LA TERCERA EDICION IMPRESA | viernes 13 de mayo de 2011
Llegó a Inglaterra en 1972 y la terminó odiando. El libro ¿A quién matamos ahora? registra un año decisivo en su vida fuera de Chile.
"La vida no resulta en Inglaterra", anotó Claudio Bertoni en su diario en mayo de 1973. Tenía 27 años, tocaba las congas, estaba casi listo su primer libro y se había ido a regañadientes del Chile de la Unidad Popular siguiendo a su polola a Londres. Allá las cosas salieron mal. No porque les faltara dinero, tuvieran poca comida o vivieran apretados en un departamento. Eso era lo de menos.
Desde Santiago las cartas contaban que la situación política iba de mal en peor y ellos, Bertoni y Cecilia Vicuña, tampoco andaban mejor. Terminarían separándose. El paisaje se volvió hostil: "No puedo decirte hasta qué punto y con la exactitud necesaria hasta qué punto está enfermo este país (...) Yo asesinaría a Londres, pero no tengo con qué", escribió.
El viernes 7 de noviembre de 1972, Bertoni se embarcó en la motonave Rossini hacia Europa. Entró por Barcelona, pasó por Francia y luego llegó a Londres, donde Vicuña llevaba dos meses estudiando pintura gracias a una beca del British Council. Bertoni dejó todo por escrito. En seis cuadernos quedó registrado un año decisivo: del 11 de septiembre del 72 hasta el 11 de septiembre del 73.
El año termina así: "(2 am) Pintor alemán (cola de caballo) del cuarto piso: Toc toc / ¿Jes? / Golpe militar in your country". Luego empezó otra vida para la pareja: "Ibamos por un año y nos quedamos como cinco", cuenta el autor de Harakiri.
Una selección de esos cuadernos -379 páginas- se puede leer en el libro ¿A quién matamos ahora? Tal como Rápido antes de llorar, que recogía sus cuadernos del período 1976-78, este libro permite echar una mirada al torrentoso caudal de donde Bertoni nutre su poesía: una escritura acelerada, de registro arbitrario, informal, inevitablemente poética, perpleja, sin vergüenzas, varias veces humorística, a ratos erótica y no en pocas ocasiones triste y desoladora.
Acá, en los años de estos cuadernos, Bertoni también exhibe otras facetas: es político y nostálgico. El título del libro hace alusión a un rito no demasiado serio en que, a la medianoche y a la luz de una vela, con Vicuña piden la desaparición de Patria y Libertad y otros opositores de la UP. Echaba de menos el país. Rabiosamente. "Tengo ganas de volver a Chile. No soporto un día más de dolor anglosajón", repite y repite.
Maldito Londres
Cuando Vicuña partió a Inglaterra en 1972, descabezando a sus amigos del colectivo Tribu No, Bertoni empezó lentamente a preparar sus maletas para irse. Por él, se hubiera quedado acá disfrutando al ritmo del soul, tocando en el grupo Fusión, yendo y viviendo de los brazos de dos amigas. "Todo esto bajo el feeling esperanzador y delicioso de la Unidad Popular: íbamos a cambiar de vida y la historia, como querían los surrealistas, Rimbaud y Carlitos Marx", dice.
Pero se fue. "Solo en cubierta mirando las luces amarillas de sodio en Valparaíso", anota al partir. Luego, va detallando su viaje hasta Inglaterra, recordando a los amigos que dejó, a sus padres, sus callejeos por calles de Santiago, como Chile España, Miguel Claro, Pedro de Valdivia, Bilbao. Cita a Ginsberg, escucha a John Coltrane y Keith Jarret, se entera que murió Ezra Pound, habla de John Cage en varias ocasiones, cuenta que se robó los Emergency poems, de Nicanor Parra, en Londres, y que conoció a Anna Kashfi, la primera esposa de Marlon Brando. No siempre habla en serio: "Puta que está perdido Paul McCartney /- No le achunta a una. / - Le hace falta una Yoko Ono".
Sin contar El cansador intrabajable (1973), ese libro por décadas fantasma, Bertoni recién en los 90 se puso a publicar su poesía con regularidad. Sin embargo, en los 70 ya existe el tono de toda su obra. Está en su diario y lo anuncia varias veces: "Da gusto leer poesía de poetas contemporáneos que cuentan sin grandilocuencia heroica o énfasis la suma de sus gracias y desgracias".
Al mismo tiempo, en ¿A quién matamos ahora? está la nostalgia. Y la desesperación, que termina apoderándose de todo. "En resumen: no soy feliz porque no quiero a V (Vicuña). / Todas nuestras desavenencias, las bizantinas y el resto, son ramas del tronco este".
Desde ahí, Bertoni mira a través de un prisma oscuro. "Críticos de arte / artistas mismos / poetas / pensadores / sentidores y músicos de jazz / rock / música concreta y jazz rock: / váyanse al diablo", escribe.
También anota: "Qué feo es Londres. Yo he visto algunas ciudades grandes: San Francisco, Nueva York, París, Los Angeles, Buenos Aires, Río de Janeiro, y esta es la peor. Vivo asustado entre sus ladrillos y su gente. Tengo miedo"
Es peor. Ante las noticias sobre la temperatura política en Chile, Bertoni duda de todo. De su poesía, del viaje, de publicar un libro. "Ya no es tan claro que fue bueno dejar la universidad / Me lancé a una piscina sin agua empujado por Henry Miller, los surrealistas y los románticos alemanes / Y no me interesa el vacío", anota.
Hacia el final duda de plan general de su vida: "Pienso que me equivoqué / Que no podré vivir como un ermitaño sin plata ni profesión ni un techo". Es verdad, esa vida no le resultó. Pero sí una parecida: Bertoni en su cabaña frente al mar, en Concón, solo, escribiendo sus cuadernos, publicando sus poemas, y, sin proponérselo, convirtiéndose en uno de los poetas más populares de Chile.