Indignados con los políticos

por Andrés Benítez, ingeniero comercial
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NO HAY NADA que hacer. Los políticos parecen decididos a seguir dando espectáculo. Al escenario de crisis terminal en que está la Concertación, esta semana se subió la Alianza. Renovación Nacional, haciendo pública una profunda división interna; la UDI, provocando un debate estéril producto de las declaraciones del ministro Longueira acerca del impuesto a los combustibles.
Todo esto sucede cuando mes a mes las encuestas dan cuenta de la caída abismante en el prestigio de toda la clase política, con índices de desaprobación que incluso superan los del gobierno, lo que ya es bastante decir. Pero nuestros dirigentes no parecen entender el mensaje. Es más, atribuyen el descontento a una suerte de crisis general que vive el país, algo que denominan el agotamiento del modelo político y económico que ha regido a Chile en los últimos años.
Pero ese argumento es desmentido por las propias encuestas. Porque si bien estas muestran una fuerte desaprobación a los partidos, el Congreso y el gobierno, también dan cuenta de otro Chile. Uno mucho más contento, más realizado, con menos problemas. Feliz, en pocas palabras. Esto es evidente en la última encuesta CEP. Porque la misma gente que critica a las instituciones, tiene una opinión muy distinta de su vida personal.
Por ejemplo, el 69% está satisfecho con el lugar donde vive; el 67%, con su trabajo; el 89%, con la relación que tiene con sus hijos. Incluso, el 50% está contento con su situación financiera. Todo esto hace que al final del día, un 77% de la gente se declare satisfecha con su vida en general. Y, lo más paradójico, es que el grado de satisfacción aumenta en forma significativa, en algunos casos, respecto de la última medición que realizó el CEP el año 1995, donde, por ejemplo, sólo el 62% se manifestaba satisfecho con su vida en general. En otras palabras, en estos 15 años, hay mucho más gente contenta con aspectos básicos de su vida.
Incluso, en temas tan sensibles como la educación, la misma encuesta presenta una realidad bastante más auspiciosa. Sólo el 28% opina que la calidad de ésta ha empeorado en los últimos 10 años y la gran mayoría -un 76%- le pone nota sobre cuatro al nivel de la enseñanza.
En definitiva, los datos nos muestran que la gente está muy disconforme con el gobierno y los políticos, pero no con el país, ni con su vida. Por el contrario, están bastante contentos en lo privado. Por ende, aquí no estamos hablando de un fracaso del modelo, ni lo que se necesita es un cambio estructural a todo nivel. Por el contrario, la indignación chilena tiene nombre y apellido: la clase dirigente. Por ello, lo que se requiere  no es cambiar todo. Y si bien hay mucho que mejorar, lo que pide la gente es esencialmente un cambio de actitud de los políticos. Que sean capaces de solucionar los conflictos, de ponerse de acuerdo, de encausar las discusiones y no ser, como sucede ahora, parte esencial del problema.
Culpar al pasado es simplemente una excusa de los actuales líderes para quitarse responsabilidad sobre el presente. Nadie les está pasando la cuenta por lo que se hizo o no se hizo antes. La cuenta es por lo que están haciendo ahora. La solución, entonces, no es cambiar el país. Es que cambien ellos. Que se pongan a la altura del país que viven.

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