LA TERCERA EDICION IMPRESA | jueves 23 de junio de 2011
Señor director:
Hemos visto a miles de estudiantes marchando a lo largo de todo el país, exigiendo reformas que garanticen una educación de calidad, que no discrimine por cuna y, más importante todavía, que permita la movilidad social.
Más allá de si las propuestas concretas de la Confech y sus asociados son viables o no, parece haberse instalado en nuestro país un diálogo de sordos, o, lo que es peor, una negativa al diálogo.
Esta negativa puede ser racional o irracional, justificada o injustificada, pero el caso es que, como estudiante de la Universidad de Chile, cuyos estudiantes constituyen un gran porcentaje de quienes marchan, he advertido la existencia de una gran desconfianza hacia el ministro de Educación, Joaquín Lavín, que se vio acentuada cuando éste declarara en el programa Tolerancia Cero de Chilevisión que había lucrado con la educación.
Y aquí no estoy emitiendo juicios de valor sobre la legitimidad o no del lucro en la educación, ni siquiera estoy afirmando que el ministro tenga conflictos de interés respecto del lucro en la educación -cuya regulación es de suma importancia para los estudiantes-, ni tampoco estoy diciendo que Joaquín Lavín se encuentre "del lado del empresariado". Simplemente, estoy asegurando, con conocimiento de causa, que veo difícil un término rápido del conflicto si el gobierno sigue haciendo oídos sordos al clamor popular.
Y es por eso por lo que considero que ha llegado el momento de que Lavín dé un paso al costado en un intento de destrabar las negociaciones con los estudiantes, que han dejado claro, tanto explícita como implícitamente, que no tienen deseos de negociar mientras él sea ministro de Educación.
A fin de cuentas, el alto costo económico fruto de los destrozos producto de las manifestaciones y el costo político de mantener al actual ministro de Educación en el cargo deberían ser suficiente argumento para que Sebastián Piñera, que cada día es menos popular, le pida su renuncia.
José Lagos