LA TERCERA EDICION IMPRESA | lunes 08 de agosto de 2011
Dadaab, en Kenia, alberga a miles de somalíes. Ex ministros o campesinos llegan allí escapando del hambre y la violencia.
El día en que el primer suministro de provisiones llegaba a la capital de Somalia, Mogadiscio, por la actual crisis de hambruna, un minubús blanco conocido como matatu partió del pueblo somalí de Dhoobley, cerca de 500 kilómetros al sur. El vehículo, cargado con alrededor de 30 refugiados, no era el primer taxi compartido que salía del pueblo con destino a Kenia y no sería el último. Algunos dicen que casi no quedan matatus en Somalia y otros aseguran que pronto no quedará tampoco ningún somalí en su país, golpeado por guerras y desastres naturales.
Los refugiados escapan hoy de la que es probablemente la más devastadora sequía que golpea el cuerno de Africa en 60 años. Esperan construir un futuro en la vecina Kenia. El lugar adonde van se llama Dadaab y es el mayor campo de refugiados del mundo, conocido también como "Hotel Somalia". Es una ciudad artificial formada por carpas, barracas, chozas y casas de piedras rojas que han ido creciendo en forma desordenada. El campo fue originalmente construido para 90.000 personas a comienzos de los 90, cuando estalló la guerra civil en Somalia. Ahora, después de dos años en que ni una gota de agua ha caído en la región, ya alberga a 400 mil somalíes y la ONU estima que habrá medio millón de personas en Dadaab a fin de año.
Durante los últimos dos meses, Ahmed Hussein Abdullai, 28 años, uno de los más antiguos habitantes del campo, tiene una sensación de dejà vu. Abdullai tenía nueve años cuando llegó a Dadaab. Era 1992, sólo meses después del inicio de la guerra civil.
Hoy, Abdullai es un hombre exitoso. Profesor de biología y química en una de las tres escuelas secundarias del campo, es también el primer librero del lugar. Su negocio se llama "Iftin", que se traduce como "luz". Su tienda tiene incluso un lema que él escribió a mano: "Su éxito es nuestra preocupación". Para un refugiado que no tiene papeles, que no se le permitirá dejar el campamento y que no puede obtener trabajo en Kenia, a Abdullai le ha ido bastante bien. "Ser un refugiado -dice- es un desafío".
El más leal cliente de Abdullai es un hombre con un traje holgado que rara vez compra algo. Va a la tienda todos los días y permanece de pie entre los libros de texto y los mapas de Africa. Su nombre es Adan Ahmed Abdi, tiene 61 años, y es el ex ministro de Defensa de Somalia. El también llegó a Dadaab sin nada después de cruzar la frontera en un matatu hace cuatro años. Poco antes, uno de los innumerables gobiernos de transición lo había sacado de su oficina.
El ex ministro y el librero se han vuelto buenos amigos. Y mientras el librero ve con confianza su futuro, al ex ministro no le quedan más que recuerdos. Abdi es un político fallido. "Nunca imaginé que iba a terminar en este campo infernal", dice este ex coronel del Ejército somalí, mientras sirve té en su casa sentado en una estera de bambú. Saca su pasaporte diplomático y muestra fotos de sus encuentros con otros ministros o con sus contrapartes de Ghana, Congo, Níger y Nigeria. Tiene también un reloj de oro que Muammar Gaddafi le regaló en 2004 y cuya imagen aparece en el fondo del reloj.
El ex ministro habla lento. Domina el italiano, la lengua de la ex potencia colonial de Somalia. Fue nombrado ministro de Defensa bajo el ex Presidente Abdiqasim Salad Hassan. Cuando Hassan renunció en 2004, dice Abdi, se encontró de improviso lejos de los favores del nuevo presidente y enfrentado al creciente poder de las milicias islamistas de Al-Shabab, que controlan Somalia.
Abdi dejó Somalia hace cuatro años, después de darse cuenta que era su única opción. Sabe que morirá en Dadaab -donde casi nadie conoce su pasado-. No puede regresar a Somalia, pero tampoco puede volverse ciudadano de Kenia. "No hay esperanza", dice. "Mi país está enfermo, la lucha entre los clanes, los piratas, el reino del terror y los islamistas radicales y ahora la hambruna. Esto nunca termina", agrega.
Hoy, Dadaab es una prisión para la eternidad, una improvisada casa para los miembros de los cinco clanes que se disputan el control en Somalia, que están luchando unos contra otros en su tierra, y un refugio para campesinos empobrecidos y musulmanes aterrados por los islamistas. La vida es dura en el "Hotel Somalia", en el este de Kenia, un reflejo de la condición actual en el cuerno de Africa.