LA TERCERA EDICION IMPRESA | sábado 30 de abril de 2011
En 2006, el poeta fallecido el 25 de abril repasó su vida en una entrevista con Marcelo Mendoza.
Usted dijo una vez que es un "protodisidente". ¿Me puede explicar eso?
Disidente quiere decir no estar de acuerdo. Yo quise a Octavio Paz aunque muchas cosas nos separaban, pero lo que yo adoraba en Octavio era esa disidencia: no estar de acuerdo. Vicente Huidobro fue un disidente. La lata de Neruda en parte grande está en que no era disidente: era obsecuente el huevón. Obsecuente quiere decir un hombre que no es de una fe limpia y sana. Lo opuesto a una disidencia es una fe, una voluntad. Neruda fue un obsecuente. El era un arribista. Fue arribista desde niño y fue arribista de hombre. Mostró ese arribismo con el Pablo Ramírez, por ejemplo, en el gobierno del año 27, esa amistad que lo mandó de cónsul a Oriente. Pablito Ramírez era el hombre fuerte del dictador Carlos Ibáñez. Esas cosas son muy sospechosas.
¿Pablo de Rokha era un disidente?
El nació disidente. Era delirante, disidente, inconcluso, equivocado. Yo también soy equivocado, lo que se dice equivocado. De Rokha no quería reconocer la equivocidad. Me gusta en De Rokha lo de fundador que hay en él. El es el primero que vio las "materias"; el agua, al aire, el fuego... antes que la Mistral escribiera sobre ellas. Es inconcluso y con una debilidad mayor: no tuvo conciencia del límite. ¿Qué quiero decir con ello? Que se desbarrancó. No supo medir: no ganó un lenguaje; ganó un impulso. Pero De Rokha es muy grande.
¿De Rokha participó en los congresos de escritores que usted organizó?
No, por errata mía. Errata mortal. Como todo estaba sembrado de nerudismo, si yo invitaba a De Rokha, Neruda no venía y si no venía Neruda no venía nadie. Qué terrible...
O sea, fue vetado De Rokha.
Vetado, pero no entero, porque yo lo llevaba a otras cosas, pero no a esas. La reconozco como una errata mía grande, una majadería.
¿Y Nicanor Parra? ¿Usted peleó con Parra?
Fuimos buenos compañeros (de trabajo) en el Internado Nacional Barros Arana. Un día discutimos, pero te hablo del año 37. Pasa el tiempo y el año 47 él se está viniendo de EEUU o de Inglaterra y nos encontramos en la Alameda con un gran abrazo. Nicanor venía con injerto de Inglaterra en el hocico, en la jeta y en la cabeza, era un cabro renovado, ya no era tan joven tampoco, y yo lo visité en su casa de calle Mac Iver. Después se mudó a la calle Larraín, a unos metros de donde vivía Neruda. La amistad se profundizó. El iba a Valparaíso a mi casa. A él le nacía la idea de que estaba bueno ya de huidobrismo y de nerudismo. Nos sentíamos en la idea de que había que hacer una cosa distinta. Me mostró unos papeles que se llamaban Ejercicios retóricos, y yo se los encontré bonitos. A él le encantó lo mío. Así seguimos la amistad con Parra y cada vez que yo empecé con los encuentros de escritores en Concepción, Nicanor era el primero en venir invitado.
¿Y qué pasó?
Un día, mucho después, compro un diario, el año 60 y tantos, y había un artículo duro de Nicanor contra mí: decía que yo me había rokheizado, por De Rokha. Yo vine a mi casa, en Concepción, y le dije a mi mujer y mis hijos: "Ustedes almuercen, yo le voy a contestar a este huevón, pero no le voy a contestar en su humorismo barato; le voy a contestar en un humorismo de la tradición española". Me acordé de un texto de Quevedo que se llama Gracias y desgracias del ojo del culo. A mi texto le llamé Gracias y desgracias de un antipoeta, y lo rajé con unos versos muy bien construidos, terribles, se podría decir que le dejé a la mamá y al papá colgando. Se publicó en la revista Punto Final y lo tomó la revista uruguaya Marcha y se fue por América. Quedó abierta una brecha feroz entre el uno y el otro. El poema era bueno, el mismo Parra lo reconoció.
¿Y Gabriela Mistral qué le parece?
¡Deslumbrante! Ni la Teresa de Ávila, que es mi diosa, la supera. En Chile no hay ninguna divina comparable. Cuando el año 1948 aparece mi libro La miseria del hombre el señor Alone puso en el diario en su columna: "Al paso que van las letras nacionales no prometen nada bueno". Me hizo un bien ese señorito, ese piojillo maricueca me hizo un bien enorme porque me bajó de todo el caballo de la presunción, de la altanería del aprendiz de escritor. Pero los dioses existen. Dos semanas después, los diarios ya no hablaban de mi libro. Recién ahí tomé razón yo de toda la autofarsa que uno se hace en su mente con la adhesión. Fui al buzón a buscar mi correspondencia, y llegó una tarjeta impresionante de Gabriela. Es la más grande valoración que yo he sentido en mi vida.
A los 88 años, ¿usted es joven?
Soy totalmente joven... si se llama juventud a esa especie de vivacidad que no tiene miedo al miedo.
¿No ha perdido la juventud?
¡No! ¿Por qué la iba a perder si, ni en los días estúpidos de las miserias dictatoriales del Chile unisecular, nunca perdí la juventud?
Es bien curioso que no haya perdido la juventud. Tiene un poema que se llama Perdí mi juventud.
Ese es un modo de decir, cuando uno dispendiosamente pierde lo que tiene, porque lo tiene y lo recobra. Son dispendios. Perder mi juventud en los burdeles quería decir que estaba totalmente burdelero…
Perdió la virginidad…
Claro, pero no perdí nada.
Perdió la virginidad, pero la recuperó después.
¿Qué es perder? Perder, saber perder, apostar y perder, sobre todo apostar. Nosotros, que somos los anarcas, no andamos tras el poder: apostamos y perdemos. Echo de menos el olor a puterío, me divertía eso, parecía tan sucio, pero no era envilecedor.
¿Fue muy putero usted?
No es el puterío de la calle San Camilo de Santiago de Chile, y cinco o siete en Valparaíso, sino que es algo que viene de más lejos, de la España, de Grecia, de la Roma antigua. Cuando yo escribo poesía de amor y me brota la poesía no de amor sino sexualizada, no es una erótica de la carne. No, no, no, no es eso. Todo es sagrado: el orgasmo es sagrado, el puterío aquel era sagrado, en el caso mío. ¿Por qué íbamos los jóvenes a eso? No sólo por lujuriosos animales. En mí opera un eros traducido del gozo, del encantamiento de ese prodigio que es la vibración orgánica, glandular, y de lo sagrado. Soy un místico concupiscente.
Hilda, su mujer, fue pretendida por Volodia Teitelboim.
El Volo la pretendió, cómo no…
Y usted le ganó la partida.
El Volo estaba también en desamparo, sin mujer, sin la niñita bonita, la mamá del Claudio se había ido. Entonces el Volo se encandila con la Hilda, que era una muchacha habilosa. (...) Yo estaba igual que el Volo, sin mujer, y Volodia se encontró con una Leonor Suárez. Bonita e inteligente era Leonor y vivía en Concepción, frente a la estación, en un hotel asqueroso. Ahí también vivía Hilda, después de su viaje de España. Un día llega el Volo y le dice: "Leonor, me muero por Hilda". "No seas tonto", le respondió, "si Hilda es de Gonzalo, tiene que ser de Gonzalo, a Hilda le gusta Gonzalo y nada más". De ahí vino el pequeño encordio que nunca fue encordio.
¿Sigue durmiendo en la cama mandarina?
No, ya no. Es que no tengo pierna suave… Pero de repente aparece alguna.
¿Todavía, de verdad?
¡Sí, hombre! A los 88 que funciona el número del infinito que es el 8…
¿Lo apremia la muerte?
No, a esta altura, ni nunca, nunca fui gran doliente de ella.
¿Tiene alguna disposición para su muerte?
A mí, fíjate que la gusanería no me espanta para nada. No quiero que me cremen. Me gusta más la vida libre, a esa la he adorado tanto.
A una persona tan vividora como usted, ¿qué le pasa cuando viene el fin de la energía: la muerte?
Es el ahí nomás. Sin embargo, algo pasará, porque ¿cómo va a ser que desaparezcan todas estas ilusiones? Yo sé que el pobre ser humano es un bichejo inofensivo al lado de otros portentos del universo de los que no tenemos ni la más leve mención.
¿Es ateo?
No, pero no es que crea: vivo en el misterio. Yo soy un misterio, porque no sé. No tengo pretensiones de saber cómo es la muerte. Es nada, pero sin agobio. El único poema que yo escribí sobre esas leseras se llama Al silencio. Ahí ni siquiera se le dice vacío, si hubiera dicho vacío mi voz habría sonado hindú y yo no soy hindú. Se le dice "hueco", "todo en el hueco del mar". Es como si le hubieran arrancado todas las aguas al océano de golpe y todas las aguas y todas las estrellas al sistema galáctico y a la hermosura todas las hermosuras: queda la oquedad fantasmal y ahí anda uno, y ahí duerme, con eso duerme.
En 1973, como ex jefe de la misión diplomática en Cuba, Rojas fue proscrito. Como no militaba en ningún partido, ni los comunistas ni los socialistas del exilio lo apoyaban. Llegó exiliado a Alemania del Este. Fue contratado por la Universidad de Rodstok. Le pagaban bien, pero no lo dejaban hacer clases. "Era un mendigo de elegante mierda", exclama. Recurrió a dos amigos: el venezolano Guillermo Sucre y el mexicano Octavio Paz. Les pidió que lo invitaran a Venezuela con el ofrecimiento de un puesto de trabajo; era la forma que los alemanes lo dejaran salir. Ese trabajo fue una media jornada en el Instituto Rómulo Gallegos. Gracias a ello pudo por fin huir de Alemania Oriental. Le ofrecieron clases en la Universidad Simón Bolívar. Un día, recomendado por el rector, fue a la Cancillería, a pedir ayuda: la policía política lo iba a echar con su familia. Le dieron pasaportes venezolanos para él, su mujer e hijos. Por ello, Rojas fue siete años y medio venezolano. Venezuela lo trató bien. Allí cumplió los 60 y le publicaron los libros que su patria natal casi nunca hizo. "En Chile no me conocían ni los perros. Nadie".