LA TERCERA EDICION IMPRESA | sábado 07 de enero de 2012
Hasta ahora, los científicos creían que los cambios hormonales cruciales se daban sólo en la adolescencia, pero nuevos estudios señalan que a los siete años se produce una transformación tan grande en los niños, que modela su cerebro y con ello, su comportamiento: desde ese momento, son capaces de asumir responsabilidades "de grande". El problema es que no se les da la oportunidad.
CUANDO cumplían siete años, a los niños Tuareg, en el Sahara, se les entregaba una cabra para que la cuidaran. Aunque para la comunidad el animal era esencialmente una mascota, el hecho era relevante: el niño debía asumir, desde ese momento y frente a todos, la responsabilidad de lo que le pasara a su cabra. En el caso de la tribu Berber, en Africa, a la misma edad los niños recibían por primera vez ropa interior y una pequeña gorra para cubrir sus cabezas.
Rituales como estos no hacían otra cosa que marcar simbólicamente un hecho clave: a los siete años, los niños comenzaban a cambiar y a ser capaces de asumir responsabilidades "de grande". Pero lo más probable es que ni usted ni sus papás o incluso sus abuelos hayan escuchado sobre esto. Nada de raro, porque nuestra cultura se las ha arreglado para pasar completamente por alto esta transición y, sobre todo en las últimas décadas, hacer cada vez más invisibles los cambios que acompañan esta edad. Para nosotros, un niño, sea de seis años o de 10, sigue siendo más o menos el mismo niño.
Pero no lo es. Y lo que la ciencia ahora comprueba es que esos rituales de culturas ancestrales no se realizaban sólo para apurar el paso a la adultez de personas que, hasta el siglo XVIII, vivían apenas hasta los 30 años. Lo que las investigaciones están demostrando es que los siete años son una edad crucial, una etapa en que se produce un cambio biológico tan significativo, que casi puede compararse con el de la adolescencia.
Realmente cambian
Tal vez lo notó en sus hijos, pero no le dio mayor importancia o asumió que era parte del obvio desarrollo que viene con la edad. Justo a los siete años, la misma niña que antes solía jugar con hombres y mujeres por igual, de un momento a otro, comenzó a creerse princesa y sólo compartía con otras niñas. Los niños dejaron de jugar solos y comenzaron a preferir los grupos grandes de varones, interesados por la pelota o los juegos de fuerza. Todos, por igual, se volvieron una pequeña pesadilla, pues comenzó su pelea por la independencia, ya que se sentían capaces de hacer muchas más cosas por su cuenta. Eso sí, también trajeron un suspiro de alivio, porque podían controlar su comportamiento frente a los desconocidos.
Detrás de este cambio de comportamiento hay un poderoso fenómeno evolutivo. Ya a los seis años, el 90% del cerebro está desarrollado, lo que incrementa enormemente la capacidad de razonar de los niños, incluso si se compara con la de sólo un año atrás. Pero lo más importante son las hormonas, que modifican la forma en que funciona el cerebro infantil y lo hacen reaccionar de manera muy diferente desde los seis, pero con mayor fuerza desde los siete años.
Eso es lo que plantea el doctor en antropología biológica y profesor de Antropología de la Universidad de Wisconsin-Milwaukee, Benjamin Campbell, en un reciente especial de la publicación científica Human Nature dedicado a la "mediana infancia".
El especialista explica a La Tercera que a los siete años comienza un aumento de los niveles de dehidroepiandrosterona, también llamada DHEA, en la sangre. Se trata de una prohormona que, a esta edad, es la responsable de la producción de los andrógenos y estrógenos, hormonas masculinas y femeninas, y que en la adolescencia harán la diferencia final en el desarrollo de hombres y mujeres.
Si bien a los siete años, la DHEA es responsable de las pequeñas diferenciaciones sexuales que hacen que los niños quieran estar con otros niños y las niñas con las niñas, el rol más importante que cumple se relaciona con la regulación de los niveles de glucosa. Este hidrato de carbono es la principal fuente de energía para todos los procesos del cuerpo, desde caminar hasta tomar decisiones.
La DHEA, al aumentar, disminuye los niveles de glucosa en el organismo durante este período, lo que hace que todos los órganos dispongan de menos cantidad de energía. Esto incluye al cerebro. Pero en éste ocurre algo sumamente complejo, que aún no ha sido plenamente explicado por la ciencia, debido a lo reciente del descubrimiento. Si bien este órgano dispone, en general, de menos glucosa, hay tres áreas en las que el nivel de energía permanece estable, haciendo que, comparativamente, en ellas se desarrollen más conexiones neuronales que en el resto del cerebro. Estas son la ínsula, el tálamo y la corteza cingulada anterior.
Esto, para Campbell, es lo que explica la aparición de otro tipo de actitudes en los niños en este período. "Los niños disminuyen sus niveles de inquietud y se vuelven más reflexivos a la hora de actuar, lo que permite que tengan más opinión, que puedan identificar lo que les gusta y lo que no, y hacerse más preguntas", comenta Elías Arab, siquiatra infanto juvenil de la Clínica Las Condes. Algo estrechamente vinculado a las funciones de la corteza cingulada anterior, relacionadas con la atención y el control del sistema nervioso autónomo.
Lo mismo pasa con el desarrollo del tálamo y la característica que le atribuye a esta edad el sicólogo infanto juvenil de la UDP, Ladislao Lira: "los niños necesitan razones y respuestas lógicas para las órdenes, por lo que disminuye la sumisión". El tálamo es, precisamente, el responsable de la integración sensorial, es decir, de todo lo que viene "de afuera" y que hace que los niños dejen de considerar a sus padres como el único y más importante referente.
Tan evidente es este "gallito" por ganar más independencia y tomar decisiones propias, que el sicólogo de la Universidad de Turín, en Italia, y experto en Desarrollo Humano, Marco del Giudice, señala a La Tercera que incluso es común que a esta edad los niños cambien sus preferencias de comida y que comiencen a ganar habilidades que siempre se pensó que se desarrollaban recién en la adolescencia. Es una etapa de profunda evaluación, dice: "No sólo comienzan a desplegar su propia personalidad ante sus pares, también reciben un importante feedback respecto de su éxito social. ¿Son atractivos para sus amigos (y, en un futuro, como parejas románticas)? ¿Son capaces de hacer cosas que resulten valiosas para otros niños y adultos? ¿Son capaces de ganar estatus social? ¿Tienen pocas o muchas herramientas sociales?".
Probablemente criar cabras ya no sea lo más conveniente, pero una de las conclusiones más significativas de todos estos hallazgos es que a esta edad los niños son perfectamente capaces de asumir un amplio rango de responsabilidades. Y deben hacerlo.
Infancia eterna
"Durante las últimas décadas, la sociedad se ha enfocado en la continuidad de la infancia, donde poco cambia, lo que se nota en el lenguaje que usamos con los niños, la forma en que los vestimos y los juegos que les asignamos", dice a La Tercera el experto en antropología de la "mediana infancia" (entre los seis y los 12 años) de la Universidad Estatal de Utah, David Lancy. El investigador es un crítico de las consecuencias que han provocado los padres sobreprotectores, que no dejan que sus hijos crezcan y se hagan cargo de sus actos. Efectos tan grandes, que han borrado casi completamente la transición de los siete años, que ya puede ser considerada como una "edad olvidada".
"La preocupación exagerada por la felicidad de los niños es una idea reciente que parece estar creciendo rápidamente (…). No sugiero que los niños se desarrollen mejor en un estado de miseria, pero nuestra presunción de que su estado natural es uno de continua felicidad y que cualquier desviación de este estado requiere una solución, nos ha llevado a una serie de consecuencias no deseadas, pero dañinas", dice en su blog de la revista Psychology Today.
Otros expertos, como Marco del Giudice, invocan a la naturaleza para señalar que estamos malcriando a los niños. Según el especialista, la "mediana infancia" puede ser vista como la versión humana de la llamada 'juventud' en otros mamíferos y primates. "Esta es una etapa del desarrollo en que los jóvenes ya no dependen de sus padres para sobrevivir, pero todavía no son sexualmente maduros. Por supuesto, los niños humanos siguen siendo dependientes por un largo tiempo, pero a los siete años ya tienen las habilidades básicas de supervivencia y pueden escapar del peligro, encontrar y preparar comida y realizar algunas simples tareas 'adultas'".
Una de las razones por las que estas habilidades deben ser desarrolladas justo a esta edad, recae en que la capacidad de los niños para adoptar responsabilidades no permanece mucho tiempo, y si no se les exige en esta etapa, quizás no la desarrollen nunca.
Según los estudios, desde una edad tan temprana como los 18 meses, los niños se ofrecen para hacer pequeñas tareas. En su blog, David Lancy dice que desde ese momento "ayudan espontánea y rápidamente a los adultos en la mayoría de las tareas que realizan. Más aún, los niños acompañan esta ayuda de verbalizaciones relevantes y de evidencia de que conocen los objetivos de las tareas". Sin embargo, esa buena voluntad no dura para siempre. A los ocho años, dice Lancy, "la puerta suele cerrarse". ¿Por qué? El investigador responde: "Los niños han sido condicionados para recibir atención, no para darla. Ya no se preocupan por encajar o por participar de relaciones recíprocas con sus padres. Pueden, correctamente, asumir que ese cuidado constante estará disponible sin importar cuán poco esfuerzo hagan por ayudar".