LA TERCERA EDICION IMPRESA | sábado 25 de febrero de 2012
Un ataque al frágil amor propio, la envidia, la injusticia de un cuerpo perfecto que lo tiene todo. Este domingo en la entrega del Oscar habrá dolor, pero también revancha: esa maliciosa sonrisa que cada quien se conoce. ¿De dónde viene el goce de ver famosos desfilar?
No es el gusto de mirar gente bonita porque es bonita y enaltece la experiencia estética. No es porque admiramos profundamente a las celebridades. No tiene nada que ver con un desfile de modas, excepto por esa pequeña molestia en la muela que son esas caras y cuerpos que ya se quisiera cualquiera. Es otra cosa. La alfombra roja, esa hoguera de vanidades por donde se pasearon la semana pasada los invitados a la gala del Festival de Viña y por donde este domingo desfilarán las estrellas de Hollywood en los premios de la Academia, es una combinación de sentimientos que la sicología y la neurología ha estudiado en los últimos años, y no son los más puros. La atracción, la envidia, el resentimiento, pero también un profundo grito de justicia.
Supongamos que usted está en una fiesta y entra una compañera o compañero de colegio que se parece un poco a usted, pero tiene dos margaritas que dibujan su cara, mide cinco centímetros más, tiene un trabajo en que gana 50% más, hijos que dan problemas tarde mal y nunca: es mejor que usted. Usted sabe. Y se aproxima en cámara lenta, con una sonrisa (margaritas) y, de pronto, un mal paso la traiciona (suponiendo que es mujer) y pisa, por error, la punta de su pollera, tropezando, con tal infortunio, que raja el vestido quedando expuesta su, ahora a la intemperie, ropa interior. Una sonrisa. Por lo menos nos da una inconfesable sonrisa. En la alfombra roja pasa lo mismo cuando Björk decide, por ejemplo, ponerse un vestido en el que el cuello de un cisne se enreda en el de ella. Otra sonrisa.
"Eso es schadenfreude", asegura sin vacilo a La Tercera el investigador del Departamento de Siquiatría de la Universidad de Kyoto, Japón, Hidehiko Takahashi. Lo escribe en alemán, por que schadenfreude es una emoción que no tiene traducción al japonés, ni al inglés y tampoco al español, probablemente por que es en sí un tabú (en suajili, lo que no se puede decir). Schadenfreude es, según Takahashi, parte de la naturaleza humana y describe el placer que siente una persona por el infortunio de otra, o el placer provocado por el dolor de otro.
Este placer puede ser muy satisfactorio, como han demostrado las investigaciones de Takahashi, que en 2002 publicó la prestigiosa revista científica Science. El infortunio de personas de alto estatus o exitosas activa un centro de recompensa en nuestro cerebro llamado estriado ventral, el mismo que regula el placer que se origina en las relaciones sociales y también en bienes materiales, como la comida o el dinero. Así, ver a Kenita Larraín mal vestida en la gala del Festival de Viña pudo haber sido tan placentero como encontrar plata en una chaqueta. Los estudios neurológicos de Takahashi también son pioneros en el descubrimiento de que las emociones sociales son para nuestro cerebro iguales al dolor físico, de lo que han derivado investigaciones que demuestran, por ejemplo, que un analgésico como el paracetamol ayuda en una pena de amor.
El sicólogo social australiano Norman Feather piensa que el principal gatillante no es la envidia, a diferencia de lo que cree Takahashi. La envidia es el sentimiento hermano y contrario al schadenfreude. Si la envidia es dolor, rabia, molestia por la buena fortuna de otro; schadenfreude es el placer, la dicha de que, ese mismo, no se salga con la suya. Pero para Feather es resentimiento, que es la molestia, el dolor porque el que no lo merece, el que no cumple con las normas, se salga con la suya. Y en esto, explica al teléfono quien es una eminencia en schadenfreude, participa el estatus por sobre cualquier otro terreno que defender. "Tenemos resentimiento por quien tienen un alto estatus social si nos parece que no lo merece, que no lo ha ganado justamente", dice Feather. Entonces nos torturamos por la comparación de estar mirando a personas lindas y exitosas caminar, pasearse con sus vestidos y cuerpos esculturales a la espera de que cometan un error, en este caso uno de etiqueta, de estatus, de buen gusto, un tajo que nazca innecesariamente en el ombligo y entonces schadenfreude, la sonrisa.
Joan Rivers, la comentarista del programa Fashion Police (Policía de la Moda) del canal E! ha convertido el humor por schadenfraude en la alfombra roja en uno de los programas más exitosos de la cadena estadounidense. Según explica Feather, esta es una emoción que es difícil de investigar, precisamente, por que la gente no la confiesa y el humor es una forma de cubrir este placer que produce liberándolo con una broma.
El humor es lo mismo que el schadenfreude, dice el doctor en filosofía y autor del libro Cuando le pasan cosas malas a otros (Routledge, 2000), John E. Portmann a La Tercera, pero apela a nuestro más profundo sentimiento de justicia: "Es nuestra sensación de justicia divina y, al mismo tiempo, un pecado", explica el también profesor de religión de la U. de Virginia. "Cuando vemos gente linda y rica proyectamos en ellos nuestros deseos", dice Portmann de codiciar piernas largas o una vida fácil, "pero, al mismo tiempo, pensamos que manejaríamos mejor que ellos la presión de la fama y cuando vemos que no les va muy bien lo interpretamos como equilibrio, justicia", explica.
Pero los famosos tienen todo a su favor. No sólo estamos constantemente comparándonos con ellos, lo que dificulta nuestra autoimagen, la alfombra misma los hace más atractivos. Diferentes estudios han comprobado cuánto más atractiva es una persona de rojo. Uno de las investigaciones más reveladoras es la que hicieron científicos de la Universidad de Rochester, en Nueva York, que comprobaron que se produce una atración a nivel neurológico en humanos. Una de las sorpresas del estudio no fue que hombres y mujeres pensaran que eran más atractivas las personas vestidas de rojo, sino que ese atractivo no estaba relacionado con el estatus, ni con el éxito, como pensaron los investigadores por ser un color históricamente vinculado al poder, sino que directamente sexual.
"Es curioso cómo funciona la simpatía en este caso. Muchos de estos famosos nos gustan o los queremos un poco, pero queremos que sufran. No mucho", dice Portmann. Pero vamos a querer más y nos vamos a burlar menos de las que sabemos que ya han tenido justicia. "Algunas celebridades saben hacernos sentir su sufrimiento, que sus vidas no han sido perfectas, que viven a dieta, que tienen desórdenes alimenticios, que sus matrimonios son terribles. Y es más fácil quererlos aunque sean muy lindos y muy ricos. Lady Di es un gran ejemplo en este caso. Queríamos que se viera siempre bien, siempre linda", explica Portmann.