El verdadero origen de la historia de Moby Dick

En unos arrecifes junto a Hawai se han hallado los restos de un ballenero del siglo XIX cuyo capitán, George Pollard, inspiró a Herman Melville. Fue el único patrón que vio cómo su barco era hundido por un cachalote.

por Pedro Cáceres / El Mundo / Fotografía: Noaa
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Hay que aceptarlo. Los mitos tienen más fuerza que las estadísticas. Sólo así puede entenderse lo que nos pasa con los cachalotes. En toda la historia sólo se ha sabido de un barco que fuera hundido por uno de estos cetáceos. A cambio, el hombre ha exterminado un millón de ellos en los últimos dos siglos. El tanteo de la partida es bastante nítido: Cachalote 1; Ser humano 1.000.000. Y, a pesar de eso, sigue siendo el arquetipo del leviatán marino, el portador de la destrucción, un monstruo terrible.

La literatura es la causante. Cuando en 1851 Herman Melville publicó su novela Moby Dick, que no agotó los 3.000 ejemplares de su primera edición, no podría imaginar que llegaría a ser un clásico de la literatura universal.

Moby Dick se percibe a veces como una novela de aventuras, pero en realidad, el fatídico empeño del capitán Ahab por atrapar el cachalote blanco es un complejo relato de muchas capas, que ahonda en la oscuridad del alma humana y transita por caminos herméticos y cercanos a lo esotérico. "He escrito un libro malvado y me siento tan inmaculado como el cordero", le escribió Melville a su amigo Nathaniel Hawthorne, a quien precisamente dedicó la novela.

Moby Dick es un libro oscuro y una cumbre de la literatura y, como tal, ha marcado a fuego el ideario colectivo, cristalizando una imagen terrorífica de las ballenas. Melville se basó en sus propias experiencias para documentar su novela. Nacido en 1819, se enroló por primera vez a los 20 años y navegó dos por el Pacífico a bordo del ballenero Acushnet.

El autor también se alimentó de las noticias de la época. La más llamativa, la historia real de Mocha Dick, un cachalote blanco de 24 metros de largo capturado en 1810 junto a la isla chilena de Mocha. Como Moby Dick, tenía clavados los arpones de viejas batallas.

En 1839 Melville pudo leer la historia en un relato parecido en la revista neoyorquina Knickerbocker. Y para imaginar el hundimiento del Pequod del capitán Ahab sólo tuvo que mirar el suceso del Essex, el ballenero hundido en 1820 por un cachalote en mitad del Pacífico. Es el único caso conocido de un suceso así.

Y no puede decirse que su capitán, George Pollard, tuviera suerte como patrón. Se hizo cargo después del Two Brothers, que en 1823 naufragó también, esta vez al chocar contra unos arrecifes al norte de Hawai.

La semana pasada, los restos de aquel buque fueron descubiertos por buzos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (Noaa). El ancla, los arpones y otros utensilios de aquel buque fletado en Nantucket han salido a la luz. La zona está siendo explorada porque alberga una decena de otros balleneros que se perdieron en el siglo XIX.

La caza de los cachalotes y otras ballenas fue desde fines del siglo XVIII a finales del siglo XIX una gran industria que movió cientos de barcos. Cuando son atacados por su único contrincante, las horcas, los cachalotes no huyen, sino que forman círculos defensivos. Esa técnica los convirtió en pasto fácil de los balleneros, que los masacraban si piedad.

Su grasa, convertida en aceite, alimentaba las farolas de las ciudades. Los barcos eran factorías-carnicerías flotantes, donde animales con el peso de 50 automóviles modernos eran descuartizados por hombres que trabajaban en condiciones de semiesclavitud, en periplos superiores al año.

Leviatán o la ballena, del inglés Phillip Hoare, es un ensayo recién publicado que narra la historia de los balleneros y permite acercarse a la historia de los colosales cetáceos. Quizá sea también un buen momento para leer Moby Dick: corren tiempos ominosos y muchos persiguen ballenas blancas.

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