porque es el mejor; pero su reserva es evidente. Juega poco en la mesa de pool del lugar, ve mucho fútbol, juega Playstation. Detrás de la puerta de su habitación, Bryan pega la foto de su ídolo de la niñez: Cristiano Ronaldo.

En “La casa alba” hay una pequeña sala donde llegan los padres a ver a los hijos. Ni sus padres vienen mucho a verlo ni él viaja mucho a Rancagua. Y cuando lo hace, evita salir a la calle, se junta un poco con los amigos, saluda a “Edinho” y conversa con él en la esquina de su casa. Pero su directriz superior es el primer equipo, la Selección, su futuro en Europa.

En el Monumental es una celebridad. El entonces director de Blanco y Negro, Gabriel Ruiz-Tagle, lo “apadrina” y lo lleva a pasear al parque Funtangue, del que es dueño. A los 15 años, en agosto de 2010, debuta en el profesionalismo y durante dos años tiene apariciones esporádicas en el primer equipo. Colo Colo le arregla un buen contrato, a pesar de que es juvenil. Bryan comienza a pololear, no está durante las tardes en “La casa alba”, termina el colegio. Ya es hora de irse de allí.

-Si Bryan no hubiera sido la gran promesa -dice María Enriqueta-, hubiera pasado desapercibido. Era un muchacho ejemplar, pero no lo hubiéramos recordado demasiado.

El otro Bryan

-El maduró mucho más temprano que todos nosotros -dice Ariel Páez, uno de sus actuales ami- gos-. Dejó de lado muchas cosas para llegar adonde está.

El 2011 es un año complejo. A los 17 se cambia a otro departamento e inicia su vida independiente, con Ariel Páez, quien juega en la juvenil del club. Después de un par de tropiezos, los representantes de Rabello deciden que es el momento de pensar en Europa, pero debe tener una buena actuación para que eso suceda. Ocurre en 2012, su año definitorio. Juega en el primer equipo, es figura, le hace un gol a la “U” y, a pesar de que la actuación de Colo Colo es mediocre, Rabello al fin brilla.

Pero Bryan tienen una oferta del Sevilla, la acepta y se va a Europa. Colo Colo se queda con las manos vacías. Para Rabello, sin embargo, aquello es un detalle, porque a sus 18 años la promesa se cumplió. Cuando eso ocurre, Mitchell Ramírez, su amigo de la infancia, es enviado a la Sub 19 de Wanderers, de Valparaíso, y su abuela, Georgina, lo acompaña. Antes de volver a viajar, pasa por el Monumental y la gente que la conoce le pregunta si Bryan le agradeció de alguna manera.

-Les digo que no, pero no quiero nada más que un saludo -dice-. Lo llamo, pero él no me llama. Lloro cada vez que él sale en la televisión jugando. Me emociona. Es mi orgullo. Sólo le pido que se acuerde de mí.

Después de su gran actuación en el Sudamericano Sub 20 y que ha clasificado a Chile en el mundial de la categoría, Bryan Rabello es la estrella del barrio. Todos lo adoran.

Los padres no tienen el permiso del hijo para hablar. Se encierran y piden no ser molestados. La casa familiar tiene un poco más de 60 m2 construidos. Un poste de luz está dentro de la propiedad.

La villa Los Artesanos se ha tranquilizado con los años. Se puede caminar tranquilo por las noches y ya no está el basural: ha sido reemplazado por una pequeña franja de pasto, regada a diario por un vecino. Hoy es la noche previa al partido de Chile contra Egipto, en Madrid, donde Bryan entrará de titular en la Selección adulta de Sampaoli. La gente está esperanzada por ese niño que jugaba solo en esas calles. Edison, el amigo de infancia de Bryan, decide salir a caminar por la población sin rumbo fijo. Un vecino cuenta que Rabello vino antes del campeonato Sub 20 al barrio.

-Y le mostraron a un niño chico que jugaba harto -explica.

El hombre mira la cancha iluminada.

-Y el Bryan dijo que tenía condiciones, pero pidió que lo cuidaran. Dijo que eso era lo más importante -cuenta-. Que lo cuidaran para el futuro.

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