El optimismo es un arte que se puede aprender

No estamos hablando del “pensamiento positivo”. La ciencia ha comprobado que ser optimista o pesimista es una condición con la que se nace y que responde a estructuras cerebrales distintas. Por lo mismo, esforzarse por ver el vaso medio lleno no resulta. Pero sí existen algunas técnicas para que logre verlo menos vacío.

por Jennifer Abate

HAY DOS reacciones posibles. Solo dos. Frente a un “pero trata de mirar las cosas de una manera más positiva” -dicho con tono de verdad revelada- queda asentir con cara abatida y jurar que desde ahora eso mismo es lo que intentará hacer por su propio bien. O, lo segundo, retorcerse entre el enojo y la descalificación para evitar -a duras penas- la respuesta con ofensa fácil. El tema acá, entonces, es cuál de estas dos reacciones tiene usted. Y si está pensando que esto se resuelve como cuando le preguntan si los Beatles o los Rolling Stones; Zamorano o Salas; Beto o Enrique, está equivocado. A diferencia de ese juego de elecciones, aquí hay solo una respuesta correcta (y es justo la que no lo parece): retorcerse entre el enojo y la descalificación.

Porque “mirar las cosas de una manera más positiva” no es algo que dependa de nuestra voluntad. Y lo que proponen mensajes del tipo “tú puedes controlar el mundo con tus pensamientos”, que han llenado las páginas de libros de autoayuda convertidos en bestsellers, choca frontalmente con lo que la ciencia está ahora demostrando.

Fue a partir de los 90 que el optimismo se convirtió en un culto. Cuando la necesidad de una mirada positiva inundó incluso la esfera del trabajo, y un buen gerente dejó de ser alguien que conoce bien el negocio para convertirse en un líder cuya confianza en sí mismo debía inspirar a los demás; cuando ser despedido “por necesidades de la empresa” pasó de ser una situación desastrosa a “una oportunidad maravillosa de comenzar de nuevo”. El optimismo fue exaltado, premiado, exigido.

Es cierto. La investigación científica está repleta de estudios que muestran que experimentar emociones positivas lleva a estados mentales y comportamiento que de forma indirecta preparan al individuo para enfrentar con éxito las adversidades. Se sabe, por ejemplo, que los optimistas viven hasta 10 años más y que basta un minuto de pensamientos negativos para que se altere hasta por seis horas la capacidad inmunológica del ser humano.

El asunto es que no escogemos ser optimistas o pesimistas. Ni siquiera tener vida más o menos placentera incide en que veamos el vaso medio lleno o medio vacío. Cada ser humano nace con un sello biológico que la sicología llama temperamento, el que -a diferencia de la personalidad- es inalterable. Y tener una mirada más o menos positiva frente a la vida es parte de ese temperamento.

Esto es lo que analiza la académica de la Universidad de Essex y especialista en Sicología Cognitiva, Elaine Fox, en su libro Cerebro lluvioso, cerebro soleado. En el texto describe cómo el optimista tiene un cableado neuronal distinto al del pesimista. Algo con lo que se nace y que las experiencias de vida no hacen más que reforzar esa condición.

Muy parecido a lo que alguna vez escribió el filósofo británico Bertrand Rusell: “Un optimista es un imbécil simpático y un pesimista, un imbécil antipático, porque ninguno sabe realmente lo que va a pasar”.

Si usted es uno de esos antipáticos, no se desanime. Es cierto que Fox desestima de plano que el “pensamiento positivo” pueda tener algún efecto real, pero sí plantea que existen algunas técnicas que pueden ayudar a los pesimistas a controlar su derrotismo, al modificar las conexiones nerviosas en su cerebro.

El cerebro optimista

Existe una estructura en el cerebro esencial para entender las diferencias de las que habla Fox: el núcleo accumbens. Se trata de una pequeña pieza que forma parte de lo que se conoce como el cuerpo estriado ventral, clave en la interpretación y la búsqueda del placer. En esta área, además, es donde se produce la liberación de dopamina y opiáceos, que actúan en el sistema de recompensa. Y en los optimistas, es una zona particularmente poderosa. En ellos, también, las conexiones neuronales que unen esta área con la corteza prefrontal (encargada de la planificación, el razonamiento y la resolución de problemas) son mucho más fuertes.

Fox sugiere que esta puede ser una de las razones de la distinta forma de mirar el mundo de los optimistas, su “marca de fábrica”. No solo sienten una sensación de bienestar de base, también tienden frecuentemente a buscar placer y experiencias nuevas que se los proporcionen. Y en este intento es cuando encuentran soluciones, algo que -de paso- les otorga la certeza de que tienen el control de sus vidas. De que “si quieren, pueden”.

Por el contrario, los pesimistas, con conexiones neuronales más débiles entre el núcleo accumbens y la corteza prefrontal, son menos propensos a buscar nuevas experiencias y tienden a creer que las cosas malas les ocurren sin que ellos puedan controlarlas.

De hecho, algunos estudios con población general muestran una clara tendencia de las personas optimistas a sobreestimar el grado de control que tienen sobre las situaciones, mientras que los pesimistas estimarían de forma muy precisa su grado de control real. Una “ilusión de control” que contribuye, según la sicología positiva, a explicar por qué unas personas no se deprimen y otras sí.

El cerebro pesimista

Uno de los mayores hallazgos de Fox es que las personas con una visión más oscura de la realidad no son, en el fondo, más negativas, sino que simplemente tienen un cerebro que sobrerreacciona frente al miedo, lo que los hace más temerosos del entorno y, por tanto, más desconfiados de que las cosas buenas les ocurran.

En esto, la gran responsable es esa pequeña estructura cerebral encargada de procesar las amenazas, llamada amígdala. Es precisamente esta, parte del sistema más ancestral de nuestro cerebro, la que tiene una mayor activación entre las personas pesimistas.

Obviamente, el miedo es una reacción evolutiva natural que nos permite defendernos de posibles amenazas. El problema es el exceso, es decir, cuando nuestra amígdala reacciona frente a amenazas que no necesariamente son reales. Cuando esto se produce, el cerebro ordena la liberación de cortisol, la hormona del estrés y la encargada de que podamos actuar rápidamente en una situación de emergencia. En esos momentos, todo nuestro cuerpo recibe una orden: concentrarse absolutamente en la amenaza y dejar de lado cualquier otra cosa que se esté haciendo.

Esa es la razón de que las personas más pesimistas se centren solo en lo que perciben como negativo, obviando todo alrededor (incluso lo positivo) y volviéndoles muy difícil salir de ese estado. Además, en ellos, las conexiones neuronales que extiende la amígdala hacia la corteza prefrontal (encargada de orquestar las decisiones) son mucho más fuertes, debilitando la opción de un pensamiento racional. Piense en esto, dice Fox: “Una pelea de pistolas de agua entre un equipo de 10 (la amígdala) y un equipo de cuatro (la corteza). Por razones obvias, el equipo más pequeño va a perder”. Una realidad anatómica que explica por qué algunos se dejan llevar tan fácilmente por sentimientos de miedo incluso cuando saben que no hay un peligro real.

cambiando estructuras

Para Fox, hay pocas dudas acerca de los beneficios de ser un optimista con los pies bien puestos sobre la tierra. Y, por lo mismo, es tan relevante plantear el cambio de las rutas pesimistas del cerebro y por qué es tan grande su lucha contra aquellos que quieren vender la receta fácil del pensamiento positivo.

Dos son las principales propuestas de Fox y otros autores. El primero: la resignificación del contexto.

Una de las características más evidentes de las personas pesimistas es que tienden a ver todos los escenarios, incluso aquellos neutros, como negativos. En un experimento, los investigadores A. Mathews y B. Mackintosh, de la Universidad de Cambridge, analizaron las diferencias en las reacciones de las personas frente a escenarios ambiguos. Le presentaron a un grupo de estudiantes una serie de escenarios hipotéticos simples, como: “Te paras en medio del matrimonio de un amigo para hablar y la gente comienza a reírse, ¿cómo te sientes?”. Al concluir, se dieron cuenta de que las personas con mayores niveles de ansiedad, o sea, aquellas cuyas amígdalas se activaban con más fuerza, tendían a interpretar estas situaciones de manera más negativa y eran más proclives a pensar que cuando la gente se empezaba a reír en el ejemplo planteado, era porque se estaba riendo maliciosamente de ellos.

Para verificar qué viene primero, si la ansiedad o la interpretación negativa de la realidad, el equipo de Cambridge desarrolló otro ejercicio. En la pantalla de un computador, un grupo de personas debía completar con una de dos palabras disponibles cada oración que le era presentada, de modo que esta tuviera sentido. El truco era que ambas palabras calzaban en la oración, pero una le daba un sentido positivo y la otra, uno negativo. Los que se habían declarado pesimistas antes del experimento no pudieron evitar completar las oraciones de manera negativa. Simplemente, estaban tan acostumbrados a hablar de dicho modo, que esas palabras eran las que les hacían mayor sentido.

Mathews y Mackintosh cambiaron sistemáticamente la exposición de los pesimistas a una amplia variedad de frases. Durante un tiempo, los investigadores expusieron a los jóvenes solo a frases positivas en el computador. Luego de ese período, no solo tendieron a elegir oraciones más positivas al realizar nuevamente el primer ejercicio, sino que también fueron capaces, en otro estudio, de disminuir sus niveles de ansiedad, relacionados con la interpretación negativa de las situaciones ambiguas.

Se trata del mismo principio que aplica la sicoterapia y la razón por la que esta funciona tratando la ansiedad y el desánimo en la mayoría de los pacientes. Según explica Francisco Diez, director de la carrera de Sicología de la Unab de Viña del Mar, la sicoterapia resulta porque nos hace enfrentar nuestro punto de vista con el de otra persona, que en este caso es un especialista. En ese momento, el paciente cuenta con dos visiones de la realidad y deja de creer que la suya es la única posible.

No es todo. El solo hecho de convertir las emociones en pensamientos y comunicarlos a un especialista desencadena una serie de procesos en el cerebro. Un estudio del neurocientífico de la Universidad de Duke, Ahmad Hariri, demostró que cuando se le pedía a un grupo de voluntarios que catalogara una serie de imágenes amenazantes, como serpientes o armas, como “ficticias” o “reales”, disminuía enormemente la reacción de la amígdala en comparación que cuando las veían sin ponerles una etiqueta, debido al fuerte control que la corteza prefrontal pasaba a tener sobre la amígdala.

El poder de la meditación

La ancestral técnica usada por los budistas es el segundo camino propuesto por Fox. Y los fundamentos científicos no son pocos.

Según autores como Richard J. Davidson, una persona con una visión más optimista se reconoce por la calidad de las señales que viajan entre el hemisferio izquierdo de la corteza prefrontal y la amígdala, el lugar encargado del procesamiento de las emociones. Por lo tanto, aumentar la visión positiva requiere aumentar también la supremacía de una estructura sobre la otra.

Esto, según Davidson y Fox, se consigue a través de la meditación. No cualquiera, eso sí, sino la que se practica periódicamente y haciendo un esfuerzo importante de concentración, como la que realizan los monjes budistas. Cuando ellos meditan, lo que realmente hacen es bloquear cualquier otro estímulo, para concentrarse profundamente en su propia experiencia en ese momento. Este ejercicio de control fortalece el poder de esta parte de la corteza frente a la amígdala. Cuando esta última no está activada en exceso, también disminuye el pensamiento obsesivo.

Lo mismo puede conseguirse, según Fox, al practicar regularmente la atención focalizada, que no es nada más que la concentración absoluta sobre un solo objeto, que puede ser un lápiz, un plato o la propia respiración. Esto también requiere bloquear los estímulos externos y aumentar la fuerza de la corteza prefrontal.

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