¿Qué les pasa a las niñas?

Quieren salir solas. Vestirse como si tuvieran 15 años. Hacerse piercing, tatuajes. Salir de vacaciones con familias que no son su familia. Quieren sentirse y verse como grandes. Así son las niñas que hoy rondan los 11 y 12 años y que experimentan, además, una pubertud más temprana. En la otra vereda, están los padres, cada vez más conflictuados entre el dejar hacer o prohibir.

por Carlos Pérez / José Miguel Jaque
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Diálogo 1. Florencia (12) y su madre, María Luisa.

- ¿Cuántos años tienes?

Hija: 13.

Madre: Tiene 12. Los acaba de cumplir ahora en diciembre... Es medio agrandada.

- ¿Y tú piensas lo mismo?

Hija: Mi mamá me mira como niña y yo no soy una niña... O sea, tampoco soy una adulta, pero me gustaría que me trate como una niña más grande.

Diálogo 2. Barbara (12) y su madre, Nicole.

- ¿Qué te gustaría hacer que tu mamá no te deja?

Hija: Un piercing en la guata.

Madre: Te hiciste dos en la oreja y terminamos en la clínica. Estás muy chica.

Hija: También quiero irme caminando del colegio a la casa (vive a casi 10 cuadras de su colegio, el Saint John’s en La Reina).

Madre: Cero posibilidad. Cero. Yo le pongo edad para todas las cosas y para eso está muy chica. Mira, yo tengo un tatuaje en la espalda, pero me lo hice a los 20 años, si ella quiere uno que se lo haga a los 18, cuando sea mayor de edad.

...Bienvenido a la preadolescencia de las niñas de hoy.

Los 12 de ahora son los nuevos 15. Y no sólo eso, por estos días, como nunca, es más difícil criarlas. Sus procesos biológicos se han adelantado, sus circunstancias sociales también, quieren verse más grandes y hacer lo que hacen las más grandes. Los padres están conflictuados intentando dilucidar hasta dónde sí y hasta dónde no, mientras el entorno da señales encontradas.

En este escenario, la preadolescencia de las hijas está resultando difícil. Porque ya pasó el tiempos en que las niñas de 11 o de 12 años sólo salían de vacaciones con sus padres o parientes; en que se supeditaban a la ropa que escogía su madre; en que no se les ocurría hacer un pijama party porque a ninguna le iban a dar permiso; en que bajaban a la playa con toda la familia y subían idem; en que no iban a fiestas porque a esa edad no habían fiestas; en que no pololeaban porque a esa edad no se pololeaba; en que no pedían permiso para salir solas porque a esa edad no se pedía permiso para salir sola y lo que quedaba era ver una televisión que les vendía muñecas y patines.

Por estos días pedir permiso es cuestión de querer y decir, y ellas siempre quieren. Quieren salir solas, vestirse como si tuvieran más edad, bajar con sus amigas -y no con la familia- a la playa, ir a las ferias artesanales sin adultos, quieren hacerse tatuajes y pintarse. Verse como las jóvenes que aparecen en la televisión. Quieren ser como las de 15. Hacer lo que hacen las de 15.

Pero sólo tienen 11.

“Una de las cosas maravillosas y aterradoras de ser niño es el deseo de verse y actuar como si uno fuera mayor. Los medios y la publicidad han ponderado ese deseo y están, crecientemente, vendiendo una imagen de sensualidad como algo que cualquier niña puede tener. Al presionarlas a asumir identidades a las que sus padres se resisten, generan una brecha entre ellas y sus familias. Esta es una de las razones por las que hoy es tan difícil ser padre”, explica Rachel Simmons, escritora estadounidense especialista en el tema y autora del libro La Cultura Oculta de la agresión en las niñas (2002).

Para el sicólogo australiano experto en crianza Steve Biddulph, quien acaba de publicar su libro Raising Girls, hoy es más difícil que nunca criar niñas. “Jamás la infancia de las niñas ha estado tanto bajo amenaza”, dice. La culpa de esto, según el australiano, la tiene la publicidad, que impone un culto a la femineidad sexualizada y al valor del cuerpo sobre las ideas, conceptos reforzados en todo momento por la televisión.

¿El resultado? Niñas que adelantan procesos. Que son “agrandadas”.

Una teoría que comparte Joann Deak, sicóloga con más de 30 años de estudios sobre esta edad y autora de Así alcanzan el éxito las niñas (2010), quien dice a Tendencias que hoy “están creciendo más rápido porque la publicidad les pide que lo hagan cuando aún son muy pequeñas”, lo que acarrea escenas de rebeldía, rabietas y preocupación por el aspecto físico mucho antes que en generaciones anteriores.

Por eso, la ropa y el maquillaje son el camuflaje preferido para aparentar más edad. Y lo usan. Especialmente en verano. De acuerdo a Karin Sabadini, quien atiende un puesto de ropa en la feria artesanal de Algarrobo, “es impresionante ver tantos grupos de niñas que a lo más deben tener 12 años y que andan buscando ropa que yo creo que es para una mujer de 20 años”.

En el puesto de maquillaje, de la misma feria, Gloria Espinoza ve llegar a las mismas niñas buscando un labial, esmalte de uñas y sombra de ojos. “El 80% de mis ventas de cosméticos y maquillaje es para niñitas de 9 a 12 años. No gastarán más de dos mil pesos, pero es increíble, porque hace 10 años las niñitas que hacían esto ya eran adolescentes”.

Y los zapatos. En las mujeres, los zapatos siempre han sido un tema. Ahora, en las niñas también. “La ‘Flo’ llegó este verano diciéndome que quería usar tacos. Al principio quedé para adentro, pero siempre he tratado de ir transando las cosas con ella, así que le dije que sí, pero que los iríamos a comprar juntas, de esa forma yo puedo controlar un poco lo que se pone sin prohibirle las cosas que quiere hacer”.

Diálogo 3. Angie (12) y su padre, Max.

Hija: Me quiero poner un aro en la nariz y teñirme el pelo.

Padre: No. Por ningún motivo.

Hija: Es mi cuerpo, mando yo y hago lo que quiera con él. Todas mis amigas lo tienen. Y si no me dejan, lo voy a hacer a escondidas.

Padre: Un aro en la nariz, no. Si quieres, puedes teñirte las puntas del pelo.

En 2010 un estudio de Ipsos Public Affairs entrevistó a más de siete mil padres y madres de 20 países y el resultado fue que 84% de los encuestados declaró que los niños están creciendo más rápido que las generaciones anteriores y siete de cada 10 opina que sus hijos deberían tener más tiempo para comportarse como niños, pero no lo hacen porque su entorno los presiona para crecer precozmente.

Intentar neutralizar los factores externos que influyen en los “quiero y puedo” de sus hijas forma parte de la lucha diaria de las familias. Pero las amigas y los padres de las amigas (y no tan amigas) son un factor determinante en el empeño que las niñas le pondrán al ciclo infinito de pregunta-insistencia-insistencia-amenaza.

Como le ocurre a Eleonora Hurtado quien se queja por los problemas que acarrea la “competencia desleal” de mamás más permisivas del curso de su hija Catalina (11). “Me preocupan mucho esos papás que les resulta agotador enseñar y terminan diciendo ‘haz lo que quieras’”. Para Deak esto es complicado porque los intereses de las niñas a esa edad son más bien colectivos: ellas quieren hacer todo lo que hacen sus amigas o pares. Así de simple. “Si las demás quieren ponerse aros en el ombligo, eso quieren. Si quieren ver películas para mayores, eso van a querer hacer. Todo lo que pasa en el colegio y el grupo de amigas, eso es lo que quieren. Ellas no viven solas”, dice. Entonces si a la mejor amiga la dejan…

El entorno presiona y de alguna manera los padres lo intentan controlar, aunque de paso queda un reguero de adultos que frente a las insistencias se debaten entre el “la dejo o no la dejo”, y muchas veces sin mayores referentes que los puedan ayudar. De acuerdo a Verónica Bagladi, sicóloga y subdirectora del Instituto Chileno de Psicoterapia Integrativa (Icpsi), hoy los patrones de crianza son muy distintos a los de las generaciones anteriores, lo que tiene conflictuados a los padres de las niñas. Esto porque requieren un “estilo que no es el que aplicaron con ellos ni el que ellos ocuparon con los hermanos mayores de ellas; por eso han debido ir adecuándose a la nueva realidad”.

Y como si esto ya no fuera difícil, hay que agregarle otro factor determinante e imposible de neutralizar: los cambios fisiológicos.

Una investigación de la U. de Chile, publicado en la Revista chilena de pediatría comparó los distintos estudios hechos en el país sobre el adelantamiento de la pubertad en niñas y encontró que la telarquia (desarrollo de senos) se adelantó de los 10, 7 años en 1988 a los 8,8 en 2004. En el caso de la menarquia (inicio de la menstruación), la primera descripción, de la doctora Eloísa Díaz en 1888, la estableció a los 16 años. En 2005, en tanto, una investigación presentada en el Congreso chileno de endocrinología y metabolismo la reestableció a los 12,5 años. Esto concuerda con estudios noruegos, finlandeses y estadounidenses que observaron un adelanto de 0,3 años por cada década.

La llegada del estrógeno no sólo se ve en el físico, sino también en el cerebro, donde regula estados de ánimos y excitabilidad. En otras palabras, la información que reciben las púberes es procesada en su cabeza por las emociones y no la racionalidad. Esto explica esos gritos adolescentes que alguna vez escucharon los Beatles y hoy escucha Justin Bieber. Además, la glándula suprarrenal produce altas dosis de cortisol, la hormona del estrés, que se libera para generar un estado de alerta expresado en repentinos cambios de ánimo y alta susceptibilidad. Esto también acarrea cambio de gustos: se aburren de la muñeca optando más por objetos tecnológicos; comienzan a querer elegir su ropa (deseando elegir colores, estilos y marcas); y, definitivamente, buscan la independencia de sus padres.

En términos más concretos aún, Carolina Arteaga ha sufrido, literalmente, este proceso: después de superar un hijo de esta edad pensó que una niña sería pan comido. Error. “Con él el cambio fue mucho más paulatino. Con la Flo fue de un año a otro”, dice. ¿Resultado? No más muñecas ni cosas rosadas, chao Hello Kitty y bienvenida la ropa juvenil. “Dejé de elegirle la ropa y frases como ‘mamá no cachai nada’ se empezaron a hacer típicas”. Según Deak estas diferencias radican en el sistema emocional de ambos géneros, el que impacta mucho más a las niñas al cometer errores, sentirse avergonzadas o pensar sobre lo que los demás opinan de ellas. “Hay un componente extra en el sistema emocional del cerebro de las niñas. A toda costa ellas no quieren decepcionar a sus amigas, a quienes las rodean o a la gente del colegio. Esto hace mucho más difícil negociar con ellas y tomar decisiones”, dice la especialista sobre la necesidad de las niñas por tener mayor libertad para ser “grandes”.

Diálogo 4. Florencia (12) y su madre, María Luisa.

Hija: Mi mamá se mete a mi Facebook a ver qué pongo, y eso me molesta.

Mamá: Obvio que me voy a meter a tu Facebook a ver qué pones.

Hija: Como que mi mamá no me deja vivir mi vida...

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