La ciudad de los ciudadanos

por Mathias Klotz, Decano Facultad de Arquitectura, UDP y Genaro Cuadros, Director Laboratorio Ciudad y Territorio, UDP

NO SOLO es un simple alcance de palabras que ciudad y ciudadanía tengan una raíz común, ya que la polis es el lugar de lo político. A una determinada calidad de la política, igual calidad de la polis y viceversa. Entonces, nuestras ciudades dicen mucho de lo que somos capaces como sociedad y de la cultura de sus habitantes. Miserias y monumentos son fruto de una producción del territorio desigual y heterogénea, pero finalmente colectiva, donde la calidad de la ciudad radica en la calidad de los instrumentos, mecanismos y políticas que producen el hábitat y regulan su convivencia. No es extraño que la calidad de las ciudades en sociedades complejas y sofisticadas sea acorde a su nivel de desarrollo.
 Desgraciadamente, en Chile se ha vuelto una costumbre de cada mandatario dejar su legado en forma de obras públicas. Mitterrand es el paradigma contemporáneo que deslumbró a varios de los presidentes anteriores, reduciendo este afán a un cosismo disperso sin un plan integral de las ciudades y su territorio. Al parecer, este gobierno no será la excepción, y hoy, transcurridos dos años de gestión y considerando que el terremoto fue señalado como una oportunidad no sólo para reconstruir lo existente, sino "para alcanzar un estándar superior", es necesario revisar lo realizado y conocer lo que se ha venido anunciando como Legado Bicentenario.
 Aún resuenan los anuncios de innovar en la relación público-privada con proyectos como los planes de reconstrucción hoy desperfilados por su baja inversión; el Mapocho Navegable transformado en laguna y perdiendo la oportunidad de integrar el río en las comunas a través de un proyecto metropolitano; la confusión entre repartir subsidios y entregar casas. A esto se suma el retraso en la realización de la consulta ciudadana y elaboración de la nueva Política Nacional de Desarrollo Urbano anunciada por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo hace meses, y que bien podría llenar el vacío que dejaron gobiernos anteriores.
 Ahora, un equipo presidencial propone un plan de más obras emblemáticas, entre ellas el proyecto del Barrio Cívico. Sin embargo, y por sobre esto, al gobierno le cabe un rol determinante en la calidad de vida y gestión de las urbes, pues fija a través de sus obras y políticas los estándares y oportunidades que éstas ofrecen; así también debe garantizar un diálogo plural y transparente sobre su futuro, arbitrando actores e intereses con los cambios sociales, económicos y ambientales.
El realizar obras dispersas, nuevamente sin la apropiación de la ciudadanía, parece un enfoque decimonónico: al Estado le corresponde liderar una discusión amplia sobre la calidad de las ciudades, objeto cada vez más de tensiones, proyecciones y deseos, así como de críticas, descontentos y conflictos.
El legado presidencial que Chile requiere es un debate nacional sobre las ciudades que queremos y qué rol le cabe a cada uno en ese empeño. El Presidente se arriesga a perder la oportunidad -al igual que en educación- de convertir esta agenda urbana en una política pública de Estado. Por eso, parece más apropiado hablar de la ciudad de los ciudadanos, lo que necesitamos es un proyecto de ciudad compartido, no una colección de postales.

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