La huella de Felipe Camiroaga en Chicureo

Lo vieron por años pasar en auto y a caballo. Pero los vecinos de Lo Arcaya lloran como si hubiera partido un cercano. El sector de Chicureo donde vivía está de luto y el Municipio quiere ponerle su nombre a un centro cultural.

por Mauricio Jürgensen
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Dice que llegaba todos los días como a las nueve de la mañana y que no se iba hasta pasadas las seis de la tarde. Que se daba vueltas y vueltas, haciéndose la lesa, mirando cada auto que salía del fundo Santa Isabel cuando se abría el portón eléctrico. Primero se hizo pasar por compradora de un sitio, y después como nana de una de las cinco casas del condominio. "Era una chiquilla joven, como de unos 20 años, pero estaba como obsesionada con él", cuenta "Adela, vecina vieja" de Lo Arcaya", según se identifica, y que resume el cuento con una propiedad casi familiar, como si de verdad le hubieran estado molestando a uno de los suyos: "Jodió tanto, que al final tuvimos que llamar a Carabineros para que la asustara y dejara de molestarlo. Ya estábamos aburridos, ya".

Quizás Felipe Camiroaga nunca se enteró de la singular acosadora que hace un par de años anduvo tentando la suerte cerca de la casa en Chicureo a la que llegó en 1996. Pero esa es una de las tantas historias que hoy cuentan sus vecinos del barrio, los mismos que lo veían pasear arriba de su caballo los fines de semana, salir temprano rumbo al canal o bromear con las escolares que esperan la micro que va a Colina y que pasa justo en la esquina de su casa. "La semana pasada yo estaba con un amigo en el paradero y venía saliendo Felipe en un auto descapotable y nos dijo: 'Ya pos chiquillos, córtenla con el pololeo y váyanse a estudiar'", cuenta Elena Valenzuela, de 16 años, y que hoy vino con ropa de colegio y la misma autoridad que otorga la localía a "ordenarle un poco las velas y los carteles, porque la gente que viene de afuera deja todo desordenado y le da lo mismo, pero a nosotros no. Hay que tenerle lindo esto a Felipe".

La puerta de la casa de Camiroaga en Lo Arcaya se ha convertido en una suerte de ruta de peregrinaje criolla, repleta de estampitas, carteles escritos a mano, recortes del diario, globos y velas de distintos colores. La situación llegó a un punto particularmente alto el viernes en la noche, luego de que anunciara que se habían identificado los restos del animador, lo que hizo que cientos de personas se reunirán para una "velatón" en el lugar. Hasta Carabineros decidió poner un "punto fijo" para vigilar a los curiosos y atajar a los más osados que quieren llegar hasta la mítica casa del conductor, esa que terminó de reconstruir en mayo (después del incendio que la consumió en febrero) y que era una de las dos que tenía Camiroaga en el sector. La otra, "la casa de sus sueños", según cuenta Jamie Nilo, uno de los que trabaja en el fundo "haciendo cercos", estaba en Las Brisas, un condominio donde Camiroaga compró este año, según confirman en el Municipio de Colina.

La muerte del animador de Buenos días a todos, esa que aquí parece haber golpeado más fuerte que en ningún otro lugar, es el único tema de conversación en Lo Arcaya y alrededores. Basta con que se estacione un auto con tres personas adentro o que aparezca una libreta o una grabadora, para que se acerquen todos a decir cómo se sienten y contar historias que no hablan de una particular cercanía con Camiroaga, pero sí de un cariño entrañable. Cuentos de aventones en días de lluvia, de comidas en El Establo y de chiquillas del barrio que le calculaban la hora de regreso a casa para corearle "mijito rico".

En menos de media hora llega una familia de Puente Alto, seis corredoras de propiedades que tienen una oficina en Chicureo, dos choferes de un camión repartidor de gas y un actuario judicial, que anda por la zona para notificar a un vecino acusado de robarse un caballo, y que aprovechó el viaje para ver "el altar" de Camiroaga. Claudina Quiroz es la dueña del almacén Los Ingleses, que está a media cuadra del portón que se ha convertido desde el viernes en sitio de procesión, y reporta que durante el fin de semana se le acabaron las velas y la cartulina que habitualmente vende en dos meses. "Es una cosa increíble, si hasta tuve que ir a comprar más a Santiago", explica una de las 150 vecinas que aceptó firmar un petición para que una de las calles del sector, la misma que llega hasta el fundo, sea rebautizada con el nombre del animador.

Ese fue un trámite que surgió espontáneamente durante el fin de semana en que se confirmó la muerte de la figura de TVN, pero que a juzgar por el alcalde de Colina, Mario Olavarría, es "casi innecesario, porque eso lo vamos a hacer de todos modos". "Felipe era nuestro vecino más ilustre", dice, "siempre dispuesto a ayudarnos en actividades y que, incluso, para las Fiestas Patrias nos prestaba algunos de sus animales, como los halcones, para exponerlos en la plaza de Colina. Por eso, creo que una calle se hace poco para él. Estamos pensando en una avenida que estamos terminando y, además, en ponerle su nombre al centro cultural que estamos por inaugurar en la iglesia vieja de Colina. Estoy seguro de que nadie se va a oponer a eso".

María José Cortés es una veinteañera que también vive en Lo Arcaya y que organizó a pulso, junto a su pololo Diego, la velatón del lunes a la que asistieron unas 150 personas. Fueron puerta por puerta hablando con los vecinos y lograron convencer "hasta a los más viejos" para que fueran con velas hasta el portón del fundo donde vivía el llamado "halcón de Chicureo". Incluso, a partir de ese eslogan, son varios los que creen que hay una deuda con Camiroaga. "Hizo que se hablara de Chicureo, que este lugar llamara la atención", dice Rosita, que trabaja como nana en una de las casas del sector y que propone un monolito "con su carita".

Ese día de la velatón, Julio Lizana llegó tarde como para sumarse a la ceremonia, pero fue su hija "en representación de la familia". "Yo le vendía los conejos a Felipe. Se los vendía vivos, a luca cada uno. Eran para sus halcones, no ve que los halcones no comen conejos muertos. A ellos les gusta cazar", cuenta un hombre que, como gran anécdota, recuerda el día en que, apurado por un encargo de su patrón, abrió la puerta de su camioneta y pasó a llevar a Camiroaga que estaba estacionado al lado de él. "Me dijo 'déle jefe no más, no se preocupe que no me pasó nada'", cuenta con la mirada triste y atesorando una historia sencilla, casi doméstica, como muchas de las que cuentan en Chicureo y que asoman como si fueran valiosos testimonios.

Su hija Alejandra es la presidenta de la Junta de Vecinos de Lo Arcaya, "de los ricos y de los pobres", apunta, y confiesa que esta semana le ha costado dormir y que anda triste "como todo el pueblo". Adopta un tono solemne para explicar que la tragedia fue por culpa "de la farándula" y de "la envidia que le tenían" y ofrece una suerte de revelación póstuma para justificar su tesis: "¿Sabía usted que la casa ya se le había quemado dos veces antes? ¿No sabía? El primer incendio fue como hace tres años y se le quemaron unos monitos que tenía en una jaula ¿Ve lo que le digo? A Felipe lo querían perjudicar. Nosotros acá sabíamos eso".

El cabo Cortés, uno de los dos oficiales que está de punto fijo, sugiere que es mejor avanzar y "despejar el área". Reporta que la "cosa ha estado tranquila", salvo por un "afuerino" que se quiso pasar de listo y que el martes pasado iba arrancando con uno de los 20 pendones que mandó a hacer la Municipalidad y que están colgados en los cruces y esquinas de Lo Arcaya con la cara del animador y el logo de Colina. "Esa es pura maldad", se lamenta Ximena Vergara, que esperó que sus hijos salieran del colegio para llegar hasta el lugar de los homenajes con globos y una pelota "para que no se me aburran los niños".

Cuenta con un tono de incómoda decepción que por culpa del "más chico" de los dos que tiene, no llegó a ser la nana de Camiroaga. "Quedé embarazada y no pude tomar la pega. ¡Imagínese! Lo habría podido conocer y todo". El portón se abre mientras "el más chico" casi bota la muralla de un pelotazo que celebra como si valiera un campeonato. Salen los vecinos del condominio en grandes camionetas, esas difíciles de estacionar, y se excusan de hablar. Salvo una mujer, que va a buscar "a los niños al colegio" y que demanda "anonimato", a cambio de revelar que Camiroaga "era un tipo estupendo. Que siempre saludaba y te dejaba pasar por su campo si ibas al cerro. Un siete como persona".

Son las seis de la tarde y empieza a llegar más gente. "A esta hora salen todos de la pega y se vienen para acá", cuenta Aurora, que anda con su nieto en coche y que saca de su bolsillo una vela que acaba de comprar en el almacén de "la Claudina". La cara sonriente del animador, impresa en uno de los pendones de la Municipalidad, parece supervisar la ceremonia, mientras una quinceañera con uniforme de colegio saca su celular y programa Angel para un final, la canción de Silvio Rodríguez en la versión de Los Bunkers. Hay silencio y un viento que levanta los carteles y apaga las velas. Lo Arcaya está de luto.

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