Voces del más allá:

La casa de los espíritus de Providencia

Objetos que se mueven solos y sonidos de ultratumba. Así es el día a día en este "palacete", que perteneció a una de las damas espiritistas que inspiraron la novela de Isabel Allende.

por Cristián Labarca B.
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El caserón de Av. Salvador esquina Fresia, comuna de Providencia, fue sede de prominentes espiritistas chilenas. La construcción, erigida en 1910, tiene un pasado ocultista que el escritor César Parra certifica: "Este palacio fue el hogar de la familia Arrieta Fernández y, posteriormente, de la familia Larraín Echeverría. La señora de la casa, Inés Echeverría -alias 'Iris'-, era teosófica y practicaba, junto a sus famosas amigas Ximena y Carmen Morla Lynch, la religión más popular del siglo XIX: el espiritismo".

En su libro Guía mágica de Santiago (Ril, 2003), Parra detalla que en estas sesiones, las Morla "eran capaces de hacer correr por los retumbosos corredores pianos, mesas de comedor y otros armatostes". Y va más allá, diciendo que esos sucesos inspiraron a Isabel Allende para escribir su novela La casa de los espíritus.

Las escritoras Isabel Allende y Elizabeth Subercaseaux, en efecto, son descendientes de dos de los protagonistas de esta historia: "Mi abuela fue muy amiga de Iris Echeverría, es bien posible que en esta casona también hayan practicado espiritismo", afirma Subercaseaux, "ya que mi abuela, Ximena Morla, y la abuela de Isabel, Chabela Barros, eran bien amigas. Pero en mi familia siempre oí que la casa donde más hacían espiritismo era la de mi tía Carmen, esa casona inmensa que hay en Miguel Claro, la que hoy es la embajada de Italia".

En Mi país inventado, Allende asegura que "mi abuela Isabel pasó su existencia practicando fenómenos paranormales y tratando de comunicarse con el más allá. De algún modo, la buena señora se las arregló para atraer misteriosas fuerzas que movían la mesa en sus sesiones de espiritismo". Dicho mueble luce hoy en la casa de la escritora, en California, y para moverlo "se necesitan tres hombres", afirma. "No sé cuál era el truco de mi abuela para hacerla bailar por la pieza, rozándola levemente con su dedo índice. Esta señora convenció a su descendencia de que, después de su muerte, vendría de visita cuando la llamaran, y supongo que ha mantenido su promesa".

Subercaseaux remata: "Una vez, estábamos todos los nietos, primos y tíos sentados a la mesa en el fundo Santa Clara. De pronto, escuchamos nítidamente unos golpes en las ventanas del comedor, que se fueron repitiendo ventana tras ventana, como si una paloma las hubiera ido tocando una por una. Mi abuela alzó la cabeza y, en medio de un extraño silencio que se produjo, dijo: 'Acaba de morir Wacholz'. Wacholz era un amigo de mi abuela que vivía en Santiago y cuyos parientes veraneaban en el fundo vecino. Efectivamente, al día siguiente, nos enteramos de que justo a esa hora, en ese minuto, y en Santiago, Wacholz había muerto, algo que mi abuela no tenía ni la más mínima posibilidad de saber".

La vida de Inés Echeverría -la más ilustre dueña que ha tenido la casa de calle Fresia 638- se vio marcada por la muerte de su hija Rebeca, que a los 37 años fue asesinada de un tiro en la espalda por su esposo, Roberto Barceló Lira. Ese hecho de sangre -ocurrido en 1933 y motivado por problemas de dinero- habría sido el puntapié inicial de los extraños fenómenos que allí, casi 80 años después, siguen ocurriendo.

José Matute Mora fue comandante del Cuerpo de Bomberos de Santiago durante 10 años. Al final de su período, en 1997, fue testigo de un fenómeno que, hasta el día de hoy, no logra explicar. Una tarde cualquiera, el teléfono de la central anunció un incendio en la casona de calle Fresia. "Despachamos tres máquinas hacia el lugar, pero cuando llegamos no había nada: ni fuego, ni humo, ni olor a quemado. Reinaba una absoluta tranquilidad", recuerda Matute, hoy retirado.

De no haberse repetido, el asunto sería recordado como una pitanza más. Pero se repitió. Varias veces, a lo largo de dos años. "Estamos preparados para analizar las consecuencias de un incendio, cuando hay fuego. Acá nos agarrábamos la cabeza y sólo atinábamos a preguntarnos '¿qué pasó aquí?'", explica Matute. "Algo extraño sucedía, porque no era uno, sino varios vecinos a la vez llamando por lo mismo".

Lo que ignoraban los inquietos vecinos era que las refulgentes llamas eran fenómenos paranormales, algo habitual para los ejecutivos de las distintas empresas del grupo Busel que en la actualidad ahí funcionan.

Jéssica Contreras es recepcionista en el "Castillo", como llaman al edificio: "A veces se siente como que pasa un frío por delante. La primera vez creí que era sugestión. No pasaron ni dos segundos y todas las cajas de la bodega se vinieron abajo. Fui a mirar y no pude entrar. Esa misma ráfaga gélida me lo impidió", dice.

Claudio Luna lleva 30 años a cargo de la bodega, lugar donde en más de una oportunidad la puerta le ha jugado una mala pasada, quedando encerrado. Todavía no sabe cómo, quién... o qué.

"Yo era escéptico, no creía que los muertos pudieran hacer cosas, pero ahora estoy convencido de que la energía queda. No es que los muertos penen, pero esa energía está aquí", asegura Roberto Busel, director ejecutivo de la empresa. "Estás usando la radio y de repente se prende y se apaga sin ninguna lógica. Se abren y cierran las puertas, se caen las cajas. Acá todo se mueve. Mi madre ha traído a cuanto machi encontró. Alguna época, el olor a sahumerio fue permanente", concluye.

El padre de Roberto asistió al remate de la propiedad en 1983. Corrió solo; nadie más se presentó y se la adjudicó fácil. "El último dueño era Enrique Venturino, cabeza del Teatro Caupolicán en la segunda mitad del siglo XX", cuenta Busel. "Pero cuando llegamos, aquí vivían seis familias que la tenían convertida en basural. ¡Nos echaron a peñascazos! Luego, cuando logramos recuperarla, quisimos remodelarla y crear una especie de galería y paseo público, como en el barrio Italia. Pero en la municipalidad nos dijeron que no les interesaba", remata el propietario de la "casa de los espíritus" de Providencia.

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