¿A qué edad comienza la vejez?

Si bien no hay una edad clara, la mayoría de las personas cree que el comienzo de la vejez está más cerca de los 80 que de los 60 años. Esta visión contemporánea, que alarga la juventud como nunca antes, es la consecuencia de dos fenómenos: el aumento en la esperanza de vida y la desaparición de los estereotipos sobre el comportamiento adecuado para cada edad.

por Jennifer Abate C. / Ilustración: Marcelo Escobar
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BASTA CON que revise la escena familiar de este 18 para que entienda el fenómeno. En esa imagen, seguramente usted aparece con casi las mismas zapatillas y polerón que usa su hijo de 10 años, y sus papás y tíos, que ya bordean los 80, lo están pasando muy bien y se quejan si a alguien se le ocurre recomendarles que descansen. Todos, con diferentes matices, se sienten jóvenes. Porque lo son. O al menos a eso nos hemos acostumbrado en las últimas décadas.

Hace casi un siglo, en 1924, la cosa estaba clara: una persona era vieja a los 65 años, razón suficiente para decretar en ese punto la edad de jubilación en Chile, de modo que la gente pudiera dedicarse a lo que le correspondía: descansar. Hoy ni siquiera intente convencer de ese destino a una mujer de 60 años; le va a ir mal.

El aumento de la esperanza de vida y el cambio social que ha derivado de él no son fenómenos nuevos, pero históricamente no se habían sentido sus efectos tanto como ahora, cuando, al momento de describir a alguien, dudamos más que nunca antes: ¿Es vieja una persona de 65 años? ¿O es vieja a los 70? ¿O será más bien cerca de los 80?

A pesar de que no hay una respuesta clara, todo parece indicar que la línea divisoria está cada vez más lejos. Así lo demuestra una investigación de 2009 del Pew Research Center de Estados Unidos, que señala que, al menos en ese país, 79% de las personas cree que alguien está viejo recién cuando cumple 85 años. ¿La razón? Ellos mismos se sienten indudablemente jóvenes y así lo proyectan. En este estudio, casi la mitad de los participantes de más de 50 años dice sentirse al menos 10 años más joven que su edad cronológica, mientras que entre los 65 y los 74 años, un tercio se siente entre 10 y 19 años más joven que su edad real. Ya rotos estos límites tradicionales, no resulta nada de raro que todos nos confundamos.

EL PESO DE LA APARIENCIA

Dos factores han contribuido a este cambio en la percepción de la edad, ambos muy relacionados con el avance científico. Por una parte, gracias a los descubrimientos de la medicina moderna, nuestra expectativa vital ha llegado a límites que hace solo 50 años eran insospechados. Si entre 1970 y 1975 nuestra esperanza de vida era de 63,6 años, las proyecciones demográficas que realizan el INE y el Centro Latinoamericano de Demografía (Celade) estiman que para el quinquenio 2045-2050 la esperanza de vida al nacer llegará a los 82 años, alcanzando incluso los 85 años para las mujeres.

Esto cambió completamente el escenario y las posibilidades que se abrían para quienes cruzaban el umbral de la mediana edad. Vivian Diller, doctora estadounidense y experta en sicología del envejecimiento, explica a La Tercera: “En el siglo pasado, por ejemplo, cuando llegabas a tus 40 o 50, te quedaba solo cerca de una década por vivir. Ahora, en ese período, tenemos 30 o 40 años por delante. Cuando llegábamos a los 50 y solo veíamos una década por delante, pensábamos que la vida se iba a acabar pronto y eso impactaba en tu perspectiva. Hoy, cuando tienes 30 o 40 años, recién comienzas a pensar cómo quieres vivir esa vida”.

Y gracias a los hallazgos de la medicina, no solo somos más longevos, sino que también nos vemos más juveniles, sin importar la edad. Diller asegura que el deseo de mantenernos jóvenes no es algo propio de nuestra era. “Por algo siempre hemos estado empecinados en encontrar, en diferentes épocas, la poción de la eterna juventud”, dice. Sin embargo, hay algo que sí distingue a nuestra época: la necesidad de parecer jóvenes y las posibilidades que nos ofrece la tecnología para lograrlo. “La cosmetología, la dermatología y la cirugía han intervenido masivamente en nuestra sociedad, ayudándonos a mantener por siempre nuestra apariencia”.

Hoy somos lo que la escritora Catherine Mayer llamó, en 2009, “amortales”, una expresión que usó para describir a aquellas personas que vivían la vida sin pensar que la edad era un referente que señalaba el comienzo o término de ciertas etapas. En su libro de 2011 Amortalidad: los placeres y peligros de vivir sin edad, Mayer confirmó su teoría diciendo que “la característica definitoria de la ‘amortalidad’ es vivir de la misma forma, en el mismo tono, haciendo y consumiendo casi las mismas cosas desde que se es adolescente hasta la muerte”.

Es precisamente el cambio en la imagen que devuelve el espejo, materializada en la cara, ropa y actitud, lo que nos confunde y nos impide encasillar a alguien dentro de una determinada edad o comportamiento. “Tercera edad es una etiqueta que le damos a la gente que calza en aquello que la sociedad considera ser ‘viejo’. Esto típicamente significaba tener canas, arrugas o movimientos más lentos”, dice a La Tercera Ian Stuart-Hamilton, profesor de Sicología del Desarrollo de la Universidad de Glamorgan, en Reino Unido. O sea, precisamente todo aquello que nuestra creciente obsesión con vernos más jóvenes ha eliminado y probablemente una de las razones por las que ya no tengamos problemas en comenzar una nueva vida a los 60. En Chile, por ejemplo, el matrimonio de personas mayores de 60 ha aumentado en 120% en la última década y en la actualidad, uno de cada tres divorcios en nuestro país corresponde a personas que superan esa edad.

Monica Kirkpatrick, profesora del departamento de Sociología de la Universidad Estatal de Washington y autora del estudio Edad relativa en la transición a la adultez, también concuerda con la confusión actual originada por la caída de los antiguos estereotipos que solían permitir delimitar con mucha claridad cuándo alguien era joven o viejo. La especialista señala a La Tercera que “tenemos estereotipos sociales y ciertas expectativas de cómo deberían ser ciertas edades. Inevitablemente, te comparas a ti mismo con eso”. Lo que hoy ocurre, según la socióloga, es que nuestras expectativas se quedaron en un pasado en que la gente vivía menos y en el que, por lo tanto, nos imaginábamos que al llegar a los 65 tendríamos menos funcionalidad o una peor calidad de vida. Pero eso hoy generalmente no ocurre, lo que hace que la gente se identifique con una edad menor a la que tiene y que sienta que aún está joven. Según la especialista, por estos días, gracias a los avances científicos, las personas “están tan bien, que se sienten como creían que se sentirían cuando aún estuvieran jóvenes”.

Es precisamente lo que refleja el estudio del Pew Research Center, que muestra que entre más viejas, más jóvenes -hablando en términos relativos- nos sentimos. Entre los 18 y los 29 años, cerca de la mitad de las personas dice que se siente de su edad, mientras que un cuarto dice sentirse más viejo y otro cuarto, más joven. En contraste, entre los adultos de 65 y más años, 60% dice sentirse más joven que la edad que tiene, comparado con el 32% que dice que se siente exactamente de su edad y 3% que dice sentirse más viejo de lo que realmente es.

LA CIENCIA LO CONSEGUIRA

Marcapasos, medicamentos y cirugías de diverso tipo son parte de los avances científicos que han alargado nuestra vida y nos han hecho constatar que podemos seguir siendo menos viejos. Pero hoy esos avances ya pueden considerarse medicina del pasado. Hasta hace muy pocos años, la ciencia aseguraba que las posibilidades reales de prolongar significativamente la vida eran una idea salida de cuentos de cienciaficción. Sin embargo, desde el descubrimiento de que el envejecimiento es uno de los factores clave que explica el riesgo de aparición de muchas enfermedades, la investigación se ha volcado con fuerza a la búsqueda de una “cura” contra el envejecimiento. Sin ir más lejos, en 2009, tres experimentos paralelos con ratones mostraron que una droga llamada Rapamicina era capaz de extender la vida máxima de estos animales entre 9% y 14%. Era la primera vez que un medicamento conseguía algo así. Y a pesar de que muchos avances de este tipo, en campos como la medicina preventiva, regenerativa o genética, ni siquiera han probado su efectividad en humanos, siguen alimentando nuestras expectativas.

Según Catherine Mayer, nuestra época, marcada por una fe a toda prueba en el avance científico, vive pendiente de este tipos de adelantos y genera sus criterios de envejecimiento según ellos. También los organismos oficiales: recientemente, la ONU señaló que en el siglo XXII, la esperanza de vida de los seres humanos llegará a los 100 años.

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