La felicidad según Harvard

Investigando en Harvard, el sicólogo Shawn Achor descubrió una vieja mentira y una nueva verdad: el éxito no nos hace felices; es la felicidad la que conduce al éxito y podemos aprender a ser felices. Teoría que hizo de su clase la más popular de la universidad y a su asesoría, una de las más requeridas por las empresas de Fortune 500. Ahora publica las conclusiones que mejoran la productividad y, de paso, la vida.

por Teresita Quezada Galarza Ilustración: Rafael Edwards
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Una de las conclusiones más emblemáticas de felicidad viene de un lugar inusual: las autobiografías de juventud de monjas. A fines de los 90, más de 670 monjas de la congregación Escuela de Hermanas de Notre Dame aceptaron participar en un gran estudio del alzheimer. En el llamado Estudio de monjas, ellas harían el generoso sacrificio de hacer distintas tareas, prestarse para ejercicios, exámenes y mediciones de todo tipo, les permitían a los investigadores revisar sus documentos y registros y, finalmente, donarían sus cerebros a la ciencia al morir. En la revisión de archivos, los investigadores encontraron una carta de 1930 en que la madre superiora les pedía a las monjas que escribieran una pequeña autobiografía. Ciento ochenta monjas lo hicieron y, más de 50 años después un grupo de investigadores de la U. de Kentucky recuperó los relatos y codificó las frases de contenido emocional positivo.

¿Podría su disposición ante la vida predecir el futuro de las monjas? Sorprendentemente sí. En los resultados del estudio, las que escribieron más sobre estar contentas vivieron en promedio 10 años más que aquellas que las que relataron emociones negativas o neutrales. A los 85 años, el 90% de estas monjas estaban vivas, pero sólo el 34% de las menos alegres había sobrevivido.

Hemos creído largamente que es la salud, la riqueza, el éxito, lo que nos hace felices. Pensamos en la felicidad como una meta que se alcanza, como la consecuencia de factores externos que nos afanamos en conseguir. Pero Shawn Achor, sicólogo de Harvard y autor del libro La ventaja de la felicidad (2010), lleva décadas estudiando el tema y luego de analizar cientos de estudios -propios y ajenos- llegó a una conclusión inevitable: el éxito no nos hace felices; es la felicidad la que conduce al éxito.

Y lo coloca en cifras: sólo el 10% de la felicidad, dice, está dada por factores, como la pobreza, la riqueza, la salud o la enfermedad. "Claramente, las monjas no eran más felices a los 20 porque supieran que vivirían más", escribe Achor. Para él, al observar a la gente, fácilmente se puede ver la misma fórmula: si trabajas duro serás exitoso y cuando seas exitoso serás feliz. Y la gente vive pensando "si consigo la meta de ventas seré feliz", "si subo las notas seré feliz", "si pierdo esos kilos seré feliz": primero el éxito, después la felicidad. Pero esta fórmula está rota. Está al revés. Cuando se consigue una meta, rápidamente aparecen otras y la felicidad se pospone hasta encontrar una conformidad que, probablemente, no existe. Luego de más de 12 años de investigación en Harvard, Achor descubrió que la felicidad conduce y aumenta el éxito y que, más que ser una condición natural, la felicidad se aprende.

El Estudio de monjas coincide con las investigaciones de Harvard en que los estudiantes que eran más felices en su primer año de universidad tuvieron mayores ingresos 19 años después, independientemente de su riqueza inicial. También con que al predisponer positivamente a vendedores, las ventas suben 37%. "Pasa incluso con los doctores. Hemos encontrado que cuando están positivos diagnostican hasta 95% más rápido. Incluso, los niños de cuatro años hacen torres de bloques 50% más rápido cuando les han pedido que piensen en recuerdos felices previamente", suma Achor, enumerando algunos de los cientos de investigaciones.

El cerebro optimista

Desde su oficina, donde ha diseñado la felicidad de los empleados de decenas de compañías de la lista Fortune 500, como Google, el MIT y la Unión de Bancos Suizos, el risueño Achor explica a La Tercera que la felicidad lleva al éxito y lo aumenta porque el cerebro funciona mucho mejor cuando está positivo. "Tanto es así que, estadísticamente, sólo el 25% del éxito se puede explicar con el CI; el resto de los indicadores (el optimismo, el apoyo de una red social y enfrentar el estrés como un reto) está relacionado con la felicidad", dice.

Cuando el cerebro está positivo libera principalmente dopamina, un neurotransmisor que provoca placer, y serotonina, otro que disminuye la agresión, mejorando el humor y el apego. Estas hormonas, además, encienden los centros de aprendizaje en el cerebro, que permiten adaptarse al mundo, a los distintos desafíos y resolver problemas. Achor da un ejemplo. "Si estás estresado por una prueba y la rindes, luego de dos días no recuerdas lo que estudiaste; pero, si lo haces aprendiendo una canción que te gusta, lo recordarás por tres décadas. El sistema de felicidad permite recordar esa información", dice. Aumentan las conexiones neuronales y el desempeño mejora un 30%.

No es todo. Las investigaciones de Achor también llegan a otra conclusión: la felicidad es una forma de vida que se aprende y se ejercita.

Lo primero que hay que cambiar es la forma de ver el trabajo, como algo que se hace sólo para ganarse la vida o el precio al que vendo mi tiempo libre. Distintos estudios han demostrado que el trabajo es más que la forma de conseguir recursos para una persona, sino también la forma en que se desarrolla, participa e interactúa con el mundo. Por lo mismo, mirar el empleo como parte de una carrera ayuda a retomar la perspectiva. Y lo mismo se puede hacer con las tareas diarias, entendiendo su funcionalidad.

Revertir el efecto Tetris

Los más viciosos lo reconocen inmediatamente. Si una persona pasa toda una tarde jugando Tetris, cuando suelte el videojuego, su mente seguirá durante horas tratando de encajar los bloques en todos los espacios que ve a su alrededor. Lo que pasa es que su cerebro, con o sin la pantalla, sigue jugando Tetris. "Es como funciona el cerebro. Se adapta a una tarea y sigue haciéndola también en otros contextos. Lo mismo pasa con el trabajo", dice Achor.

Muchos ingenieros y abogados, por ejemplo, se dedican a identificar errores que deben corregirse y, tal y como sucede con el jugador de Tetris, se atoran en la tarea incluso cuando hablan de su vida y sus hijos siguen buscando falencias. "Este patrón de acción no les permite ver las cosas por las que están agradecidos, lo que les gusta. Buscan los errores", agrega. Pero este efecto se puede revertir entrenando al cerebro para hacer lo contrario.

Los distintos estudios de Achor en Harvard y en las empresas que ha estudiado y asesorado, en más de 45 países, han demostrado que la felicidad se trabaja y, sin mucho esfuerzo, se obtiene. "La felicidad es también una ética de trabajo", dice. En un estudio que Achor está por publicar en Harvard hicieron que recolectores de impuestos pensaran en tres cosas por las que estuvieran agradecidos cada día por 21 días. Seis meses después, eran significativamente más optimistas, cuenta el investigador: "Su cerebro comienza a hacerlo automáticamente. Puedes empujar así la felicidad y funciona. Pero debes practicar".

La inversión social

Otro esfuerzo, aún más agradable, es el de mantener las relaciones sociales lo más significativas posibles. "El apoyo social es el más grande predictor de éxito. El punto de correlación estadístico que hemos encontrado es incluso mayor al que existe entre el cáncer y fumar", dice Achor. No se refiere a una red social amplia y contactada, sino a una de mejor calidad. Tener una buena relación con las personas con las que trabajas, almorzar con ellas, estar cerca de la familia y hablar con los amigos. En distintas investigaciones han observado que cuando las personas están bajo presión tienden a aislarse y dedicarse sólo al trabajo. "Entonces, empiezan a comer solos, a ver menos a los amigos y la familia, y el nivel de felicidad baja enormemente, al igual que las probabilidades de éxito, algo que es muy común cuando alguien tiene un nuevo trabajo", explica el sicólogo.

En sus trabajos con banqueros y corredores de Bolsa en Wall Street, gente que tiene muy poco tiempo disponible, la solución con mayores resultados para que no abandonen sus conexiones sociales más profundas ha sido que en la mañana, apenas abren sus correos, manden mails a dos personas que quieran, con mensajes positivos de agradecimiento. "Cuando vemos algo o lo recordamos y pensamos en ello, en nuestro cerebro se encienden las mismas zonas. Esto quiere decir que para nuestro cerebro no hay mucha diferencia entre imaginar, recordar y ver. Por lo que recordar lo bueno es tal y como vivirlo de nuevo. Duplicamos la experiencia positiva", dice el experto.

"Mientras más inviertes y más tiempo pasas con tus amigos, familia, y almuerzas con tus colegas en el trabajo, tus niveles de productividad permanecen altos incluso bajo estrés. Es un efecto dominó. Es lo que llamamos la inversión social: no es sólo para complementar la vida, efectivamente nos hace más exitosos que la inteligencia, la belleza o cualquier otra cosa", asegura Achor, entusiasta.

La ley de los 20 segundos

Cuando la gente trata de crear cambios duraderos, el error más común es confiar en la fuerza de voluntad, dice Achor. En su libro La ventaja de la felicidad, aconseja hacer los hábitos positivos 20 segundos más fácil y los malos hábitos, 20 segundos más difícil. Por ejemplo, poner todas las comidas "malas" en un estante alto y las "buenas" a la altura del brazo. Eliminar los obstáculos a sus buenos hábitos. El cerebro aprende por hábito, y siguiéndolo durante 21 días seguidos, ya habrá un aprendizaje. Lo mismo se puede hacer para mantener las relaciones sociales, pensar positivo y enfrentar positivamente los retos.

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