¿Mandar a mi hijo? Paso

En una encuesta a 400 ejecutivos chilenos, tres de cada 10 dicen que les cuesta más ejercer autoridad con sus hijos que con sus subordinados en el trabajo. En ambos casos, eso sí, a casi la mitad le asusta el calificativo de "autoritario".

por José Miguel Jaque

LOS expertos coinciden: la autoridad, en todas sus formas, está devaluada. Ya no basta con dar una orden y esperar que se siga al pie de la letra. Peor le puede ir a quien cree que golpeando la mesa puede conseguir una respuesta inmediata. Ahora hay que argumentar la orden (tal vez) pedir por favor y, por qué no, buscar más argumentos por si viene un cuestionamiento de vuelta.

Sin embargo, hay espacios donde está costando más entregar órdenes y aplicar disciplina. Le puede sorprender, pero una encuesta de la empresa Randstad aplicada a casi 400 ejecutivos chilenos con hijos abre un flanco: tres de cada 10 encuestados dicen que con quien más les cuesta ejercer autoridad es con sus propios hijos. Y les resulta más difícil hacerlo que con los subordinados o con los superiores en el trabajo, pese a que, hasta hace algunos años, un papá ejercía la disciplina en la casa sin contrapeso alguno.

¿Qué cambió? Con relaciones más horizontales en todos los ámbitos, el factor que pesa es la importancia del interlocutor. "Las relaciones del trabajo son funcionales y uno no se queda tomado en la emoción. La convivencia con los hijos, en cambio, afecta una fibra más profunda", explica Raúl Carvajal, sicólogo de la Clínica Santa María. Y se entiende: la relación con los hijos es absolutamente distinta a todas las otras. Los temores, las angustias y la capacidad de empatizar marcan un estado de ánimo permanente. "Con un subordinado o con el mismo jefe se puede discutir e incluso mandarlo a la punta del cerro y uno puede seguir haciendo su vida tranquilo. Si le digo eso a un hijo, el efecto no va a ser lo mismo", insiste Carvajal.

Hay otra arista que incide en ese escenario: el proyecto laboral no se vive como hasta hace unos años. Si bien las personas pasan la mayor parte del día en su trabajo, el compromiso es menos profundo. La gente ya no se proyecta toda la vida laboral en un mismo lugar y con la misma gente. "Me puedo cambiar de trabajo, pero no puedo cambiar de hijo o de familia. Ese es un compromiso para siempre", explica el profesional.

Eso sí, en ambos tipos de relación -en el trabajo y con los hijos- hay una lógica más democrática que se repite. Se está entregando más espacio al otro. Según la encuesta de Randstad, el 42% dice que la manera de ejercer la autoridad en su trabajo es involucrando a sus subordinados, mientras que un 35%, si bien establece todos los lineamientos, entrega la posibilidad de feedback. Es que no sólo se valora más el trabajo en equipo. Las empresas hoy están observando a quienes dirigen equipos y los cuestionamientos en esa línea pueden costarles el trabajo. Antes, si a alguien no le gustaba su jefe, la puerta de salida era ancha. Hoy, el jefe es evaluado a través de diversos instrumentos que miden la satisfacción del trabajador.

¿Qué pasa con los hijos? Según la encuesta, el 59% les explica para que entienda razones, el 28% de los papás dice que llega a un consenso con sus hijos y el 7% les entrega las herramientas para que ellos decidan. Fundamentar una orden no tiene nada de malo. "Pero se extraviaron los límites", dice Eduardo Valenzuela, director del Instituto de Sociología UC. Y lo explica así: hoy los papás dan razones a su hijo para que haga algo; antes simplemente escuchaba un "sí, porque sí" o un "no, porque no". Hoy esa respuesta es insuficiente y se entiende, porque va en consonancia con lo que vemos en la sociedad. Pero esa autoridad fundada en razones también tiene un límite, especialmente frente a un niño o un adolescente. "Hay un punto en que hay que volver al 'no, porque no', y los padres saben poco dónde está ese límite. Y si lo corren demasiado, tratándose de niños y adolescentes, las consecuencias pueden ser peores que el autoritarismo".

Cómo mandan

La encuesta de Randstad entrega otro dato relevante: casi la mitad de los encuestados afirma que su principal problema a la hora de ejercer autoridad es el miedo a ser catalogado como autoritario. Ya está dicho: hoy, los jefes son evaluados en ese ámbito y se preocupan (más que antes, al menos) del trato. Incluso, llegan al error de aplicar un trato más flexible y democrático sin imponerse como autoridad. Más marcado aún es el temor a ser autoritarios en los papás. "El repudio al castigo físico y a la sanción negativa ya es generalizado y esa era la forma paterna de ejercer la autoridad", apunta Valenzuela. Y claro, hasta hace unas décadas, cuando había que aplicar disciplina se llamaba al papá. En el libro Mirada a la Familia en el 2025, Valenzuela cita un dato de la Encuesta Bicentenario de la UC-Adimark que muestra cómo padres y madres ponen la disciplina en la casa casi por igual y la mención del hombre como el encargado de hacerlo cae de 43% en la generación más adulta (de 65 años y más), a 27% en la generación entre 18 y 34 años.

Entonces, cuando la forma más tradicional de ser papá deja de ser consenso y la sanción negativa pasa a ser algo mal visto, el padre se queda sin su recurso más propio en el ejercicio de la autoridad y no tiene herramientas para ejercerla, insiste el sociólogo de la UC. Algo propio de las sociedades modernas o en proceso de modernización, que reaccionan bastante fuerte contra el autoritarismo.

¿Qué hacen si no les obedecen? Con los subordinados se conversa y menos de un 10% sanciona. A los hijos, en cambio, dos de cada 10 encuestados les quitan los beneficios y un 15% los castiga con cosas que les duelen. Se entiende, porque el castigo es la fórmula heredada. "Lo que no nos enseñaron a hablar de las consecuencias para que haya un aprendizaje", concluye Carvajal.

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