La noche en que Constitución revivió el terremoto

La cinta de Sebastián Lelio sobre el 27/F se estrena el 31 de mayo. Antes, el director quiso mostrarla en la Región del Maule. Una promesa que hizo a la gente hace dos años, cuando rodó en medio del caos.

por Gabriela García
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Oiga tío, ¿eso que sale en las películas es sangre o puro kétchup?", le pregunta un niño a Luis Dubó, horas antes de que comience la función de El año del tigre, en la Plaza de Armas de Constitución. Dubó protagoniza la cinta de Sebastián Lelio (Navidad), que se rodó durante 12 días en la devastada Región del Maule, dos meses después de ocurrido el terremoto del 27 de febrero de 2010.

El filme se estrenó en el Festival de Locarno (Suiza) y llega a cines el 31 de mayo, pero antes Lelio quiso hacer una parada en el sur. "Esta es una película hecha en estado de emergencia. Implicaba meter ruido cuando todos estaban viviendo en carne viva las heridas de la catástrofe. Por suerte, la gente de Constitución, Iloca y Duao entendió nuestra vocación de dejar un documento. Era una promesa que la vieran primero", dice Lelio, mientras un telón inflable se levanta y unas 500 sillas al aire libre esperan a los espectadores.

Algunos de ellos, como la señora Eliana Peña, aparecen en el filme y han sido trasladados en un bus desde las zonas aledañas. "Yo nunca me suelto el moño. Pero luego de que Sebastián y Luis me invitaron a participar de la película, acepté hacerlo para la escena. La repetimos harto rato y hacía frío, pero ellos me daban tecito y me ponían frazadas. Así me convertí en actriz a los 75 años", expresa quien encarna a la madre del personaje de Dubó. El actor es Manuel, un preso que el día del sismo huye de la cárcel y va en busca de sus familiares. Encuentra a su madre muerta en el piso de una casa arrasada. Su mujer y su hija no están.

Dubó aborda un auto gris con el que recorre la Plaza de Armas. "Venga a sanar las heridas. Hoy a las 20 horas, proyección de El año del tigre", dice a la manera circense, a través de un megáfono. Han pasado dos años de la tragedia y las campanas de una iglesia de la comuna se agitan. Según los vecinos, ocurre cada vez que tiembla y hoy han sonado tres veces. Alguna gente apura el paso. Otra está tan acostumbrada a las réplicas que no hace caso. En la plaza canta un grupo de evangélicos. En las esquinas, donde alguna vez hubo ruinas, hoy sólo reina el vacío. "Lo que me impresionó al venir acá la primera vez fue el silencio. Había un silencio sepulcral, sólo interrumpido por el arrastre de escombros. No estaba el ruido de la voz humana que hoy está de vuelta", recuerda Lelio.

El director no vivió el terremoto en Chile. La primera señal que tuvo de la catástrofe se la dio el capitán del avión que lo traía desde Bélgica. El hombre anunció a los pasajeros que debían desviarse a Buenos Aires por un problema en el aeropuerto Arturo Merino Benítez. Pronto vería en las noticias que este lugar, así como gran parte del país, había quedado destruido.

Una de las historias que más le impactó a Lelio fue la que ocurrió con la Cárcel de Chillán. La pared lateral del penal cedió durante la madrugada del 27 de febrero y 219 reos arrancaron. "Luego supe que algunos volvieron por su propia voluntad. ¿Cómo tiene que ser afuera para que alguien decida volver? Esto y la imagen de un tigre del colapsado circo de las Montini, en Iloca, caminando sobre las ruinas, fue la que me hizo tomar la cámara y partir", dice.

No fue solo. Dubó y el coprotagonista del filme, Sergio Hernández, viajaron con él. Un guión preliminar de 15 páginas, que el director había escrito en conjunto con Gonzalo Maza, era el que aplicarían. El resto nacería de la propia realidad. "Todos los relatos de la película son cosas que escuchamos. Eso de que se rellenó el mar, de que el terremoto era un castigo de Dios, era parte de los diálogos de la gente. Sus pensamientos eran religión católica primitiva", dice Lelio.

Dubó lo confirma. "Había muchas historias. Recuerdo, por ejemplo, cuando le mostré a Sebastián una locación que era tan surrealista que no quedó en la película. Una habitación que estaba llena de huiros. Parecía ciencia ficción", afirma el actor que interpreta a "un hombre típico, callado y tranquilo, pero que a la vez es absolutamente capaz de ejecutar la brutalidad, con un felino guardado en su interior", agrega.

Oscurece en Constitución y unas 800 personas ya están sentadas frente al telón. Se abrazan, se toman la cabeza e identifican en la pantalla sus botes y esquinas. En el minuto 15 de la trama empieza a temblar y algunos lloran emocionados. "Nosotros perdimos todo, pero ahora somos una familia", le dice una señora a Dubó tras la función. El actor se quiebra. La abraza. Luego mira al niño y dice: "¿Ves que era pura salsa de tomate nomás?".

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