"Ultras" lideran nuevas marchas en Egipto y recuerdan rol clave en caída de Mubarak

Los llamados "ultras" fueron decisivos en los días previos a la caída de Mubarak, hace un año.

por Ricard González (El Cairo)
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Los trágicos incidentes en el estadio de fútbol de Port Said, en el que murieron al menos 74 personas y cerca de un millar resultaron heridas, han servido para despertar el interés de los medios internacionales por el papel desempeñado por las barras bravas egipcias en la política del país y, sobre todo, en su Revolución. Mucho se ha escrito sobre los blogueros y de la importancia de Facebook en el derribo del régimen de Mubarak, pero la osadía de las barras bravas, o "ultras", como se les conoce en el país, merece también una mención especial. En concreto, las de los dos clubes más laureados del país: los "Ultras Ahlawy", del Ahly, y los "Caballeros Azules", del Zamalek.

Avezados en las técnicas de guerrilla urbana después de incontables escaramuzas en los estadios, los hinchas se situaron en la primera línea del frente en las duras batallas del pasado año en el centro de El Cairo. Fue gracias a su organización que los revolucionarios pudieron derrotar en las calles a las fuerzas de seguridad y ocupar Tahrir, desnudando el poder de Hosni Mubarak.

Atif Abdel Aziz, de 19 años, y cabeza rapada, responde al perfil habitual de un ultra. Nacido en un barrio pobre, no terminó secundaria y no tiene un empleo. "Yo soy un hombre libre, mi trabajo es el Ahly y la Revolución", comenta a La Tercera. El joven no se desplazó a Port Said para presenciar el funesto partido que enfrentó a su equipo con el Masry, pero sí lo hicieron sus amigos. Dos de ellos murieron.

"Esta masacre fue una venganza de la policía y del antiguo régimen. Pero no nos amedrentarán. No pararemos hasta hacer caer al gobierno militar", dice Abdel Aziz. De hecho, en los estadios, las barras bravas alternan los cánticos de apoyo a los jugadores con otros despectivos hacia la Junta Militar. Entre los gritos más populares figuran el "Tantawi [el presidente de la Junta] es como Mubarak. Tu turno será el siguiente".

Sin embargo, este furor por el activismo político no tiene una larga tradición entre las barras bravas. Al menos en los últimos años. Hasta el estallido de la Revolución, los hinchas más fanáticos estaban sólo ocupados en apoyar a sus equipos, enzarzarse en peleas con sus adversarios y, sobre todo, con la policía. Fue sólo en enero del año pasado que los "ultras" redirigieron su inquina por las fuerzas del orden hacia la cúpula de un sistema político "corrupto" que "asfixia a la juventud".

Al igual que en otros sectores de la sociedad, la dictadura de Mubarak pretendía controlar unas organizaciones tan amplias y populares como las barras bravas de los clubes de fútbol, el deporte rey en Egipto. Según el periodista Karim Alrawy, en 2004 un grupo de jóvenes decidió desafiar a las autoridades y creó una nueva barra brava, los "Ultras Ahlawy", cuya membresía era secreta. "Ni cristiano, ni musulmán, soy un ultra del Ahly", era su mantra, toda una declaración de principios en un país tan conservador como Egipto. La política era entonces un ámbito muy lejano en las preocupaciones de aquellos jóvenes.

Lo mismo sucedía con las barras bravas de los otros clubes. El régimen no permitía ningún tipo de expresión de oposición a su gobierno. Y los odios entre equipos respondía más bien a cuestiones deportivas, o como mucho rivalidades regionales. Sin embargo, hubo un tiempo que el fútbol sí tenía un fuerte componente político: antes de la Revolución del año 1952, la liderada por Nasser.

En el turbulento período entre los años 1919 y 1952, marcado por las ansias de independencia del movimiento nacionalista egipcio, el fútbol adoptó unas fuertes connotaciones políticas. Los equipos se dividían en torno al mismo eje que fracturaba la sociedad: egipcios frente a extranjeros, estos solían apoyar la administración colonial del país. Tras la Revolución de Nasser, y el progresivo éxodo de las comunidades foráneas, los equipos experimentaron un proceso de "nacionalización". No obstante, el Zamalek aún ha conservado un cierto aire elitista, frente al cariz más populista del Ahly.

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