La Haya en una plaza de Lima

En la semana de los alegatos orales de Chile y Perú en La Haya, recorrimos la capital peruana para ver el ambiente de la ciudad y la opinión de los limeños. El tema no los desvela, pero les importa. Y están seguros de que tendrán éxito en el tribunal internacional. El día comenzó en la Plaza San Martín.

por Juan Cristóbal Peña
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-¿Hablamos de La Haya?

El hombre de camisa a cuadros y maletín en mano se ha acercado a uno de los grupos que a estas horas, seis de la tarde, debate en Plaza San Martín. No es que este sea un lunes especial. A la plaza llegan a diario decenas de personas para discutir temas diversos. Política, sexo, religión, fútbol. Cualquier tema es digno de ser debatido en esta plaza del centro de Lima, que representa la libertad.

-¡Pero hablemos de La Haya, pues!

El hombre de la camisa a cuadros y maletín vuelve a arremeter, intentando sin éxito hacerse un lugar en el centro del grupo. No le abren paso ni le prestan atención. El tema del momento, que provoca tantos enojos como burlas, son los efectos sanitarios de las relaciones sexuales. Quien conduce la discusión es un hombre bajo de lentes oscuros que en un momento se ve obligado a exigir orden y seriedad para debatir “con altura de miras”.

-No te rías, amigo. ¿O acaso tú no sabes que los microbios se meten por los conductos urinarios?

Al otro lado de la plaza, un hombre de pelo pajoso y flaco, al que le sobran dos o tres tallas en sus pantalones, debate ante un grupo todavía más numeroso sobre el perverso negocio que hay detrás de las semillas transgénicas. Y a pocos metros, un muchacho moreno al que le falta un brazo, de jeans y casaca, habla de las “enormes diferencias ideológicas” entre Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui.

-¡Deja de hablar huevadas y hablemos de La Haya de una vez! -vuelve a la carga el hombre de la camisa a cuadros y maletín-. ¿O acaso no sabes lo que ha ocurrido hoy?

-¿Quieres hablar de La Haya, amigo? Pues hablemos de La Haya…

Entonces el bajito de lentes oscuros empieza por preguntarse cómo es que los chilenos, “que nos sacaron la mierda por tierra y por mar” y “están armados hasta los dientes”, van a aceptar así como así el resultado de la corte internacional. El debate queda abierto.

Un hombre de buzo y jockey dice que Perú nunca, pero nunca debió haber firmado el tratado de 1914. Que la historia de su país está llena de traidores, basta mirar a Fujimori, dice, que “regaló los cielos a Chile” y “nos trajo las AFP”. De vuelta, el bajito de lentes oscuros dice que el problema viene de muchísimo antes, de los incas, que fueron ingenuos y no supieron defender el imperio de los invasores.

Comienza a anochecer en Lima. Al otro lado de Plaza San Martín el hombre de pelo pajoso y pantalones anchos ha cambiado de tema. Ahora se pregunta quién, a fin de cuentas, se beneficiará con el mar en disputa, si el pueblo o a los industriales. Y unos metros más allá, el joven manco, que habla con la pasión de un predicador evangélico, recomienda leer uno, ¡uno, caramba!, que sea uno de los 20 tomos de las obras completas de Mariátegui.

-¿Cómo vas a aprender si no lees, amigo? -pregunta en tono piadoso-. ¿Por televisión, acaso?

***

Esta mañana de lunes casi todos los canales de televisión peruanos abren el día con despachos desde Holanda y reportajes especiales sobre el tema. En Panamericana TV, desde la frontera con Chile, una periodista se ha subido a una embarcación y transmite “desde el mar de Grau la sensación de evidente estrechez” que produce estar navegando al límite de la zona de controversia. Al rato vienen los alegatos en directo y luego los debates con especialistas que coinciden en la “contundencia” y “solidez” de los argumentos peruanos expuestos ante los jueces.

También coinciden en que el fallo debiera ser favorable a Perú.

-En ese caso, si Chile no acepta el fallo, ¿qué pasará? -se pregunta un conductor de televisión. Y el panelista de turno dirá lo que dirán muchos: por los intereses comerciales, por su prestigio, será muy difícil que Chile desconozca un fallo adverso.

Pero una cosa son los medios y otra la calle. Y en la calle la ciudad sigue un flujo normal. Los bares y restaurantes abren a las horas en que los alegatos están en curso. Salvo contadísimas excepciones, no se ve gente que se detenga a ver televisión.

-Eso sólo ocurre en los partidos de fútbol -dice un hombre, sin prestarle mucha atención a la pantalla del restaurante.

Es entonces un día como cualquiera, y en la Plaza de Armas de Lima un equipo de televisión chileno tiene serios problemas para recoger opiniones de relevancia sobre el tema. Primero, porque varios de los que se detienen frente al micrófono son turistas. Y luego, porque los peruanos que hablan no han visto ni escuchado los alegatos.

Así y todo, opinión hay de sobra.

-¿Sabes lo que pasa, amigo? El Perú nunca debió haber entrado en guerra con Chile.

El taxista que maneja rumbo al centro de Lima, y que escucha un programa radial dedicado a La Haya, me dice que el problema fue que Bolivia, “que nos arrastró a esa guerra absurda”, dejó peleando solo al Perú. Y que el Perú, hermano, no estaba preparado para una guerra con Chile.

-Y mira tú a lo que hemos llegado -se lamenta al volante.

***

Esta noche de lunes, en el canal RBC, el retirado coronel de la Fuerza Aérea Peruana, Eduardo Buendía, sugiere que Chile hará valer su poderío militar a la hora de acatar el fallo. Buendía es autor del libro Halcones al acecho, cuyo epígrafe es Los planes e indicadores de un plan de ataque chileno al Perú.

El conductor le hace ver al invitado que “nosotros somos pacifistas, pero ellos no lo son, basta ver lo que dice su escudo: por la razón o la fuerza”. Y entonces, documento en mano, el invitado hace una completa revisión del poderío aéreo chileno, deteniéndose en las ventajas del avión espía que “desde las alturas capta todos nuestros movimientos”.

En ellos, dice el conductor, no se puede confiar. “Dicen una cosa, pero no piensan eso que están diciendo”. Y el invitado, asintiendo, agrega que mientras sus vecinos lanzan declaraciones pacifistas, despliegan “un trabajo de inteligencia sobre nuestro país”. Un trabajo de inteligencia y apropiación, agrega.

-Si algún día legalizan la coca, van a decir que la coca es de ellos -dice el panelista.

-Y ese día el Perú se friega -bromea el invitado.

***

-¿Usted sabe cuando empieza la guerra con Chile?

Hermann Hamann Carrillo, pelo cano, ojos azules, está sentado tras su escritorio de trabajo. A sus espaldas cuelga una imagen metálica de Francisco Boloñesi, patrono del Ejército peruano y héroe de la Guerra del Pacífico. Sobre su escritorio, una placa con su nombre y cargo: general de brigada en retiro y presidente del Centro de Estudios Históricos Militares de Perú.

-¿Sabe realmente cuando empieza la guerra? -repite el general-. Yo le voy a decir.

Y Hermann dice que la guerra empezó en 1827, cuando tres ingenieros ingleses iniciaron un estudio de las riquezas de Tarapacá que demoró 24 años.

-¡24 años! ¡Algo que hoy en día hubiera demorado 24 horas! -enfatiza el general-. La cosa es que ese estudio, que es casi desconocido y despertó las ambiciones de los británicos y derivó en una guerra y una ocupación en la que Chile practicó la extorsión, el pillaje, violaciones, abusos y ejecuciones. No es fácil decir borrón y cuenta nueva. Hay un dicho que dice: yo olvido, pero no perdono. Esa población que sufrió la ocupación ya no existe, pero queda el recuerdo.

El recuerdo está también entre 16 mil libros que guarda el fondo del Centro de Estudios Históricos Militares. Uno de ellos es la historia de la Guerra del Pacífico del jesuita Rubén Vargas Ugarte, una de las más leídas en este país, que termina con el siguiente párrafo: “Seamos pacifistas, está bien, pero no caigamos en la insensatez de creer que los crímenes en que incurre una nación los lava el tiempo y es prudente olvidarlos. Hay manchas que no se borran y las que a veces cubren a una nación con un estigma que el tiempo no alcanza a destruir”.

Hermann se ha puesto de pie para despedirse. También un profesor de historia del centro, que casi no ha intervenido en la reunión. A un costado de ambos cuelga una réplica de “La respuesta”, el famoso cuadro de Juan Lepiani que recrea la escena en el que el sargento mayor chileno José De la Cruz llega a la guarnición de Arica para proponerle a Boloñesi y sus oficiales la rendición.

-¿Y cuál fue la respuesta?

-Tengo deberes sagrados que cumplir y pelearé hasta quemar el último cartucho- recita el historiador.

-¡Y pelearemos! -corrige el general Hermann-. Pelearemos, porque él habla a nombre de la guarnición.

***

El original de “La respuesta” es un cuadro de enormes dimensiones que ocupa una pared completa de la casona colonial donde nació Boloñesi. La casona está en el centro, a pocas cuadras de la Plaza de Armas, y es sede del Museo de los Combatientes del Morro de Arica. Acá hay piezas históricas de esa batalla, como uniformes, armas y la bandera peruana que flameaba ese día.

Frente a “La respuesta”, en la pared opuesta, está el otro cuadro famoso de Lepiani que retrata el final de la batalla sobre el Morro. Chilenos y peruanos visten uniforme azul. Para diferenciarlos, una leyenda bajo el cuadro indica que los chilenos usan botas.

A estas horas de la tarde hay un escolar que visita el museo acompañado de su madre. En el colegio le han encargado hacer un trabajo sobre el tema. El niño se acerca a una vitrina donde se exhiben objetos y anota lo que dice en la leyenda: “Reliquias sacrosantas de Arica y Tarapacá. Territorio que ha sido, es y será por siempre peruano”.

***

La tarde de este miércoles, en vísperas de los alegatos chilenos, TV Perú transmite una entrevista en directo a Daniel Parodi, historiador experto en la Guerra del Pacífico. Parodi explica tecnicismos frente a un mapa y se confiesa “moderadamente optimista” por lo que ocurrirá al día siguiente: “Los abogados chilenos tendrán la difícil misión de demostrar lo indemostrable”.

Unas horas después, sentado en un café del barrio de San Isidro, Parodi me dirá que el fallo de La Haya puede resolver algo más que una controversia de límites.

-Lo veo como una ventana de oportunidad de establecer un nuevo trato entre Chile y Perú -dice.

Parodi es autor de Lo que dicen de nosotros, la primera de dos partes de un estudio en proceso en el que analiza las construcciones históricas representadas por el chileno Sergio Villalobos y el peruano Jorge Basadre. Mientras el primero propone la imagen de “un país victorioso, ordenado, civilizado y blanco, en contra del país conspirador, caótico e indio”, el segundo “confronta la valentía del peruano con el horror de escenas dantescas protagonizadas por chilenos”.

-Ese discurso nacionalista tiene mucha correspondencia con la historia escolar y debe ser superado -dice-. Sin obviar los acontecimientos duros del pasado, aspiro a una relación menos contaminada de lo que ha sido hasta ahora.

Su propuesta tiene una imagen concreta. El acto en el campo de Verdún, escenario de la más brutal batalla de la Primera Guerra Mundial, donde Francois Mitterrand y Helmut Kohl sellan simbólicamente la reconciliación con un apretón de manos.

-Imagínate tú a los presidentes de Chile y Perú haciendo lo mismo en Arica o Tacna.

***

Esta mañana de jueves, tras los alegatos chilenos, Daniel Parodi está en Panamericana TV y coincide con el resto de los panelistas: Chile no ha logrado demostrar que el de 1952 es un tratado de límites. En ese y otros programas de televisión hay confianza, conformidad. Chile, dicen en otro canal, no sacó ningún conejo del sombrero, como temían.

También hay confianza a la tarde en Plaza San Martín, donde ha comenzado a reunirse gente para los debates del día. Un hombre bajo y panzón, que se dice reservista, toma la palabra para decir que Perú ya tiene ganado el fallo, ¡caramba! Y, alzando la voz, dice que si Chile llegara a desconocerlo, cosa que teme, ese mismo día irá a saquear las tiendas chilenas.

El grupo queda en silencio. Luego, entre risas, otro hombre pregunta:

-¿Y para qué vas a esperar tanto, huevón? ¿Por qué no vas ahora mismo y te encargamos alguna cosa?

Todos ríen, menos el reservista.

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