Los 4 Fantásticos: el medio siglo de un cómic revolucionario

Llegaron sin identidades secretas y con un monstruo que habla slang neoyorquino.

por Rafael Valle
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Todo partió en un campo de golf, donde Martin Goodman, el dueño de una pequeña editorial que sobrevivía a duras penas publicando historietas de vaqueros, de ciencia-ficción y de romances, se topó en un día de descanso con los mandamases de National Periodical Publications, el gigante que editaba las revistas de Superman y Batman. Entre hoyo y hoyo, los tipos se jactaron de lo bien que estaba vendiendo su más reciente invento: la Liga de la Justicia de América, que juntaba a varios de sus superhombres disfrazados en un mismo título.

Los 4 Fantásticos, que debutaron en los kioscos de Estados Unidos en noviembre de 1961, nacen entonces del copy paste, del indisimulado afán de Goodman y su empresa Marvel Comics de replicar una fórmula exitosa. Si los niños quieren pandillas de superhéroes, démosle una nueva. Así que el guionista Stan Lee y el dibujante Jack Kirby, que hacían la mayor parte de las historietas de la casa, se pusieron manos a la obra. Y aunque la premisa original no era nada del otro mundo -cuatro astronautas obtienen poderes tras exponerse a radiaciones del espacio en un vuelo experimental-, sí fue el trampolín para que la dupla Lee-Kirby nadara contra la corriente, lo diera vuelta todo y tirara por la ventana varios clichés del género.

De partida, estos personajes no tendrían identidades secretas y -al menos inicialmente- no usarían disfraces. El jefe del grupo, Reed Richards, que podía estirar su cuerpo como un elástico, no era un atleta de veintitantos, sino un tipo que peinaba canas y fumaba pipa. Aquí no había amores escondidos ni prendidos del alter ego oculto, y la chica del equipo -Susan Storm, la Chica Invisible- era derechamente la novia del líder y pronto sería su esposa. Su hermano, Johnny Storm -la Antorcha Humana-, era el adolescente del cuarteto, pero más cercano al formato rebelde sin causa que al compañerito simpático, al aprendiz pecoso de los cómics.

La guinda de la torta sería el personaje más extraño que se hubiese visto en una serie de superhéroes. El piloto Benjamin Grimm se había convertido en una horrible criatura de piedra, en La Cosa. Esta vez el monstruo no militaba en las fuerzas del mal, y su presencia recordaba una y otra vez que aquí se vivía un drama: el de un hombre atrapado en un cuerpo grotesco por una mala jugarreta del destino.

Super humanos

Los 4 Fantásticos fueron un éxito inmediato, y de pronto los cómics de la competencia parecieron caducos y tontorrones. Los lectores pidieron disfraces y Lee aceptó dárselos "para demostrar que debajo de sus botas de colores estos tipos tenían los pies de barro". Cierto, aquí había viajes por el espacio, aventuras exóticas y encuentros con villanos delirantes, pero en las pausas, Richards y sus amigos -que vivían juntos, como una familia- discutían, se peleaban, se mostraban débiles, conflictuados.

Antes de Dylan, el guionista supo captar que los tiempos estaban cambiando y que había que ponerle pantalones largos al género. Su olfato le dijo además que no sólo los niños leían historietas, sino también los adultos, y que era momento de poner un pie en el mundo real. Adiós Metrópolis, adiós Ciudad Gótica; las historias transcurrían ahora en Nueva York, y Ben Grimm, un judío nacido en la zona más pobre de Manhattan, hablaba y maldecía usando el slang.

Y las cosas por su nombre: Lee no hubiese podido iniciar su revolución sin la ayuda de Kirby, artista de imaginación desbocada y que le dio a sus viñetas una energía inédita en sus dinámicas batallas, sus maquinarias y tecnologías imposibles, sus criaturas fabulosas. Juntos inventaron el denominado 'método Marvel', el equivalente en los cómics a lo que Henry Ford hizo con la producción industrial en masa: nada de guiones escritos; ambos hablaban la idea general de un capítulo: Kirby hacía los dibujos agregando uno que otro detalle y Lee ponía al final los diálogos.

La sinergia permitió trabajar rápido en este y los otros títulos (Thor, Iron Man, X-Men) de una Marvel Comics que empezó a crecer y a crecer, y a elaborar historias de complejidad creciente en lo estético y lo argumental.

Los 4 Fantásticos se topaban con una raza extraterrestre que vivía oculta en los Himalaya; viajaban por la tenebrosa dimensión paralela conocida como la Zona Negativa; Ben Grimm encontraba el amor de una chica ciega; se cruzaban con un Mesías cósmico y, en una de sus mejores sagas, con el mismísimo Galactus, una entidad cósmica que se alimenta de la energía de los planetas, como una fuerza natural ubicada más allá del bien y del mal.

Con el transcurso de las décadas la disfuncional familia ha vivido de todo: llegadas de hijos, conflictos matrimoniales, separaciones y muertes de integrantes (actualmente el estatus de la Antorcha Humana es el de fallecido). Lo justo es decir que lo mejor de su historial sigue siendo el centenar de números firmados por Lee y Kirby, que terminaron su sociedad a principios de los 70, peleándose por los méritos creativos de cada uno. En un final demasiado humano, quizás perfectamente acorde con los principios de su fantástica revolución.

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