Santa indignación

por Cristián del Campo SJ, capellán Un Techo Para Chile

MENOS MAL que ahora pudimos conocer un nuevo instructivo sobre las nanas en Chicureo, esta vez de un condominio. En este lugar, las asesoras del hogar, jardineros y obreros no pueden entrar a pie al condominio, para evitar que "cometan robos o entreguen información relevante acerca de la privacidad de otros vecinos del condominio mientras se dirijan a la casa donde dicen trabajar". Parece mentira, pero es la triste verdad. Menos mal que ahora nos enteramos de este segundo caso, porque si no corríamos el riesgo de creer que la infame normativa del Club de Golf que conocimos hace un par de semanas era algo aislado y hasta casi pintoresco. Y ciertamente, no lo es.

La realidad de la discriminación en Chile es triste e indignante. Triste especialmente por los que la sufren. Pero también enfurece que haya gente que pueda crear, aceptar y convivir con ese tipo de normativas. No hay que apuntar farisaicamente a los socios del Club de Golf o a los habitantes del condominio tal o cual de Chicureo o de cualquier otro lugar, porque el fenómeno es bastante más extendido y está mucho más arraigado en los prejuicios y costumbres que bebimos con la leche materna y que seguimos cultivando todos los días. Que las "nanas" deban llevar delantal cuando acompañan a la playa a los patrones o cuando van a misa a cuidar a los niños, no ocurre sólo con las que trabajan en Chicureo.

Que las críticas se hayan multiplicado y la condena haya sido -casi- unánime es una muy buena noticia. Es evidencia de que hoy la sociedad está defendiendo con fuerza ciertos valores de nuestra convivencia que son fundamentales, lo que resulta ser un signo esperanzador de maduración y de desarrollo moral colectivo. A una creciente porción de la ciudadanía no le son indiferentes los abusos de poder, las ofensas contra la dignidad de las personas, el trato injusto con quienes pertenecen a nuestros pueblos originarios o que inmigran a nuestro país, o que viven en tal o cual comuna o que desempeñan este o aquel oficio. Y pedirán cuenta, con razón, a aquellos que viviendo en esta tierra quieran seguir dando un trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc. (lo que la RAE define como "discriminación").

Pero no es todo. Si los valores fundamentales de nuestra sociedad deben ser respetados por todos los que vivimos en ella, también para todo el que se considere un creyente cristiano este tipo de actitudes y acciones deben ser contrastadas con los valores del Evangelio. Porque si ya es un pecado no respetar el valor universal de la igualdad de todo ser humano, es doble falta cuando nuestra agresión va en contra de los más sencillos. Para los que creemos en Jesucristo, ellos, los que tienen rostro de mapuche, de inmigrantes, de presos, de enfermos, de niños, de pobres… de nanas, de obreros y de jardineros, son sus predilectos y, por tanto, nos exigen un trato preferencial. No se puede ser cristiano de otra manera. Y cada uno de nosotros, con humildad y arrepentimiento, debe pedir perdón por cada una de las veces que, ofendiendo y humillando a nuestros hermanos más sencillos, no hemos vivido a la altura de nuestra vocación cristiana.

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