Preparando el segundo tiempo

por Juan Ignacio Brito, periodista

ANTES DE de que se les aparezca marzo, los think tanks oficialistas han anunciado que el mes próximo organizarán un cónclave con ministros, parlamentarios y dirigentes de RN y la UDI. Objetivo: debatir la agenda de cara a los próximos comicios municipales y el segundo tiempo del gobierno.

Ahora que se acaba el recreo electoral del que ha gozado el gobierno en sus dos primeros años y se aproxima la etapa que marcará la manera en que será recordada la gestión del Presidente Sebastián Piñera, es crucial definir qué se hará, qué se dejará de hacer y qué se dejará a medio hacer para que otros lo terminen. Si se aspira a tener éxito, es necesario fijar prioridades, cuestión que no ha sido fácil con un Mandatario que, merced a una mezcla de entusiasmo y tozudez, insiste en avanzar en demasiados frentes, pese a que ello genera roces con sus aliados y a menudo alimenta expectativas desmedidas.

A diferencia de lo que ha ocurrido hasta hoy, la agenda debe ser limitada en sus objetivos y temas, de alto impacto social y consensuada al interior del oficialismo. Si la hoja de ruta no reúne estas características, es muy probable que luego del receso veraniego retornen las inconsistencias, las querellas internas y el desorden político que han caracterizado a este gobierno.

Una buena manera de aprender es mirar lo que le ha ocurrido a Nicolas Sarkozy en Francia. No es raro que Piñera haya visto en el jefe de Estado galo a un referente con el que, incluso como candidato, quiso reunirse. Tal como él, el mandatario francés parece carecer de una base doctrinaria firme, es hiperactivo, audaz, trabajólico, amigo de las frases hechas, omnipresente y contradictorio. Al igual que su colega chileno, Sarkozy no acepta que sus ministros tengan más protagonismo que él, lo que lo ha llevado a estar permanentemente en la primera línea y a ser más impopular que varios de ellos. De la misma forma que sucedió con Piñera, Sarkozy generó una revolución de expectativas, promoviendo un activismo estatal ("mejor Estado", en la versión chilena del fenómeno) que se ha quedado corto y no ha cumplido como se esperaba. Por último, Sarkozy y Piñera comparten otro rasgo crucial: son hombres prácticos que no muestran apego por las ideas, lo que los hace aptos para la pelea corta, pero inconsistentes y faltos de una visión ordenadora de largo plazo.

Sarkozy enfrenta una campaña muy dura en las presidenciales de abril-mayo próximos, al punto que incluso existe el peligro de que no logre superar la primera ronda. En Chile no hay reelección, pero Piñera se juega en los próximos dos años algo más permanente que una votación: su legado. Las mediocres administraciones de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet son evidencia de que los dos últimos años son claves para fijar el recuerdo sobre una gestión presidencial. Pese a todos sus problemas, hasta ahora Piñera exhibe mejores resultados que ellos en áreas clave, por lo que, si escoge bien las batallas que debe dar, afina la puntería, abandona el voluntarismo y ejerce un liderazgo realista, aprovechando las fortalezas propias y las de sus aliados, aún cuenta con tiempo para dejar una herencia significativa para el bien de Chile y sus ciudadanos.

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