José Antonio y su padre, Pepe

José Gómez López, el padre del senador y precandidato presidencial, fue uno de los periodistas más célebres y controvertidos del país, director del diario Puro Chile. José Antonio Gómez nunca vivió ni se relacionó mucho con él, más que en los días de la Unidad Popular, en que ofició de reportero. El senador dice que no tuvo un padre ejemplar, pero no le guarda rencor: "Si no es por él, yo no estaría en política".

por Juan Cristóbal Peña
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José Antonio Gómez se acerca a la foto y señala a un muchacho sonriente, de dieciséis o diecisiete años, que camina frontal a la cámara. Avanza en mangas de camisa, con las manos en los bolsillos, junto a un nutrido grupo de periodistas del diario Puro Chile. Son los primeros días de la Unidad Popular y todos en esa foto se acercan sonrientes, camino a una épica que, ya se sabe, terminó en tragedia.

-Ahí estoy yo, el más chico de todos -dice el senador y precandidato presidencial-. Y ese que asoma ahí, casi escondido, es el Pepe.

El Pepe es José Gómez López, padre del senador Gómez. Agudo y célebre periodista chileno. Uno de los más aguerridos y odiados en los años en que dirigió Puro Chile. Emblema del gobierno de la Unidad Popular, Puro Chile fue un fiel representante de la prensa de trinchera de esos años. Espejo y catalizador de una hoguera política. Desde las páginas del diario, José Gómez atizó ese fuego hasta las últimas consecuencias, seguro de que la apuesta era al todo o nada. En eso no se equivocó: su nombre apareció en la lista de los 100 chilenos más buscados por la Junta de Gobierno.

Resulta simbólico que en esa foto que cuelga en la oficina del senador, padre e hijo figuren en costados opuestos. La relación entre ambos estuvo marcada por desencuentros y conflictos. Por distancias, sobre todo.

El senador jamás vivió con su padre. Vino a tratarlo recién en su adolescencia, en plena Unidad Popular, cuando llegó a trabajar a Puro Chile. Ahí escribió policiales, deportes, espectáculos. El hijo pintaba para periodista más que para político. Pero como ambos eran vehementes, tras una huelga en demanda de mejoras salariales en el diario, el padre despidió al hijo, que figuraba como principal instigador. Las cosas entre ambos nunca volvieron a ser lo que fueron, si es que alguna vez fueron.

Cuarenta años después de ese episodio, desde su oficina en el centro de Santiago, el senador dice que si bien aprendió mucho de José Gómez López, nunca lo sintió como a un padre.

-No al menos como soy yo con mis hijos -precisa.

La imagen más cercana a un padre cuelga también de una de las paredes de su oficina. Es Rubén Urrutia, que posa con su uniforme de oficial de Ejército. El abuelo materno remite a una infancia en el barrio de Plaza Egaña.

***

Definitivamente Plaza Egaña ya no es el mismo barrio en que se crió José Antonio Gómez Urrutia. Entonces Avenida Ossa tenía dos vías, una por cada lado, y los almaceneros vendían fiado y saludaban a los vecinos por su nombre de pila. Esta mañana de martes, en el barrio hay un ruido infernal proveniente de dos torres de edificios y un mall en construcción. Quedan unos pocos almacenes, alguna que otra casona y esa casa pareada de Avenida Ossa, casi esquina Hannover, donde a fines de los años 50 llegó a vivir el ahora senador junto a su mamá y sus dos hermanas mayores.

La casa era del coronel Urrutia y su esposa Rosa Concha Villalobos. Un matrimonio que alguna vez tuvo fortuna, especialmente ella, hija de hacendados del Maule, pero que fue derrochada por él en el juego y malos negocios. Las cosas se pusieron todavía más difíciles después de que dos de sus hijas llegaron a vivir a la casa con sus respectivos hijos. Una tercera ya vivía con ellos.

Esta mañana de martes, al recorrer el barrio para una sesión de fotos, José Antonio Gómez dice que guarda sus mejores recuerdos de infancia:

-El barrio era como la película La Guerra de los botones. Teníamos un grupo de amigos con los que jugábamos a la pelota, hacíamos carros de madera con rodamientos, marcábamos territorios a los que no entraban grupos vecinos. Los más complicados eran los de Plaza Egaña, que era donde estaban los pelusas. Yo era uno de los pocos de mi grupo que tenía buena relación con ellos, de los pocos que podía ir a meterme para allá.

Gómez dice que sus abuelos eran estrictos y enchapados a la antigua, más su abuela que su abuelo. Tras el golpe de Estado, al enterarse de la detención de su nieto, Rosa Concha comentó: “Algo habrá hecho”. También cayó detenido el periodista José Gómez, pero ese caso no mereció comentario alguno de la abuela.

-De mi papá no se hablaba en esa casa, no existía, no era tema -dice el senador.

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La escritora Cecilia Urrutia era 12 años mayor que José Gómez López. Cuando se conocieron hacia 1950, él ya tenía dos hijos de dos mujeres. Nunca vivieron juntos ni formalizaron la relación. Tuvieron dos hijos, Cecilia y José Antonio, y según este último, “siempre mantuvieron una buena relación, ella no ponía objeciones a que nos viéramos con él”.

Mario Gómez López, afamado periodista radial, dice que al menos hasta el golpe de Estado su hermano fue “un tipo con una vida muy poco estabilizada, nunca tuvo auto ni instaló casa, era de ir de aquí para allá”. Dice también que era galante y tenía “un talento especial” para las mujeres y el fútbol. Sobre lo primero ronda un mito: Gómez habría tenido un affaire con Marlene Dietrich en su paso por Chile. Sobre lo segundo hay un hecho más concreto: pese a ser hincha de Colo Colo, se probó en Universidad de Chile y quedó. Era un mediocampista aguerrido que se negaba a cabecear, pues decía que la cabeza está para cosas más importantes. Según su hermano Mario, se quejaba de que en ese ambiente “sólo se habla de fútbol”.

Pese a que no terminó el colegio, era un lector empedernido. Y ante todo un periodista obsesivo que se desvivía por su profesión. A su modo, en su mejor época, José Gómez López era una celebridad, si no un personaje.

En El chacal de Nahueltoro (1969), película de Miguel Littin, fue caracterizado por el actor Marcelo Romo, que interpreta a un periodista que sigue el caso del asesino de una mujer y sus cinco hijas. Gómez López investigó el pasado de José del Carmen Valenzuela Torres y se opuso tenazmente a su fusilamiento. Como se ve en la película, tras ser ejecutado, fue Gómez quien gritó, realmente y a viva voz: “¡Asesinos, asesinos!”.

Gómez, el senador, visitaba a su padre en radio Minería o en Canal 13, donde condujo el programa de investigación La historia secreta de las grandes noticias. Pero fue a comienzos de 1970, ya entrada la adolescencia, que comenzó a conocerlo más allá del personaje.

***

Puro Chile fue un diario de batalla. Un diario, como escribió su director, que “enarbola la causa de los rotos” y “saldrá a pelearles a los momios”. Financiado por el Partido Comunista, respondía a la lógica de la prensa militante que proliferó en esos años. Fue lanzado el 7 de abril de 1970, y ese día, a cinco meses de la campaña presidencial, Eugenio Lira Massi, subdirector, firmaba una columna en la que decía: “Yo no podía sacar un diario tal como lo quería si no estaba a mi lado José Gómez López”.

Ambos fueron los cerebros de un diario popular, deslenguado y frontal, además de insolente, que lucía titulares como “Le están volando la raja a los yanquis en Vietnam”, “Jueces son unos vulgares delincuentes” y “Los freístas son más frescos que peo de foca”. Aunque ninguno como el que apareció al día siguiente de la elección de Salvador Allende, en voz del odioso personaje del Enano Maldito: “Les volamos la ra… ja, ja, ja, ja”.

José Gómez no creía en la educación formal. Por eso consintió que su hijo faltara a clases en el Liceo 7 de Ñuñoa, para que se fogueara en el oficio. En la redacción lo llamaba Gómez, a secas. Gómez para acá, Gómez para allá. Era un trabajo esporádico, de ir y venir, especialmente por las tardes. Y según Gómez, el senador, su padre no mostraba ningún asomo de privilegios hacia él. Sin embargo, la periodista María Eugenia Camus guarda la impresión de que el padre “era muy cariñoso con él, quizás tenía la ilusión de que fuera periodista”.

Como sea, Gómez López era un jefe severo y cascarrabias al que los subalternos respetaban y temían. “Pasaba gritando por la redacción, no mandaba recados con nadie”, recuerda Juan Ostoic, que estaba a cargo del puzzle.

Su personalidad era opuesta a la de Lira Massi, que se mostraba más comprensivo y paciente con quienes se equivocaban o incumplían. Deliberadamente o no, uno jugaba al policía bueno y el otro al malo.

A Ulises Gómez, el segundo de sus hijos, lo despidió cuando inició una relación con una periodista. También echó a un reportero que un día llegó jactándose de que se había comprado un auto. Pero ningún enojo se comparó con el que tuvo con el hijo que lleva su nombre.

-Como todos le temían, cuando votaron la huelga me mandaron al frente a mí. Y me tocó cerrarle la puerta de entrada en la mañana. Por su puesto, me subió y me bajó, pero no abrimos la puerta. No me habló en mucho tiempo, quedó indignado. Ese fue el fin de mi carrera como periodista.

***

Militante de las Juventudes Comunistas, José Antonio Gómez fue detenido y llevado a la Academia de Guerra de la Fuerza Aérea. Ahí se llevó la peor parte. Ahí y en otro lugar que nunca pudo reconocer. También pasó por la Escuela Militar, el Estadio Nacional y la ex Penitenciaría.

-En total me tuvieron casi un año y no lo pasé nada bien -dice.

Unos meses después de ser liberado, a sabiendas de que corría riesgos, se animó a visitar a su padre.

José Gómez López permanecía en Capuchinos. Había sido detenido tres días después del golpe de Estado y, según contaba, salvó su vida porque policías de Investigaciones lo reconocieron y apartaron junto a los presos comunes.

José Antonio no lo vio mal. Y aunque había otros familiares presentes, se enfrascó en una discusión.

-No me acuerdo exactamente por qué fue, pero peleamos. Siempre tuvimos una relación bastante difícil. Esa fue la última vez que conversé con él y no lo vi en mucho tiempo -reconoce.

José Gómez López salió al exilio en noviembre de 1976. Partió a Bremen junto a su última esposa, veinte años menor que él, y dos de los tres hijos que tuvo con ella. Alejandro, el mayor, cree que a diferencia de sus siete medio hermanos, él sí tuvo un padre. Severo y estricto, de esos a los que jamás se tutea, pero padre al fin. Esa nueva faceta aplacó en buena parte al periodista que era antes.

-Nunca estuvo a gusto en Alemania -dice Alejandro-. No le gustaba el país, la lengua ni el trabajo en la universidad.

Allá se enteró de la muerte de su hijo Juan Carlos, militante del MIR, que a fines de los 70 fue baleado por la policía. Y el duelo se sumó al de la muerte de su amigo Lira Massi.

En 1980 se estableció con su familia en Ciudad de México. Y aunque ya estaba afectado por el Parkinson, se empleó en el diario deportivo La Afición y montó una campaña para conseguir la sede del Mundial de Fútbol de 1986. Fue su última gran épica y no alcanzó a disfrutarla: ese mismo año, a días del puntapié inicial, volvió a Chile.

A su regreso quizás esperaba encontrar algo distinto. Un reconocimiento, un sentido. Pero su hijo Alejandro dice que a su padre no le fue fácil encontrar trabajo en Chile. Escribió para Fortín Mapocho y para algún otro lado antes de jubilarse por un Parkinson que no le restaba lucidez.

José Antonio no lo vio mucho en esos años. Ni en esos ni en los que siguieron. En abril de 1998 se enteró de su muerte cuando se encontraba en Viena como subsecretario de Justicia. No alcanzó a volver. Lo había visitado unas semanas antes y eso fue algo parecido a una despedida.

Desde su oficina en el centro de Santiago, el senador por Antofagasta dice que no guarda rencor:

-El Pepe me enseñó mucho y le estoy agradecido. Si no es por él, probablemente yo no estaría metido en política. Pero él no fue un padre.

Recién en los últimos años José Antonio Gómez ha establecido una relación más fluida con los otros hijos de su padre. Contándolo a él, y al hijo que murió, suman 10. Al menos una vez al año se reúnen y hablan de una historia que confluye en torno al hombre que llaman Pepe.

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