La historia de Elisa, Francisco y Angela

La felicidad les duró poco. Las semanas suficientes para que Elisa Walker y su marido, Francisco Saffie, se ilusionaran sobre cómo sería su bebé. Una patología genética hacía su vida inviable, por lo que moriría en el vientre o a poco de nacer. Vivían en Escocia y existía la opción de abortar, pero la hija del senador Ignacio Walker decidió seguir con su embarazo. Todo terminó al sexto mes. En medio del debate en Chile por el aborto terapéutico, ella cuenta su historia y explica su posición.

por Nancy Castillo E.
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Elisa Walker Echenique (29) vive en Londres con su marido, Francisco Saffie (33). Ella realiza un máster en Filosofía Política en la University College London y él un doctorado en Filosofía del Derecho en la Universidad de Edimburgo. Hace dos años su vida era bastante similar a la de hoy, ambos estudiaban posgrados en Edimburgo, Escocia. Pero algo de ellos se quedó allá: Angela. Y eso, cambia toda la historia.

A las pocas semanas de saber que serían padres, a su bebé le diagnosticaron una patología genética incompatible con la vida. En un país donde el aborto está regulado, Elisa apoyada por Francisco, tomó la decisión de seguir con el embarazo. No fue fácil dejar crecer una criatura cuyo destino era tan trágico.

Desde Londres, Elisa habla con su voz suave. Su tono es calmo y a ratos triste; pero también se enoja. Pues después de lo que vivió, Elisa asegura que tener la posibilidad de tomar la decisión le dio fuerzas para seguir adelante. Entonces, habla con vehemencia cuando repasa algunos argumentos que se escuchan en el Senado chileno para no aprobar el aborto terapéutico, embriopático o por violación. Una discusión que fue intensa esta semana y que se postergó para ser votada la próxima.

Hija del senador DC Ignacio Walker y de la cantante Cecilia Echenique, ella quiere hablar porque siente que debe aportar su experiencia al debate.

Aquí Elisa cuenta su historia. Más bien la de ella, Francisco y Angela.

"En febrero de 2010 supe que estaba embarazada. Era mi primer embarazo. Como Escocia tiene un sistema de salud público, no te hacen chequeos hasta la semana 10 u 11. Ahí fuimos al doctor. Me hicieron una ecografía y vimos a la guagua por primera vez. Al medirle el grosor de la nuca encontraron que había indicios de problemas genéticos. Nos hablaron de que podía tener síndrome de Down y de otros problemas. Preferimos quedarnos con esa hipótesis, que era Down, pues había otros exámenes para confirmarlo: la amniocéntesis, pero ésta tiene un riesgo de pérdida de la guagua, por lo que decidimos no hacerlo. Con Francisco, mi marido, preferimos no confirmar nada y asumirlo nomás como una de las posibilidades y seguir con el embarazo.

Fue la primera vez que tuvimos que romper un poco con las expectativas que teníamos con el embarazo. Fue un primer aterrizaje con la realidad, enfrentarse a un mundo diferente que no conocíamos. Más que empezar a averiguar altiro sobre cómo uno vive con una guagua con síndrome de Down, yo más bien empecé a destruir la imagen o la expectativa de tener una guagua normal, entre comillas. Viene primero un proceso largo de aceptación.

En cuatro semanas tendría un nuevo examen donde nos confirmarían si era síndrome de Down u otro. Yo ya me hacía un poco la idea de que podía ser Down. Como en la semana 17, nos hicieron los nuevos exámenes y me dijeron que no era síndrome de Down, sino probablemente de Edwards, que a través de la ecografía se podían ver ciertos elementos característicos. Pero no te confirman el diagnóstico hasta que no te hagas una amniocéntesis. Ahí sí nos la hicimos, pues ya empezaron a hablar de otro síndrome que era enfrentar un mundo muy desconocido. Yo no sabía tampoco si esto ponía en riesgo mi vida o no, entonces nos fuimos a hacer este examen. Además, a esta altura del embarazo el riesgo para la guagua de hacer la amniocéntesis era muy menor.

Hicimos la amniocéntesis una semana después de la ecografía. Nos confirmaron que era síndrome de Edwards. Los doctores ya me habían dicho que si éste era el caso, se trataba de guaguas inviables que, normalmente, mueren en el embarazo o que, si llegan al parto, mueren al par de horas o días. Siempre de un rango muy corto de vida".

"Yo nunca había escuchado hablar del síndrome de Edwards y era una pregunta razonable de hacer si me ponía en riesgo a mí. Me dijeron que no, que es la guagua la inviable. Para mí eso fue un factor importante a considerar, no sé cómo hubiéramos reaccionado los dos si el embarazo hubiera puesto en riesgo mi vida. Probablemente, ahí hubiera cambiado todo… no lo sé.

En el equipo médico nunca nos hablaron directamente… nunca usaron la palabra abortar. Sí nos decían: 'Piensen bien qué quieren hacer, qué decisiones quieren tomar…'. Obviamente, todos sabíamos de qué estábamos hablando. Es parte, yo creo, del respeto que tienen a las parejas que están viviendo esta situación. Tampoco es llegar y hablar de aborto así no más, sincerarlo como tantas alternativas a seguir. Es un tema delicado y, por lo mismo, ellos se preocupan de respetar un espacio de intimidad y de ver cómo la pareja se relaciona con este tema.

Antes de vivir esta experiencia, con Francisco nunca habíamos discutido este tema, de ponernos en el caso y decir jamás abortaría. Nunca pensamos, ni planeamos, ni quisimos estar en esta situación. Pero una vez en el momento, tuvimos la misma reacción. Los dos somos católicos practicantes. Pero no tomamos esta decisión porque el Vaticano cree que no es correcto abortar. Nosotros tomamos la decisión de seguir adelante con el embarazo porque creíamos importante respetar el proceso de nuestra guagua y estar con ella mientras durara su vida. No es que siguiéramos estándares de cierto tipo, sino que sentimos la necesidad de darle amor a esta guagua.

Nunca pensamos en la posibilidad de abortar, pero fue muy importante poder tomar la decisión, porque te da la fuerza para vivir el embarazo, que no es fácil. Con esa decisión, parte un drama también, pues sigues con un embarazo, pero con una guagua de la que desde el principio te tienes que empezar a despedir. Es realmente difícil vivir esto. Creo que en parte lo pudimos vivir bien porque sabíamos que queríamos hacerlo".

"Como en Escocia hay un sistema de salud público, a éste le sale caro mantener estos embarazos inviables, entonces se cree que los doctores te incentivan a terminar con el embarazo. Pero no. Por el contrario, fueron muy respetuosos, nadie nos obligó a nada, sino que nos dieron todo el apoyo que necesitábamos. Por ejemplo, cuando yo tenía dudas de si mi guagua seguía viva o no, pedíamos una ecografía y me la daban altiro y me daban el tiempo que yo necesitaba para recuperarme, para ver a la guagua. Se preocupan de darle una dosis de humanidad a lo que estás viviendo.

Hubo una matrona que nos dijo que viendo el proceso de reflexión que hicimos, ella estaba segura de que habíamos tomado la mejor decisión para nosotros. Y eso fue un detalle especial, encuentro yo, de no imponer nada, sino de respetar nuestra decisión. No tengo estadísticas, pero creo que no es tan común que la gente en Escocia siga adelante con este tipo de embarazos. Nunca nos dijeron tampoco. Sí fueron delicados con nosotros, con nuestro procedimiento, con nuestro parto, con el apoyo médico.

Nos ofrecieron apoyo sicológico, pero no quisimos. Nuestro apoyo fuimos nosotros dos y nuestras familias. Durante este proceso mi pilar fue mi marido. Nuestros papás, hermanos y también amigos. Todos se sintieron tocados y cada uno, a su forma, trató de darnos amor, apoyo, comprensión y no tratar de infantilizarlo diciendo cosas como: 'Ay, qué rico, son una pareja especial y por eso les pasan estas cosas a ustedes'. Acá fueron todos súper sensatos, súper abiertos, tratando de entender de qué se trataba, apoyándonos en nuestro dolor y compartiéndolo, pues es un dolor que se transmite. No sólo nos afectaba a nosotros, también a nuestro entorno. Era nuestra primera guagua y también el primer nieto".

"Seguir con el embarazo no es fácil. Por ejemplo, yo me cuidaba de no comer huevos crudos o esas cosas. Tomaba esas precauciones, pero era un poco absurdo porque esas precauciones eran para no dañar a la guagua y yo sabía que ella se iba a morir en cualquier minuto. Pero era mi forma de darle amor. Yo la traté como espero tratar en el futuro a cualquiera de mis hijos.

Es raro, porque te preparas para ser mamá y te preparas para despedirte de la guagua al mismo tiempo. Es una relación, en la que, por un lado, tratas de construir amor con esta guagua; pero, por otro lado, como sabes que no se va a quedar, hay que mantener cierta distancia con ella. Eso no es fácil.

Este es un proceso que no se termina ni en el momento de tomar la decisión de seguir con el embarazo, ni en el momento en que la guagua muere, ni en el momento en que decides qué hacer con ella, sino que es un duelo que te dura toda la vida. Yo fui mamá con esta guagua, yo perdí un hijo al vivir su muerte. Cualquier mamá a la que se le muere el hijo, experimenta cosas que no se resuelven definitivamente en la vida, sino que hay que vivir con ellas.

Por una casualidad, conocí a una mujer que sufrió un caso similar al mío y optó por abortar. Yo no la juzgué cuando supe que ella se había hecho un aborto, pero me ayudó a entender que en cualquiera de los dos casos vas a vivir un proceso de dolor muy fuerte. En el caso en que te haces el aborto, tampoco es como que retomas tu vida como si no hubiera pasado nada. La marca queda en todas, tanto en las que abortan como en las que siguen el embarazo. Cuando conoces a alguien que ha vivido este proceso, lo único que puedes sentir es compasión, porque te das cuenta del sufrimiento al que esta persona estuvo expuesta. Más allá de la decisión que se toma, es el sufrimiento el que se mantiene.

El aborto terapéutico, embriopático o por violación tiene que ser regulado en Chile, porque, lamentablemente, las mujeres se ven enfrentadas a un proceso de dolor de tal envergadura que el Estado no puede decidir por ellas. Para mí no es un tema de derechos de la guagua contra derechos de la madre. Este es un caso de sufrimiento, de tragedia. Y dentro de esa tragedia el Estado tiene que decidir cómo relacionarse con ésta. Y dar el espacio de discernimiento para que las mujeres y su entorno decidan si terminar o continuar con el embarazo.

Yo no lo miro desde el discurso tradicional de la libertad, como si fuese un derecho de la mujer a poder decidir sobre su cuerpo. Cuando se usan esos discursos de autonomía sexual, se habla de que hay que tener una posibilidad de elección. Pero en los casos del aborto terapéutico -cuando está en riesgo la vida de la madre-; o el embriopático -que es la inviabilidad del feto-; y en el aborto en caso de violación no se trata de una elección como la de quien va a una tienda a comprar un producto. En estos tres casos, las mujeres se enfrentan a un dilema moral. Es importante que la sociedad reconozca ese dilema moral, pues tiene que respetar a la mujer que lo está viviendo y su dolor.

El principio de la compasión es vital en esos tres casos. Los tres son diferentes y es importante que se analicen en sus diferencias; pero los tres se regulan bajo esta misma consideración: la compasión hacia quien los sufre. No en derecho y autonomía sexual de la mujer.

El debate debiera darse con altura de miras. Hay muchas pasiones involucradas y se entiende, porque no es fácil. Hay que respetar también a quienes les cuesta tratar este tema. Pero es importante que esté el espacio para conversar y de forma responsable.

No puede ser que se utilice como argumento para no regular estas tres hipótesis que se va a abusar del sistema y se permitirá cualquier tipo de aborto. Eso es una falta de respeto hacia las mujeres que viven estos dramas. Una cosa es que se legisle y otra es que se fiscalice. El argumento de que ya existe una práctica de aborto terapéutico cuando está en riesgo la vida de la madre tampoco es adecuado. Porque, entonces, quien toma la decisión de terminar con la vida de la guagua es el doctor. No puede ser que una práctica pase a llevar la voluntad de la mujer. Este es un conflicto ético único y hay que asegurar el espacio de discernimiento".

"Cuando tenía seis meses de embarazo, mi guagua murió. Después de la ecografía que así lo confirmó, me dieron unas pastillas para inducir el proceso del parto natural.

Con Francisco estábamos tan metidos con esta idea de darle amor a nuestra guagua y tratarla como hijo, porque era nuestro hijo, que tomamos un curso de preparación de parto. Fue bonito, porque llegado el momento sabíamos cómo relacionarlos con la guagua. Francisco la recibió, la abrazamos… Ese minuto no fue traumático, sino muy lindo.

Es súper importante cuando tienes espacios de contacto con la guagua. En el hospital nos dieron ese espacio para recibirla, para mirarla, para abrazarla. Todo el equipo de maternidad fue especialmente cariñoso, atento, estaban comprometidos con nuestro parto. Incluso, el hospital se preocupó para darnos tiempo para vivir esta experiencia. Creo que es parte de esta comprensión del espacio de intimidad que se necesita en estos casos. Te dan el tiempo si tú quieres y necesitas tener un contacto con la guagua. En cambio, en Chile, según he averiguado, cuando en un embarazo normal a una mamá se le muere la guagua y la va a tener a la clínica o al hospital no siempre te dan un espacio para conectarte con la guagua si tú quieres. A veces, ni siquiera te dejan verla. No puedes ni siquiera tocarla. Creo que esto también responde a que no se le reconoce a la mujer este mismo espacio de autonomía.

De hecho, tenemos ganas con Francisco, cuando volvamos a Chile en agosto, de armar una fundación a través de la cual podamos hacer una suerte de capacitación en hospitales y clínicas para que cuando a una madre se le muere su hijo al nacer o nace muerto, haya un espacio de intimidad con esa guagua. El duelo hay que vivirlo".

"Mi mamá vino desde Chile. Por suerte, alcanzó a acompañarnos en el parto y después se quedó como dos o tres semanas apoyándonos en el proceso de duelo.

Entre nosotros habíamos hablado sobre bautizar a nuestra guagua. Concluimos que no era lo más adecuado, porque el bautismo es el primer paso para que una persona se integre a una comunidad y nuestra guagua no lo iba a hacer. Hicimos una liturgia. Todo esto fue financiado por el Estado.

Le pusimos de nombre Angela. Y enterramos sus cenizas en Edimburgo, en un lugar donde luego plantamos un arbolito. Era agosto de 2010.

Fue bonito, porque tuvimos que registrar legalmente a nuestra guagua en el Registro Civil. Así que tenemos un certificado que dice: en Edimburgo nació Angela Saffie Walker.

No tengo miedo de volver a embarazarme. Pero ahora, no soy tan ingenua como antes, ahora sé que los embarazos no siempre terminan bien. Este era un caso difícil, era nuestra primera guagua, teníamos muchas expectativas, uno se empieza a imaginar cómo será la guagua, a quién será parecida, el nombre. Y todas esas expectativas tuvimos que aterrizarlas y aprender a amar en el dolor". S

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