La cruzada de Benito Baranda

La discusión sobre los resultados de la Casen y la pobreza pusieron de nuevo a Benito Baranda en el debate. Sus opiniones fueron lo más comentado en redes sociales. ¿Por qué un hombre como él, de colegio privado, título universitario y clase acomodada, decide hace 25 años vivir en La Pintana? Allí sigue hasta hoy, junto a su mujer y sus seis hijos adoptados. Esta es la historia en terreno de una familia que, incluso asumiendo las dificultades, aún cree que esa vida “les hace bien”.

por Fernanda Paul
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Domingo 9 de septiembre, 16.00 horas. Benito Baranda (53) camina por uno de los callejones de la población El Castillo en La Pintana. A su izquierda se ve un grupo de evangélicos parados en un lugar que antes fue una plaza; a su derecha, una feria persa que funciona desde temprano, con una oferta cargada a los cachivaches.

Baranda camina esquivando la basura y los perros callejeros. Algunos lo saludan con la mano, de lejos. De los cables de electricidad cuelgan zapatillas que marcan territorio entre las bandas narco de esta población fundada a principios de los 80, con familias erradicadas de campamentos de distintas comunas santiaguinas. Hoy, repartidas en una docena de villas viven aquí unas 50 mil personas. Según datos del Ministerio de Vivienda, el bajo nivel de escolaridad, los altos niveles de hacinamiento, la violencia intrafamiliar, la delincuencia y la droga convierten a esta zona en una de las más peligrosas de la Región Metropolitana.

La Pintana, además, está entre las tres comunas peor evaluadas de Chile en el último Indice de Calidad de Vida Urbana (Icvu), realizado por la Universidad Católica y la Cámara Chilena de Comercio.

Pero Benito Baranda, ex director del Hogar de Cristo y actual presidente de la ONG de voluntariado internacional América Solidaria, limpia el estigma: “Una vez que convives con ellos, te das cuenta de que no es tan peligroso como lo pintan”. Sabe de lo que habla: por opción personal, se vino a vivir a La Pintana hace casi 25 años. Desde entonces, visita El Castillo al menos una vez a la semana.

Todo partió en 1987, cuando recibió una llamada del entonces presidente del Hogar de Cristo, Sergio Ossa. Le ofrecía a él y a su esposa, Lorena Cornejo, asumir como directores de un nuevo centro comunitario que se construiría en esa población. Aceptaron y de inmediato buscaron una casa para instalarse. La idea era en una de las villas, pero dos religiosas norteamericanas que llevaban un tiempo allí les recomendaron que no. Que meterse allí era peligroso, más aún si querían formar una familia. Entonces, comenzaron a buscar en los alrededores.

Encontraron una casa abandonada en el paradero 36 de Santa Rosa, a 10 minutos a pie de la población El Castillo. El primer año, 1988, se la arrendaron a la municipalidad: pagaban al mes 15 mil pesos de la época. Más tarde decidieron comprarla. Era una casa sencilla, de madera, tres piezas pequeñas, un baño. Hasta hoy, con dos ampliaciones incluidas, viven ahí mismo.

-¡Rosita, te pillé tomando cerveza!- grita Baranda, mientras camina por la feria.

Rosita, de 65 años, lo mira sorprendida. En su mano derecha ella sostiene una lata de cerveza. Baranda se acerca y la saluda. Es una de sus más cercanas en El Castillo. Se conocieron mientras Benito y su esposa eran los directores del centro comunitario que instalaron en la población y que él debió dejar en 1991, para irse al Hogar de Cristo. Durante esos años de trabajo en El Castillo tomaron contacto con 300 niños y sus familias, impartiéndoles programas educacionales en las tardes. Cuando se dieron cuenta de los frecuentes problemas matrimoniales, agregaron un programa enfocado en las parejas. Ahí estuvo Rosita y su marido.

Baranda y su mujer aún son cercanos a 10 de esos matrimonios. Los consideran sus “verdaderos amigos”. Incluso hoy, pese a que está todo el día afuera de la comuna -sale a las 6.40 de la mañana y vuelve a las 6 de la tarde- y viaja frecuentemente al exterior, por su rol en América Solidaria, Baranda se da tiempo para reunirse mensualmente con esas parejas para reflexionar y rezar. “En eso no me pierdo. Lo preparamos con anticipación para que yo esté”. Además, se invitan mutuamente a matrimonios, bautizos, cumpleaños. “Los veo tanto como a mis amigos del colegio”, dice.

Entonces se viene a la cabeza esa pregunta que a Baranda le han hecho tantas veces. ¿Por qué él, un alumno del San Ignacio del Bosque, de una familia acomodada, decidió irse a vivir a La Pintana? La respuesta le sale rápido: “Quería vivir mi vida más cercana al Evangelio; sentía que vivir cerca de la gente necesitada, humilde y sencilla me haría bien”. Lorena, su señora, fue esencial en esta decisión. Ella también venía del sector oriente de Santiago, había estudiado en el colegio Universitario Inglés, pero se acostumbró desde niña a visitar poblaciones los fines de semana. Por eso, cuando se conocieron mientras ambos estudiaban Sicología en la UC, supieron que tenían un plan de vida parecido. Se casaron e inmediatamente salieron de la zona donde habían crecido. Primero se instalaron en Independencia, a cuidar un hogar de niños vagabundos y abandonados que venían de la periferia de Santiago. Luego vendría La Pintana.

Por eso, Benito Baranda es para muchos una voz autorizada cuando se discute sobre pobreza en Chile. Así sucedió hace unas semanas, en medio de la polémica por la última encuesta Casen. Sus columnas y opiniones sobre el tema fueron comentadas y muy retuiteadas en las redes sociales. “Sí, siento que soy una voz autorizada -dice-. No por como yo vivo, sino porque tengo contacto con las familias que viven en pobreza. Soy testigo de cómo funciona la salud, la vivienda y el empleo en estos lugares”.

Lorena, la mujer de Benito, está sentada en uno de los dos sillones del living de su casa en La Pintana. El sol entra por uno de los ventanales que da al jardín. A su espalda, una pared exhibe 10 cruces de madera. Ella recuerda entonces un momento doloroso:

“Llevábamos dos años casados y no quedaba embarazada. Con Benito nos hicimos exámenes para saber qué pasaba, hasta que me dijeron que la peritonitis que tuve a los 17 años me había dejado la embarrada adentro. Me operaron y mientras yo estaba en recuperación, el doctor le dijo a Benito que no podríamos tener niños porque me sacaron un montón de cosas. Benito me contó altiro”.

La idea de adoptar vino enseguida. “Estar viviendo en esa hospedería de niños en Independencia nos ayudó mucho. Pensamos que si éramos capaces de amar tanto a estos chiquititos, seríamos capaces de armar una familia de otra manera”, dice Lorena.

Ya instalados en La Pintana, se pusieron en contacto con el Sename. Les preguntaron si tenían algún requisito. “Que sea sanito”, respondieron. Tiempo después los llamaron. Adoptaron a su primer hijo, le pusieron Manuel (hoy de 23 años). Un año después, adoptaron a Constanza, que tenía un mes de vida. Luego, con Manuel y Constanza de la mano fueron a buscar a un nuevo hermano: Ignacio (hoy de 20). Al año siguiente, en el Sename les preguntaron si el próximo podía ser de otra región de Chile. Dijeron que sí y partieron todos juntos a la IX Región, a buscar a su cuarta hija: una niña mapuche a la que le pusieron Antonia (19). En esa misma región, un año más tarde, adoptaron a otro niño mapuche. Lo llamaron Santiago (16). Luego, algo cambió.

Antes de la siguiente adopción, el Sename les repitió la pregunta del “requisito”. Los Baranda decidieron cambiar la respuesta.

-¿Qué tal si estamos abiertos a que no sea sano?-le preguntó Lorena a su marido.

Entonces llegó Magdalena, una niña sorda y ciega que hoy, a los 13 años, se comunica con lenguaje de señas. Necesita cuidado las 24 horas al día porque, según Baranda, “a veces se maltrata a sí misma”, llora, grita y se ríe muy fuerte. Por eso, en las mañanas va a la casa Sonia Ríos para ayudarlos con la niña. En noviembre, toda la familia comenzará los sábados a asistir a clases de lenguaje de señas.

Apenas comenzaron a adoptar a sus hijos, los padres decidieron que siempre les contarían la verdad. “Siempre fuimos a buscar al siguiente hermano todos juntos. Nos dimos cuenta que con eso ellos entendían y sentían la adopción como algo natural. Revivían lo que pasó con ellos”, dice Benito. Por eso, en la familia tienen una tradición: no sólo se celebran los cumpleaños de cada hijo, sino también el día en que llegaron a la casa. Para lo primero hacen una celebración grande, con familiares y amigos; para lo segundo, la celebración es íntima. “Vamos a comer, hacemos algo distinto”, cuenta Lorena.

A pocas cuadras del paradero 36 de Santa Rosa hay un portón de madera y una entrada inusual para el paisaje del barrio: el pasto está bien cortado y hay maceteros con flores. Los muros tienen enredaderas con rosas recién florecidas. Es la casa de los Baranda. Las de sus vecinos no tienen nada de eso.

Benito abre el portón y sostiene a sus cinco perros, de distintas razas, que tratan de escaparse. Unos 50 metros hacia adentro está la casa.

El living está a mano derecha; a la izquierda, una salita de estar con el único televisor -un plasma- de la casa. Toda la decoración tiene aire artesanal, abundan los recuerdos tipo suvenir y de varias murallas cuelgan cruces de madera y cerámica. Hay dos chimeneas de doble cámara para la calefacción.

La familia se reparte en cinco habitaciones. La más cercana a la salita es la de Benito y Lorena. El dormitorio es sencillo: entra ajustada una cama matrimonial y dos veladores. Nada más. En una muralla hay colgadas dos imágenes bíblicas, que son unos papiros traídos de Etiopía. Al frente está la pieza de Constanza, aún más pequeña que la de sus padres. Al lado, la que comparten Ignacio y Santiago. Luego viene la de Manuel, el hijo mayor. Poco más allá, el dormitorio de Antonia y Magdalena. En las mañanas, todos deben respetar sus turnos para usar los dos baños. Hace siete años, antes de la última ampliación, el asunto era más crítico: sólo tenían un baño y tres piezas.

Los Baranda viven sencillamente en La Pintana. Pero para el mundo en el que están insertos, varias de las cosas que ellos tienen son un lujo. En la casa hay un computador fijo. Los cuatro mayores, que ya están en la universidad, tienen notebooks que conectan al wi-fi. Ninguno estudia en la comuna. Manuel va al Duoc de Puente Alto, para ser preparador físico; Constanza estudia Educación Parvularia, en la Alberto Hurtado; Ignacio, Diseño en la Diego Portales, y Antonia, Educación Física en la Umce. Santiago aún está en el colegio: segundo medio, en la Institución Teresiana de Las Condes.

Según Baranda, sus dos hijos mayores -Manuel y Constanza- son los más involucrados con La Pintana. “Ellos tuvieron una experiencia más intensa, porque cuando eran chicos nos íbamos de vacaciones con los 300 niños de la población a Lampa, a un campamento. Dormíamos en unos galpones, todos juntos. Entonces como que se criaron juntos. Ahora, cuando se ven en la calle se saludan”, dice. El resto de los hijos, que desde chicos los acompañaron a las convivencias de El Castillo, se relaciona con las parejas de las comunidades matrimoniales que organizaban sus padres.

Constanza cuenta que algunos fines de semana van a la población por su cuenta, sin sus padres. “Les juntamos cachureítos a las señoras y se los vamos a dejar a sus casas. Nos quedamos conversando un rato. O cuando vienen para acá, almorzamos”, dice. “Los chiquillos le tienen el mismo cariño a esta gente que a otros amigos o primos que viven en Las Condes o La Dehesa”, agrega su madre, Lorena.

Los hijos, en todo caso, generalmente arman sus salidas y reuniones sociales con amigos que no viven en La Pintana. Con gente que conocieron en el colegio o la universidad. Baranda explica por qué sus hijos no estudiaron en la comuna: “Nosotros fuimos los que optamos por vivir acá, no mis hijos. Por eso se educaron en colegios similares a nosotros, aunque con mayor heterogeneidad social (los hombres estuvieron en el San Ignacio de Alonso de Ovalle y en Las Teresianas; las mujeres, en el Compañía de María Seminario y en Las Teresianas). Son colegios donde comparten con chiquillos de otros lugares, pero igual son particulares de buena calidad. Además, cuando ellos eran escolares no había buenos colegios en el vecindario. Ahora sí”.

En la familia coinciden en que, de los hijos, el único que tiene una verdadera relación de amistad con un niño del barrio es Santiago. Diariamente se reúne con Marcos, un vecino. “Juegan pimpón, a veces lo llevamos al cine. Es gente buena”, dice Lorena. El fin de semana pasado salieron los dos al Teatro Municipal, a ver Atila.

El jardín de la casa es grande. Hay un huerto con habas, papas, arvejas. También, un gallinero de donde sacan huevos. Mientras posan para las fotos, caminando por el pasto, padres e hijos se tiran bromas.

Benito insiste en que la gracia de vivir en La Pintana es que sus hijos tienen apertura de mente. “Su formación les permite entender que una persona que vive en La Dehesa es válida, tanto como una que vive en El Castillo. No hay prejuicios con nadie”.

Ignacio, aunque reconoce que “hay veces que odio vivir tan lejos”, defiende su comuna: “En el colegio mis amigos me molestaban porque yo defendía a La Pintana. Es gente de esfuerzo, si tú ves en la mañana, los paraderos están llenos y en otras comunas no hay nadie esperando micro”. Santiago añade que “el problema es la mentalidad de la gente. Cuando te preguntan dónde vives, si tú dices que en Las Condes no te dicen nada. Pero si dices que en La Legua o La Pintana, te miran con cara de ¡oh, qué impresionante! Y te preguntan si es peligroso”.

Igual ellos toman precauciones. Los hijos casi siempre usan la micro 205, que los deja en uno de los paraderos cerca de la casa: allí los van a buscar en alguno de los dos furgones de sus papás, para evitar que los asalten. “Hay que tener cuidado, pero le vai agarrando la mano. Yo tengo esa política de que cuando salgo de acá me pongo la música y, si me hablan, filo, ¿cachái?”, dice Ignacio.

Aunque nunca los han asaltado, sí les han entrado a robar dos veces a la casa. Todos coinciden en que el barrio hoy está más tranquilo, pero que hace unos años no era raro escuchar balazos o ver robos. Por eso y por la lejanía, hubo momentos en que no fue fácil para Baranda convencer a sus hijos de que vivir aquí les “hacía bien”. “Me decían: ‘papá, ¿por qué no nos cambiamos?’. Y lo peor es que había parientes que nos decían, al frente de ellos, ‘háganles caso a sus hijos’”.

Hoy eso ya no es tema. Cada cual busca sus soluciones. Como Manuel, el hijo mayor, quien ahorró hasta comprar su propio auto, en el cual se mueve seguro.

Benito Baranda ha enfrentado críticas. Desde distintos frentes lo han tildado de ser un “cuico” que “cree” conocer la pobreza. A sus hijos también se lo han dicho. Cuenta Constanza: “He escuchado a personas que creen que nosotros vivimos acá porque mi papá quiere aparentar algo que no es. Dicen que nosotros vivimos en La Pintana, pero en la parte ABC1”.

Baranda se desentiende de esos comentarios que sugieren que lo suyo es una pose más que una opción convencida. “No es así. Me vine hace tanto tiempo para acá, que pensar eso sería una tontera”. Agrega que, por el otro lado, jamás se ha sentido discriminado en El Castillo. “La gente ya nos ubica y nunca hemos tenido problemas. Los niños que nosotros conocimos en los 90, ahora son grandes, siguen viviendo acá y los conozco. Obvio que hay que tener precauciones, como no ir a la población de noche y sobre todo los fines de semana, porque es muy tenso por el tráfico de drogas”.

Domingo 9 de septiembre, 18.30 horas. Baranda sigue caminando por la población. Entra a la casa de Rosita, repleta de cachureos que ella junta para venderlos en la feria. Saluda a su hija Maribel, que tiene un retraso leve y acaba de tener una hija. Luego, pocas cuadras más allá, entra a saludar a Betty, otra de las vecinas que participa en la comunidad matrimonial que aún dirigen Benito y Lorena. En el camino saluda a unos niños que elevan volantines.

Se esconde el sol. Los callejones se ponen oscuros. Benito Baranda sabe que tiene que partir.

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