Lolol aún no se repone de su pesadilla

Los habitantes dicen sentirse estigmatizados tras los homicidios protagonizados por el anticuario. Ahora reciben ayuda sicológica y preparan una velatón.

por Marcela Andrés
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“De repente pareciera que el mal triunfa sobre el bien ¿Será así? Pareciera que para todo lololino, alguna parte de su alegría estuviera marchita, truncada , violentada”. Es el mensaje que emana de Radio Alegría de Lolol. Las calles están casi despobladas. El ánimo no es el mejor.

Doña Evangelina es una de las lololinas que desde el jueves 12 de julio no caminaba por la localidad de la Sexta Región. El brutal crimen de la profesora María José Reyes y Juan Duarte, asesinados a manos de Oscar López, el hombre que vendía antigüedades en la comuna, ha afectado a los habitantes. “Me fui, me arranqué a Santa Cruz, a la casa de mi hija, no quería saber nada de lo que pasó”, describe Evangelina, lamentando las bromas que ha recibido: “La gente dice: ¡Cuidado! No me vaya a cortar la cabeza”.

En la oficina de Correos, Zoila Becerra ordena la correspondencia y conversa con Juan Carlos Bastos, quien reparte las cartas a quienes se lo piden. “La manerita de darnos a conocer, a todos nos ha traumatizado, nunca pasa nada acá, esto no se esperaba”, dice el hombre, de 57 años. Zoila agrega que su hija mayor aún tiene pesadillas por lo ocurrido y narra que “el día que ocurrió todo esto era el día de pago. Ese día viene gente de todas partes y se instala una feria. Y cuando pasó esto muchos fueron a ver y no han podido olvidar”.

En la comuna, que fue nombrada Zona Típica el año 2003 por su arquitectura colonial, no estaban preparados para aparecer en las portadas de los diarios vinculados a un hecho de sangre. Hay angustia. Varios vecinos recuerdan que aquel día el anticuario los invitó a pasar a su casa y pudieron correr la misma suerte que las víctimas, quienes fueron decapitadas por López.

Una mujer entra a la iglesia. Es la cuñada de Juan Duarte, quien acude a pedir que el nombre del lololino que fue encontrado muerto en la casa del anticuario sea pronunciado en las oraciones de las cuatro misas del mes. Auristela, la madre de Juan, pasa la pena a punta de pastillas. Su hijo, de 56 años, le dijo que iba a ver unos fierros. Fueron tres días sin saber de él, hasta que la muerte de la profesora develó que Juan había sido la primera víctima. Eduardo, hermano de Juan, agrega que “cuando uno ve esto en las noticias cree que estas cosas no pasan, no nos convencemos”.

En la iglesia reparten folletos a la comunidad con recomendaciones de la Unidad de Apoyo a Víctimas, de cómo enfrentar una crisis y los fonos de ayuda para superar el trauma. También hay consejos, como no tomar decisiones drásticas. Daniela Céspedes, sicóloga del Hospital de Lolol, cuenta que están trabajando en conjunto con las autoridades, que llegaron seis sicólogos más y que iniciaron un programa a través de la emisora local para que la gente sepa dónde consultar y cómo afrontar el duelo. “Los adultos y adultos mayores han sido los más afectados, es un tema angustioso, de consternación, no se explican cómo pasó esto”, señala Esteban Vega, sicólogo de la municipalidad. Agrega que mañana realizarán una velatón y que la intención es “depositar en el lugar de los hechos una carga más positiva, resignificar el hecho. Lo hemos visto en muchas situaciones traumáticas, en el fallecimiento de Felipe Camiroaga se depositaban ofrendas”.

En el retén de Lolol el calabozo está vacío. Un hombre anuncia que viene a hacer una denuncia por abandono.

El cabo toma nota. El hombre viene a declarar que dos perros recién nacidos corren peligro en la carretera. El carabinero redacta una constancia. Es parte de la cotidiana tranquilidad de Lolol, comuna que debe su nombre al mapudungún y significa “tierra de cangrejos”.

El alcalde Marco Marín dice estar preocupado. “El hecho que vivimos va a marcar un antes y un después en Lolol, nos tiene consternados, llevamos una semana y todavía estamos apenados. Hemos quedado estigmatizados como comuna, ha quedado como la sensación de que esto es una situación que se pudo vivir en cualquier momento en Lolol y eso no es así, aquí la gente es muy cariñosa”, recalca.

Frente a la casa del crimen la gente pasa. Ya no están los cachureos, la familia del anticuario se los llevó. Sólo quedan los perros que acompañaban a Oscar López y que comienzan a llorar al anochecer. Mario Bravo tiene su local justo en frente y fue uno de los testigos de todo lo ocurrido. A una semana de los hechos ha regresado. Había preferido alejarse. “Fue tanta la impresión, nunca se va a olvidar una tragedia tan gratuita, nadie pudo hacer nada”, lamenta. Algún día, dice, le gustaría hablar con la familia de la profesora que encontró la muerte al consultar por unos muebles.

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