Así funciona el laboratorio que alberga algunos de los cerebros más singulares del mundo

Observatorio del Cerebro de la U. de California almacena órganos de científicos, artistas, personas sin memoria y superdotados.

por Francisco Rodríguez I. (San Diego, EE.UU.)
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Jacopo Annese es ambicioso. Tiene el cerebro de un premio Nobel, el de un profesor universitario, el del paciente amnésico más famoso y de varias personas más. “Tengo 50 cerebros”, dice. Pero no se conforma. “Me gustaría tener el de Gabriel García Márquez”, asegura.

Annese habla literalmente. El italiano radicado en la U. de California, en San Diego (UCSD), se refiere al órgano del escritor. No sólo eso, quiere cortarlo en miles de rebanadas. “Por la ciencia, claro está”, dice.

Annese dirige el Observatorio del Cerebro de la UCSD, que alberga varios afamados cerebros, como el de artistas, científicos y personas con condiciones especiales, como el del amnésico que permitió saber dónde se almacena la memoria.

La lista de personas que ya se comprometieron a donar el suyo es generosa. La mayoría son personas privilegiadas, como el de una mujer de 96 años que recuerda todo.

El laboratorio está construyendo el mapa digital microscópico del cerebro más grande del mundo. Para ello usa un sistema especial: corta los cerebros en delgadas láminas, que luego digitaliza y sube a la web para difundirlas con científicos de todo el planeta.

El observatorio fue nombrado en 2011 como uno de los más innovadores del mundo, ya que no sólo tiene detalladas imágenes del cerebro, sino que, además, guarda junto a cada órgano el expediente médico, resonancias magnéticas o test de inteligencia del donador. “Nuestra principal ambición es crear una especie de arca, un atlas que recolecte muchos cerebros con diferentes condiciones (especiales, enfermos y normales) y que estén a disposición de cualquier persona del mundo”, dice Annese a La Tercera.

Hoy tienen 50, pero en una década esperan recolectar más de mil, todos con su ficha médica. “Eso te da una mirada holística del cerebro, lo que no se ha hecho antes. Podemos estudiar una enfermedad en todo el cerebro y saber qué pasó antes de morir”, explica Annese.

Adentro

Entrar en el observatorio es toda una experiencia. Basta avanzar un poco para encontrarse con enormes refrigeradores llenos de cerebros flotando en frascos, el primer proceso antes de que los órganos sean convertidos en grandes cubos de hielo. Un poco más allá está la máquina estrella del laboratorio, capaz de rebanar los cubos con los cerebros en miles de delgadísimas láminas, del ancho de un cabello humano. Cada cerebro se corta en unas 3.000 láminas, proceso que puede demorar hasta 55 horas seguidas. Luego, las láminas son estiradas delicadamente, puestas sobre un vidrio y entintadas (para mejorar el contraste).

Las láminas se digitalizan con una resolución microscópica de medio micrón por pixel. Una referencia: en un milímetro hay mil micrones.

Cada lámina es capaz de producir un terabyte de información. Un cerebro completo produce un petabyte, más de 100 mil DVD.

Con la información producida se crean mapas del cerebro en 3D, que permiten entrar en los tejidos para ver incluso su estructura celular. Estos datos son muy útiles para estudiar diferentes enfermedades. Por ejemplo, gracias a las imágenes del laboratorio, se han podido ver detalles de enfermedades como el alzheimer, el parkinson o las condiciones cerebrales de un VIH positivo. “Hemos podido apreciar que el cerebro sufre con esta infección. Envejece”, dice Annese.

Esto es, precisamente, lo que los distingue de otros laboratorios. “Miramos todo el cerebro, en todas sus dimensiones. Es normal verlo usando resonancias magnéticas, lo que te da un vistazo general. Nosotros vamos más allá, y es lo que hace al laboratorio excepcional”.

Donante

Linda Tempest no sólo es la gentil traductora que ayuda en el recorrido del observatorio. Hace un tiempo donó su cerebro. Eso sí, en otra institución. Hace poco supo del laboratorio de Annese, y ahora está haciendo los trámites para cambiarse. Pero tendrá que esperar. Hay 100 personas en la lista de donantes, a pesar de que no reciben dinero por su contribución. “Es impresionante lo que hacen acá. Desde el trato hasta los controles que llevan”, dice Tempest. La lista crece, porque procesar un cerebro tiene un alto costo: unos 7.500.000 de pesos.

Es por eso que Annese dice que el gran atlas sólo estará maduro en 10 años, cuando tenga una base de datos de diferentes cerebros.

Sin embargo, Annese aclara que el conocimiento que se digitalice ahora, puede que sea útil en varias décadas más. “El cerebro es un libro. Nosotros sólo somos los editores”.

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