Felipe Bulnes: "Sería soberbio decir que lo haría todo igual"

El embajador Felipe Bulnes hace un balance de sus seis meses al mando del Ministerio de Educación. Desde Washington, donde se instaló en abril, explica por qué dejó el cargo y habla de lo difícil que era llegar a acuerdo con los estudiantes. Dice que existe una similitud temática entre lo que se discute en Chile y Estados Unidos -educación, parejas gay, impuestos, energía- y sostiene que es un indicio de que el país avanza al desarrollo.

por Texto: Michelle Chapochnick - Fotografía: Oliver Contreras, Was
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Desde su oficina en la Embajada de Chile en EE.UU., en Massachusetts Avenue, Washington, Felipe Bulnes recuerda el complejo período que enfrentó como ministro de Educación, entre julio y diciembre de 2011. Por primera vez, repasa su salida, las dificultades que enfrentó y realiza un balance de sus momentos más tensos en el gobierno. “Todos los conflictos sociales tienen ciclos y creo que el año pasado fue el de su explosión”, señala.

El ex ministro también aborda su agenda como embajador en Washington y las ideas que se debaten actualmente en Estados Unidos. “Uno viene a EE.UU. y se encuentra con que están planteándose dilemas muy semejantes a los de nuestro país. Se debate sobre las dificultades que tiene el sistema educacional, el desarrollo de la matriz energética, la estructura tributaria a implementar y la situación de los homosexuales”, comenta el abogado.

A seis meses de abandonar Educación, ¿qué balance hace de su gestión?

Más allá de haber sido una experiencia muy intensa, se trató de un período extraordinariamente desafiante, tanto en lo personal como en lo político. La del año pasado fue una de las crisis sociales más serias de los últimos años y, por lo tanto, estuve expuesto en toda su magnitud a las complejidades de gobernar, con todas las enseñanzas que eso significa. Valoro muchísimo el haber vivido la experiencia y tengo la tranquilidad de haber puesto mis mejores esfuerzos en encauzar un conflicto que por momentos parecía desbordarse.

¿Cuál fue su peor momento? ¿La “funa” en el Congreso?

No, yo diría que la toma del Congreso fue el reflejo más extremo del estado de crispación en que estaba el conflicto. Las mayores dificultades no las tengo asociadas a un momento específico sino, más bien, a la tendencia general que imperó durante meses. Me refiero a la imposibilidad de sostener una discusión que fuera más allá de los eslóganes y a la negativa de algunos actores políticos de asumir que su responsabilidad consistía en ayudar a sacar adelante las soluciones, más que ser meros repetidores de las consignas que se gritaban en las marchas.

¿Era posible llegar a un acuerdo?

Para los estudiantes, más relevante que las soluciones que fueron obteniendo, era expresar esa mezcla de frustración y necesidad de cambio que sentían con el sistema educativo, detenerse algún tiempo en esa etapa de verdadera catarsis que estaba contenida desde hace años. Tanto es así que en ese período adoptamos decisiones muy relevantes, como la superintendencia de educación superior, duplicamos la cantidad de becas, planteamos la rebaja de la tasa del CAE, de un 5,5% a un 2%, y que la deuda pasara a ser contingente al ingreso futuro del estudiante. Y ninguna de estas medidas, que implicaba atender al corazón de parte importante de los reclamos, logró hacernos avanzar ni un centímetro en el camino de la solución.

¿Cómo fue su manejo de la crisis?

Siempre tuve claro que había que perseverar en los esfuerzos. Por un lado, escuchando las demandas del movimiento, pero por otro, sacando la discusión de las calles. Era fundamental llevar el problema al Parlamento y buscar acuerdos, porque sólo de ahí iba a surgir una agenda que diera respuestas buscadas y que en algún momento se valorarían.

¿Cómo se gestó su salida de Educación?

Fue un proceso que fui conversando con el Presidente a través del tiempo. Si bien la aprobación del Presupuesto (de 2012) ayudó a descomprimir la tensión y terminó de asentar la idea de que las soluciones iban a salir del Congreso y no de la calle, había que plantearse cómo enfrentábamos la nueva etapa. Y frente a eso, fui adquiriendo la convicción de que era bueno cambiar las caras en Educación. Por el lado de los estudiantes, estaban renovándose los principales dirigentes. En ese contexto, me pareció que lo más sensato, por el lado del gobierno, era también airear el ambiente, favorecer que el 2012 cambiara la dinámica y que asumiera una persona que no estuviera marcada por el conflicto, sino que representara el futuro de la Educación. Tenía la convicción de que para las discusiones que venían en 2012 era clave que asumiera alguien con una gran experiencia en materia educativa; que pudiera oponerse a los eslóganes, invocando una autoridad constituida por una trayectoria de vida dedicada al tema de la Educación.

¿Qué le dijo el Presidente?

Fue muy apoyador y deferente. Cuando asumí, el 11 de marzo de 2010, en Justicia, siempre me planteé acompañarlo durante los cuatro años como ministro. Las cosas llevaron a que no se cumpliera ese plan. Y si bien inicialmente el Presidente no veía con el mismo énfasis las razones que yo le señalaba para producir el cambio, también llegó a la conclusión de que podía ser la mejor alternativa.

Al dejar Educación dijo: “Esta experiencia fortaleció mis ganas de participar en política”. ¿Sigue pensando así? ¿Volvería al gabinete o a la política activa?

Ratifico que tanto mi paso por Justicia como por Educación han sido de las experiencias más gratificantes de mi vida, por duras que hayan sido en determinadas etapas. El servicio público, en mi estructura mental, es el espacio de mayor realización. Por lo tanto, sigo pensando lo mismo. Respecto de planes específicos, no tengo una hoja de ruta ni un plan en particular. La vida se ha encargado de demostrarme demasiadas veces que mis planificaciones ceden con bastante facilidad al factor sorpresa.

¿A qué atribuye que los estudiantes y los dirigentes de la Concertación, que tenían una buena relación con usted en Justicia, lo calificaran como una persona con la que era difícil negociar?

Obviamente no cambió la persona. Antes, como ministro de Justicia, di pruebas de buscar la mayor cantidad de acuerdos, de tratar de generar el mayor apoyo transversal a las iniciativas, porque estoy convencido de que es la mejor forma de hacer política: buscando consensos, más que tratando de imponer visiones. Lo que pasa es que en el ámbito educacional esta característica de ‘duro’ se dio porque el diálogo con los estudiantes se daba bajo la lógica del todo o nada. Ellos funcionaban bajo la idea de que si no se accedía a sus solicitudes completamente, entonces se estaba frente a un rechazo.

¿En qué temas no era viable avanzar?

Es cierto que en algunos temas, como la educación gratuita para todos, teníamos diferencias conceptuales, donde no había posibilidad de acuerdo, y así se los manifesté siempre. Pero no por un problema de dureza, sino por un asunto de convicción: la educación gratuita para todos era un profundo error, que atentaba contra la equidad a la que ellos aspiraban.

¿Le hubiera gustado haber hecho algunas algunas cosas de forma diferente?

Creo que sería de una soberbia infinita decir que lo haría todo exactamente igual. Uno siempre puede hacer las cosas diferentes y siempre revisa, sobre todo en situaciones así de tensas y álgidas, caminos alternativos que podría haber tomado en determinadas situaciones. Pero en lo sustancial, siento que se adoptaron las medidas correctas en una doble dimensión. Empezamos a construir principios de solución a los problemas que estaban planteándose, a través de una serie de medidas sobre regulación y financiamiento. Y por otra parte, en circunstancias que no eran fáciles, logramos encauzar la discusión hacia el único canal institucionalmente apto, que era el Congreso.

¿Por qué cree que las movilizaciones estudiantiles no están en el centro de la agenda, como en 2011?

Creo que es una mezcla de cosas. Primero, todos los conflictos sociales tienen sus ciclos. Creo que 2011 fue el momento de su explosión: se liberó una gran cantidad de fuerzas reprimidas, producto de la frustración que estaba generando el sistema educacional, mientras ahora pareciera que estamos en una fase de mayor decantación. En segundo lugar, creo que los estudiantes comprendieron que la estrategia de tomas y paralizaciones tenía que ser revisada, pues no hacía más que perjudicar a las mismas instituciones que ellos buscaban fortalecer. Pero quizás lo más importante, la agenda y gestión del ministro (Harald) Beyer es tan contundente, que la ciudadanía está cada vez más convencida de que el gobierno va a sacar adelante un sistema educativo a la altura de las expectativas.

¿A qué atribuye que el combate a los abusos y las desigualdades se haya tomado la agenda política en Chile?

Me parece un síntoma de que como sociedad estamos, efectivamente, en la ruta a ser un país desarrollado. No hay país que pueda aspirar al desarrollo sin pasar por abordar estos temas. Respecto de los abusos, es claro que toda la legitimidad y proyección de nuestro sistema de desarrollo descansa en que cada vez deben existir menos espacios y tolerancia para los abusadores y más valoración para aquellos que sí cumplen las reglas y aportan sanamente al país. Y en cuanto a la desigualdad, es un debate que tenemos que enfrentar, ya que nuestra cohesión social depende mucho de ese factor.

¿Qué le ha llamado más la atención de la discusión de la campaña de EE.UU?

Como embajador, no estoy en posición de comentar la campaña. Lo que sí puedo decir, porque en eso coinciden virtualmente todos los analistas, es que esta va a ser una elección muy estrecha, donde la evolución de la economía y la generación de empleos van a jugar un papel muy relevante en el resultado.

En la agenda chilena se han instalado la reforma tributaria, la educación y las parejas gay. ¿Cree que los temas que se discuten hoy son de primer mundo?

Es una de las cosas que más me ha llamado la atención. Existe una gran similitud en el debate, la discusión y la temática de problemas que se dan tanto en Chile como en EE.UU. Treinta años atrás, lo que los estadounidenses discutían, desde las circunstancias políticas hasta las sociales, tenían muy poca similitud con las temáticas de Chile. Hoy, en cambio, uno viene a EE.UU. y se encuentra con que están planteándose dilemas muy semejantes, obviamente que en otro estado de desarrollo. Se debate sobre las dificultades, dilemas y desafíos que tiene el sistema educacional, muchas veces con temáticas que parecen calcadas de los problemas de Chile, como el endeudamiento estudiantil y la necesidad de controlar la calidad.

¿En qué otros debates ha percibido esa similitud?

También hay debate sobre el desarrollo de la matriz energética, sobre cuál es la estructura tributaria a implementar y sobre la situación de los homosexuales y las alternativas de reconocimiento a sus uniones. Por tanto, pensando en indicadores de desarrollo, uno podría señalar que éstos no sólo vienen determinados por nuestro PIB per cápita, sino también por el nivel de discusiones que como sociedad estamos abordando. En ese sentido, puede especularse que hay una nueva ratificación de que Chile está alcanzando un proceso de madurez, que nos acerca a los países desarrollados.

Uno de los principales temas de su agenda son las visas para los chilenos, ¿qué tiene planificado en ese ámbito?

Efectivamente, el tema del Visa Waiver es uno de los importantes de la agenda. Para lograr este estatus de país exento de visas, tenemos que cumplir con requisitos que dependen de nosotros y otros que no, como por ejemplo, que la tasa de rechazo de visas a los chilenos llegue a ser inferior al 3%. Hoy estamos en un 3,4%, pero es imposible saber si la tendencia se mantendrá a la baja o no. En este contexto, buscando superar esta barrera, hemos estado participando recientemente en discusiones en el Congreso para apoyar proyectos que buscan ampliar la tasa de rechazo a un 10%. Hay una serie de convenios que firmar y un conjunto de otros requisitos que cumplir, como tener el pasaporte electrónico, cuestión que debiera ocurrir entre septiembre y diciembre del próximo año.

¿Cuáles son los otros temas de su agenda como embajador?

También estamos apoyando al SAG y al Ministerio de Agricultura en su esfuerzo de ir mejorando las condiciones de acceso de la fruta chilena. Y junto con estos temas específicos, mi agenda diaria supone desarrollar un conjunto de actividades tendientes a incrementar el poder conceptual que tiene Chile en EE.UU.

¿A qué se refiere?

Desde el punto de vista de nuestra gravitación, tan relevante como nuestro PIB per cápita, nuestras materias primas, nuestros indicadores duros, lo son nuestros indicadores más blandos o conceptuales. Me refiero a lo que representamos en cuanto a institucionalidad, a respeto del estado de derecho, a modelo serio de un país que está encaminado con determinación hacia al desarrollo. Mi labor como embajador es seguir difundiendo e incrementando este activo intangible o poder conceptual, y que es un patrimonio que hemos venido construyendo con solidez por muchos años.

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