LA TERCERA EDICION IMPRESA | jueves 29 de septiembre de 2011
AHORA QUE asoma en el horizonte el debate acerca de las candidaturas presidenciales, las miradas se dirigen a las encuestas para saber quiénes están mejor ubicados. Sin embargo, aunque constituye un requisito clave que un candidato sea competitivo y entregue opciones de triunfo a su sector, resulta crucial no descartar un aspecto que, pese a ser evidente, muchas veces se olvida: los aspirantes a llegar a La Moneda deben entregar garantías de que pueden gobernar con autoridad y eficiencia. Esto implica no concentrar toda la atención en los sondeos de opinión, sino considerar también las convicciones y la trayectoria de los eventuales abanderados.
Al escoger candidatos para cargos de elección popular, las cúpulas partidistas tienden a priorizar casi exclusivamente las posibilidades de triunfo, preocupándoles la calidad de la gestión en la medida en que ésta permita retener o ampliar los cupos obtenidos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que lo que les sirve a los partidos y bloques políticos no necesariamente es lo más conveniente para el país, y que el candidato que más promete no siempre es el mejor.
Por esta razón, la opinión pública debe demandar otros requisitos, prestándoles apenas una escéptica atención a las promesas y la propaganda electoral. Una sana cuota de desconfianza, por ejemplo, habría servido para desentrañar la verdadera naturaleza de los Grupos Tantauco que promovió la candidatura de Sebastián Piñera. Hoy sabemos que éstos no fueron la máquina de planes e iniciativas detalladas que se nos quiso hacer creer, sino, a lo más, una instancia de diálogo que condujo a poco y nada concreto.
La experiencia de 2010 debe servir de lección para subir la exigencia. En este sentido, la trayectoria es el mejor predictor: estudiar lo que ha hecho un candidato es útil para aventurar cómo se comportará y qué principios aplicará en caso de ganar, porque la solidez de sus convicciones se conoce sabiendo cómo ha llevado a la práctica las ideas que predica.
Si este ejercicio se hubiese realizado en 2010, la campaña habría sido muy distinta. Hoy sabemos que lo verdaderamente relevante de Piñera no radicaba en la excelencia que prometió y que le permitió ganar, sino más bien en su trayectoria como empresario con gran olfato para identificar en su favor los vaivenes de las finanzas, y en su carrera política, igualmente caracterizada por apostar ante las oportunidades. Hubiera sido útil en esa ocasión dar una mirada crítica a las virtudes que lo convirtieron en empresario y político exitoso.
La experiencia muestra que, pese a la enorme exposición mediática y la atención de las que son objeto, a menudo los candidatos son unos perfectos desconocidos que, para bien o mal, revelan sus verdaderas cualidades recién cuando ocupan el cargo. En Chile, donde los candidatos son, como diría Churchill, "un acertijo envuelto de misterio dentro de un enigma", las campañas y los períodos como el actual tienen que servir para realizar un escrutinio concienzudo que ayude a despejar dudas en torno a las reales capacidades y convicciones de quienes pretenden llegar a La Moneda.