LA TERCERA EDICION IMPRESA | martes 21 de junio de 2011
Señor director:
En su columna del sábado, Luis Larraín, director ejecutivo de Libertad y Desarrollo, defiende el lucro en la educación, partiendo de la siguiente premisa: "A nadie se le ocurriría comprar un auto fabricado por una institución sin fines de lucro. La sospecha es que no sería muy bueno y muy pronto estaría de vuelta en el taller".
Puesto que Larraín parece estar muy preocupado por la coherencia lógica de quienes hoy protestan (es decir, para él la coherencia parece ser un valor), propongo extraer consecuencias lógicas de su premisa. De ella, en estricta lógica, se seguirían enunciados como los siguientes: "A nadie se le ocurriría formar parte de una familia sin fines de lucro"; "a nadie se le ocurriría creer en una religión sin fines de lucro".
Si estas conclusiones parecen absurdas, o escandalosas, ello se debe a la premisa: alarmantemente, Larraín no distingue entre un proceso de fabricación y los procesos formativos (que se dan en escuelas, universidades, familias, comunidades religiosas, etc.).
Eduardo Sabrovsky
Profesor titular
Universidad Diego Portales