Mario Vargas Llosa: "La política se ha banalizado y frivolizado"

El escritor peruano y premio Nobel de Literatura, analiza el gobierno de Sebastián Piñera y explica por qué cree que la crispación social es un problema propio de los países desarrollados. Rechaza el igualitarismo como solución al malestar y señala que "Chile es un ejemplo de que el desarrollo económico, por sí solo, no basta".

por C. Boffil, R. Montes y H. Soto
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EN el living de una habitación del hotel Hyatt de Santiago, donde se aloja el escritor peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936), el teléfono empieza a sonar insistentemente. El premio Nobel de Literatura, nervioso ante el sonido, se levanta del sillón para contestar. Sin embargo, la llamada se corta apenas toma el auricular. "Yo no contesto jamás el teléfono", dice, entre riéndose y excusándose mientras regresa a su sitio. "Le tengo un terror supersticioso, porque solo me trae problemas. Nunca en la vida tendría celular, ¡qué horror!".

A Vargas Llosa no le gusta la tecnología, por lo que no usa tabletas ni notebooks. "No tengo nada de eso, solamente lápiz y libreta de papel. Yo escribo mis libros a mano y después los paso a una computadora, que uso solamente como máquina de escribir", relata el escritor. De hecho, dice que desconfía del mundo de internet: "Hace poco, una señora me escribió para felicitarme por el texto tan bonito que yo había escrito en homenaje a la mujer. Me lo envió y era una cursilería monstruosa, una huachafería, como decimos en Perú. Y estaba firmado por mí. ¿Cómo te defiendes contra eso? Llegas a perder tu identidad, se apropian de tu nombre. Es desmoralizador".

Aterrizó el miércoles en Santiago, para participar en el homenaje que el Centro de Estudios Públicos (CEP) organizó para conmemorar el cumpleaños 80 del escritor y embajador chileno en Francia, Jorge Edwards. Les une una amistad de medio siglo, que se mantiene intacta. "Hace un mes, sin que nadie supiera, salvo Jorge, pasé un mes en París escribiendo. El Premio Nobel es una semana de cuento de hadas, pero un año de pesadilla absoluta. Te paraliza la vida y te llena de obligaciones", relata Vargas Llosa.

En los dos últimos años ha visitado Chile en tres ocasiones. A comienzos de 2010, antes de la segunda vuelta presidencial, vino para apoyar al candidato Sebastián Piñera.

Usted tenía muchas expectativas puestas en el gobierno de Piñera. ¿Cómo se explica la crispación que se ha visto en los últimos meses en Chile?

Una de las cosas que me llamó la atención cuando vine a apoyar a Piñera fue ver que el plan de gobierno tenía como primera prioridad la política educativa. Era considerada la cuestión neurálgica para la conversión definitiva del país. Entonces, que haya surgido este conflicto me ha sorprendido mucho. Y mi impresión es que Chile está viviendo problemas que no había tenido antes y que, en buena parte, son producto de su desarrollo.

La gran paradoja es que los buenos índices económicos no se reflejan en la popularidad del gobierno ni han contribuido a apaciguar las movilizaciones sociales.

Hay que tener claro que Chile no está entrampado en un hueco, en absoluto. Es inconcebible una regresión hacia el caos allendista o la dictadura pinochetista, no veo ninguna posibilidad. El país ha dado un salto en lo que se refiere a sus instituciones democráticas y políticas económicas, y lo que importa es que esa dirección no cambie en el futuro. Al mismo tiempo, en América Latina, y por eso Chile tiene una problemática de primer mundo, hay un gran optimismo. Existe la sensación de que está saliendo adelante, de que hay oportunidades, que ha quedado atrás lo peor y que lo que viene es para mejor. Es algo que se vive en Perú, Colombia, Uruguay, Brasil e incluso en Venezuela, donde hasta hace poco parecía imposible salir de Chávez. Yo creo que no hay razones para sentirse pesimista. Incluso en Chile que, con toda la problemática que tiene, sigue creciendo.

¿A qué atribuye los problemas que ha debido enfrentar el gobierno chileno?

A la política del corto plazo. El tener que resolver los problemas del día a día provoca que los grandes lineamientos queden como obnubilados.

Tras el triunfo de Piñera, usted manifestó su esperanza de que hiciera un gobierno de centroderecha que fuera capaz de irradiar con su ejemplo a otros países de Latinoamérica. Algunos analistas tienen la impresión de que eso se frustró.

Da la impresión, desgraciadamente, pero lleva solamente dos años y queda la mitad del período para lograrlo. Es muy importante que un gobierno de centroderecha muestre que no solamente cree en la libertad, sino que tiene gran conciencia de tipo social y trabaja por la igualdad de oportunidades, que es un principio liberal básico. Mi gran esperanza era que el gobierno de Piñera reflejara, precisamente por el nivel de desarrollo que ha alcanzado, la mejor cara del liberalismo. Pero repito que quedan dos años para resucitar esa idea.

¿Habla habitualmente con el Presidente?¿Han mantenido el contacto luego de la elección?

No, no lo he visto.

¿A qué cree que responde el malestar social que se ha visto en Chile y en otros lugares del mundo?

El gran problema es que el desarrollo no se debe medir estrictamente por índices económicos, estadísticos. Es uno de los grandes errores de la concepción puramente economicista del desarrollo. Si detrás de eso no se ejercita la igualdad de oportunidades, que es un principio absolutamente fundamental de la cultura democrática, eso crea una gran frustración. La calidad de vida también es una cosa muy importante, y en eso juega un papel central la cultura, que desgraciadamente no figura en los planes de desarrollo como una prioridad para ningún gobierno, ni de derecha ni de izquierda. Algo de eso se refleja en ese malestar, desasosiego, frustración, que es una característica tan grande hoy día en diversas sociedades. Chile es un ejemplo de que el desarrollo económico, por sí solo, no basta, no es suficiente.

El analista Moisés Naím baraja la tesis de que la indignación que ha brotado en diversos lugares del mundo está gatillada por la desigualdad.

No es el igualitarismo el que resuelve los problemas. Primero, porque el igualitarismo no existe, es un mito, y crea sociedades donde algunos son mucho más iguales que otros. Lo fundamental es que la gente tenga las oportunidades para corregir la desigualdad, que inevitablemente existe, gracias a su talento y esfuerzo. Que las personas tengan la posibilidad de crecer, subir y alcanzar sus propios objetivos. En Estados Unidos ha habido desigualdad toda la vida, pero, sin embargo, el optimismo es la gran característica de la sociedad norteamericana. Los estadounidenses piensan que trabajando, rompiéndose el alma, sacrificándose, pueden llegar a la cúspide. Y hay casos inmensos de que es así, de que es verdad y cierto.

¿Sigue siendo cierto?

Eso sigue siendo cierto en la sociedad norteamericana. La europea, a medida que se ha ido modernizando, ha ido rompiendo esas estructuras rígidas que otorgan ciertos privilegios a la hora de competir. Pero nada comparable a Estados Unidos. Es cosa de observar los últimos casos de grandes millonarios estadounidenses y la mayoría ha salido de abajo. Es gente que ha aprovechado ese espacio grande que hay para inventar y crear.

El ranking de millonarios cambia mucho de una década a otra.

Hay que fijarse en lo ocurrido con Steve Jobs y cómo se ha convertido en el gran mito moderno. Su caso es típicamente norteamericano. Warren Buffett, otro mito. Bill Gates, otro. Ellos son la prueba de que existe ese margen.

Los gobiernos, entonces, según plantea, no deben focalizarse en la igualdad.

No hay que buscar una igualdad que es imposible de conseguir sin establecer un sistema de una ferocidad y un control e intervencionismo estatal que acaba con la libertad. Eso fue Rusia y eso fueron todos los países socialistas. Hay que crear una sociedad en que las desigualdades parecen obedecer a un cierto esquema de justicia, en el que realmente quienes tienen más éxito son los que alcanzan los niveles más altos de vida. Porque si el problema son las desigualdades, ¿cuál es la solución? ¿Crear la sociedad soviética? ¿Volver a China?

Quizás volver al Estado de bienestar.

Pero tienes que justificarlo. La tragedia que vive actualmente Europa es que creó unos estados de bienestar que eran completamente irreales, que no había cómo financiarlos. Eso ha generado una crisis económica espantosa, que ha aumentado las injusticias y las desigualdades. No puedes abandonar el realismo a la hora de organizar la sociedad. Y el Estado de bienestar fue una ilusión que no estaba sostenida en análisis económicos serios sobre lo posible y lo imposible. Si crees que puedes trabajar 35 horas al mes y mantener los mismos niveles de vida, y no puedes, eso te genera una enorme frustración.

Naím también plantea que el malestar mundial tiene que ver con la rebelión generalizada contra el poder, que hoy se encuentra en manos de más personas.

Si lo fuera, tendríamos que alegrarnos, ¿no? Cuánto mejor si el poder se diluye. Pero no sé si corresponde a la realidad del mundo de hoy.

Muchos atribuyen los cambios actuales a las redes sociales: la gente, al informarse rápidamente, ahora podría cuestionar las decisiones públicas.

Es un paso fantástico el de la revolución de las comunicaciones. Pero, al mismo tiempo, eso ha venido acompañado de una falta de discriminación muy grande con respecto a la información. Y en muchos casos, en vez de más conocimiento, provoca una gran confusión. Toda la revolución informativa está acompañada de una frivolización y banalización de la cultura. ¿Y a qué se llega? A una sociedad confusa, completamente desbrujulada.

Usted es crítico de Wikileaks.

Controlar el poder y fiscalizarlo es fundamental. Ahora, anularlo es algo terrible. Wikileaks llega a hurgar de tal manera en la privacidad, que el poder pasa a estar completamente indefenso y paralizado para actuar. Todo paso que da pasa a ser automáticamente de propiedad pública. Eso al final conspira contra la cultura democrática, ya que las dictaduras no son víctimas de eso. ¿China? ¿Qué se sabe sobre los secretos de China? Esos antecedentes no salen a la luz.

Usted habla de la banalización de la cultura. ¿Cree también que hay una frivolización de la política?

Sí, naturalmente. La banalización, la frivolización, es un fenómeno que abarca todos los aspectos de la vida social e individual: la política, la religión, la cultura en general, la creación, las artes. Y la política. Basta ver las campañas electorales hoy, que están guiadas por los creativos de las agencias de publicidad y no por los programas.

Lo que parece estar hundiéndose es el concepto del liderazgo. Antes eran más sólidos y generaban confianza. Hoy, en cambio, provocan sospechas.

Porque las ideas tenían mayor protagonismo. Hoy son más importantes los eslóganes, las caras, los gestos, la publicidad. Ahí sí hay una crisis que podría afectar profundamente la cultura democrática, sin duda.

¿Es la banalización política la que permite, por ejemplo, que el Presidente de Perú, Ollanta Humala, salga de un extremo político y se instale en otro?

No ha sido de un día para otro. En 2006 era el candidato chavista de ideas confusas. Pero luego de la derrota, Humala comenzó a advertir que por ese camino no iba a llegar a la presidencia. Desde entonces, con mucha discreción, para no perder la base de izquierda, empezó a moverse discretamente hacia el centro. Y la persona que se presentó a las elecciones en 2011 era más moderada. Cuando en la segunda vuelta se enfrentó a Keiko Fujimori, él dio un paso importantísimo: marcar una hoja de ruta en San Marcos. Y ha respetado tanto las instituciones democráticas como las políticas de mercado.

¿Cuáles son los principales problemas que enfrenta hoy Perú?

Lo que hay son problemas menores que hoy se han convertido en problemas mayores, como la minería informal. Y hay una movilización muy fuerte en su defensa, pese a que no sólo es catastrófica para el Estado, sino también para la naturaleza. Luego hay una izquierda radical que ha encontrado en el ecologismo una bandera que le permite resucitar los viejos problemas. Es lo que ha ocurrido con la resistencia de algunos grupos al proyecto minero de Conga, en Cajamarca, que implica una inversión de 4.500 millones de dólares para una región muy pobre. Hay una confrontación que puede tener consecuencias serias.

¿El refugio de ciertos grupos en el ambientalismo es una tendencia que usted observa solamente en Perú?

No. Yo creo que está en todas partes. En Europa, por supuesto. Hoy, salvo que seas un ser completamente fuera de la realidad, es muy difícil defender la vieja agenda de la izquierda: cerrarse al mundo, ensimismarse, levantar fronteras económicas, redistribuir la riqueza y nacionalizar. Por eso el refugio es ahora el ambientalismo.

¿Qué opina del gobierno de Cristina Fernández en Argentina?

Se necesitan brujos y chamanes para entender lo que sucede en Argentina. Eso es un galimatías y yo renuncio: no entiendo el país. Para mí es algo indescifrable, incomprensible. ¿Por qué el país más culto de América Latina, que tuvo una tradición tan notable no sólo de desarrollo económico, sino cultural, ha podido caer en lo que ha caído? Hoy Argentina es el peronismo. Derecha, centro, izquierda... todo es peronismo. Un sistema de poder tal no se ha visto nunca tan absolutamente generado en un país y ha llegado a posicionarse en toda la sociedad con graves consecuencias. ¿Y cuál es la salida? No lo sé, pero no se ve.

Usted está a punto de lanzar su próximo libro, que es un ensayo.

Voy a lanzar un ensayo que se llama La civilización del espectáculo, que analiza justamente la banalización de la cultura en el siglo XXI. Qué consecuencias puede tener esta situación y la importancia de la cultura en el desarrollo. Un crecimiento sin cultura, que es perfectamente posible, es un crecimiento con pies de barro. Un país puede alcanzar una gran modernidad, pero una modernidad donde no hay valores, alma y vida espiritual, al final es algo terrible.

¿Muchos reproches a los intelectuales?

Al fraude artístico e intelectual. En campos como la pintura se ha llegado a extremos increíbles. Los valores estéticos estallaron y lo que se impuso es la publicidad, la frivolidad más absoluta. En la literatura, afortunadamente todavía hay ciertos patrones que se respetan y te permiten decir "esto es bueno, esto es malo". Tú puedes señalar que a Dan Brown lo leen muchos, pero no puedes afirmar que es el Cervantes del siglo XXI.

Está preparando también una novela.

La estoy escribiendo y se va a llamar, creo, El héroe discreto. Transcurre en el Perú de hoy, entre Piura y Lima, donde se viven problemas que no se han visto antes. Conflictos propios de un país que está en pleno desarrollo, donde hay una violencia criminal muy fuerte, que es una gran protagonista de la vida social y política.

"Me dio mucha pena la muerte de Pilarcita Donoso"

¿Cómo afrontó el suicidio de la hija de José Donoso?

Me afectó mucho, porque yo no solamente había sido muy amigo de los Donoso, sino que había visto a la Pilarcita desde niñita, desde que la adoptaron. Una historia muy triste, trágica. La última vez que estuve en Chile la vi y tenía el proyecto de irse a España, para intentar identificar a su madre biológica. Quería irse a vivir a Calaceite. La impresión que me dio es que estaba perdida, insegura. Me dio mucha pena la muerte de la Pilarcita Donoso.

Usted elogió su libro Correr el tupido velo, donde Pilar Donoso reveló los secretos de la familia.

A mí me impresionó muchísimo. Yo creo que el libro fue un acto de coraje extraordinario. Nunca me hubiera imaginado, habiendo frecuentado a los Donoso casi a diario en Barcelona, que vivían ese drama tan desgarrador que guardaban en las sombras. No podíamos sospechar que había ese drama de alcoholismo, la confrontación entre Pepe y su esposa. Y la historia de la niña que es desgarradora. Era maltratada por su madre y su padre, los dos tenían celos de ella. Y al mismo tiempo la quisieron mucho, porque la verdad es que la chiquita les cambió la vida.

¿Alguna vez advirtió frustración en José Donoso, porque el boom de alguna manera pasó por el lado suyo?

Pepe era una persona complicada, que tenía un mundo interior tortuoso, enrevesado. Ningún buen escritor es una persona fácil y Pepe particularmente, porque cultivaba sus neurosis. María del Pilar, su esposa, lo acompañaba, lo seguía. Ellos contaban anécdotas que probablemente eran falsas, pero que revelaban mucho el estado de tensión en la que vivía la familia. Decían que cuando invitaban a comer, luego del postre, así como se distribuyen chocolatitos, ellos ofrecían Valium.

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