6 leyes de la economía para un matrimonio exitoso

Dos mil entrevistas y dos años de trabajo. Sicólogos, economistas (incluyendo varios Nobel) y cientos de parejas conversaron con dos periodistas estadounidenses para elaborar Spousonomics, el libro que aplica las teorías económicas en el matrimonio. O, como ellas dicen: maximizar la rentabilidad de la inversión más grande de la vida.

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Caso 1: ¿Dividir las tareas de la casa por igual? Mala decisión

Eric y Nancy están casados hace algunos años. Como ambos trabajan fuera de la casa, decidieron que lo mejor era dividir la tareas domésticas por igual: cuando él cocina, Nancy ordena. Cuando Nancy cocina, el que ordena es él. Eric se encarga del aseo del primer piso, ella del segundo. Una distribución equitativa que, a los ojos de cualquier matrimonio moderno, parece lo más justo. Pero no lo más eficiente, según una de las más importantes leyes de la economía. Ni tampoco la solución a las peleas que a diario sostiene esta pareja por decidir quién se encargará ese día de las labores más desagradables.

En 1776, Adam Smith -padre del capitalismo- propuso la división del trabajo basada en la especialización: cada trabajador debe tener una responsabilidad para optimizar la producción. Cuatro décadas después, el economista británico David Ricardo publicó su teoría de la ventaja comparativa, donde no importa la capacidad absoluta para producir bienes, sino las ventajas que tiene un país para producir un bien a menor costo en comparación a otros países y a otros productos.

En el capítulo "Por qué usted debería lavar los platos", las periodistas aterrizan la teoría con el siguiente ejemplo: Los portugueses producen una botella de vino en 10 minutos, mientras que los ingleses demoran 60. Los británicos tardan 30 minutos en producir una prenda de ropa, pero los portugueses necesitan sólo 20 para lo mismo. Es decir, para generar ambos bienes, los portugueses demoran 30 minutos y los ingleses 90. La lógica dice que los primeros deberían producir vinos y ropa por sí solos. Error. La clave es precisamente la ventaja comparativa. Como los lusitanos tienen más viñedos, el tiempo que ahorrarían importando las prendas inglesas podrían ocuparlo en mejorar su producción vitivinícola.

Volvamos a Nancy y Eric. Ella demora 20 minutos en lavar los platos y 10 en ordenar. Es decir, en tres días Nancy gasta 90 minutos de su tiempo en realizar ambas labores. Eric demora 270 minutos en los mismos tres días y en las mismas tareas. Pero si Eric sólo lavara, tardaría 180 minutos y si Nancy sólo ordenara, demoraría 60, lo que equivale a dos horas extras de tiempo libre entre ambos. Nancy es más rápida en ambas tareas, pero si se aplica lógica de la ventaja comparativa, ambos ganan tiempo. ¿Lo entendió? Simple: si usted es quien lava mejor y más rápido los platos, siga haciéndolo y asigne a su pareja una labor donde tenga ventaja. Al final, los dos ganarán.

Caso 2: Odiamos perder, pero...

Aversión a la pérdida. Un comportamiento que la economía viene estudiando hace muchas décadas, porque -dicen a los especialistas- sesga la realidad y genera comportamientos erráticos. Pero es muy fuerte en los seres humanos.

A fines de los 70, los sicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky demostraron cómo funciona la aversión a la pérdida. Pidieron a un grupo de estudiantes que eligieran entre dos tipos de apuestas: en la primera había 100% de probabilidades de ganar $3 mil, en la segunda el premio subía a $ 4 mil las opciones, pero las probabilidades de ganar bajaban a 80%. Ocho de cada 10 escogieron la primera apuesta, es decir, prefirieron ganar menos a perder. Luego, los expertos pusieron las cosas de manera diferente: una apuesta con 100% de probabilidades de perder $3.000 y otra con una probabilidad de 80% de perder $4.000. Esta vez, el 92% eligió la segunda opción, pese a que la pérdida podía ser mayor. Es decir, el escenario de perder era tan terrible, que estaban dispuestos a arriesgar mucho más con tal de evitar la posibilidad de perder.

Es el pánico que invade a muchos cuando corren de inmediato a vender sus acciones ante una caída en la bolsa. La lógica económica manda lo contrario: paciencia, porque en algún momento las acciones recuperarán su valor y hasta puede obtener ganancias. "Cuando las acciones se desploman, guardo los papeles en un cajón y me voy a casa a dormir. No es que al otro día los problemas se hayan esfumado, pero las decisiones después de 24 horas, son más racionales", dice David Einhorn, de Greenlight Capital, entrevistado por Szuchman y Anderson.

Pues bien. La misma lógica opera en el matrimonio. Cada vez que usted se enfrasque en una de esas discusiones interminables, porque ninguno de los dos está dispuesto a reconocer que el otro puede tener algo de razón, piense que lo que está operando ahí no es más que la aversión innata del ser humano a perder. Y lo que es peor: al igual que cuando vende acciones porque su valor está en picada y no quiere perder dinero, al final habrá perdido igual y sin opciones de recuperarse.

Caso 3: Bienes escasos

Connor y Lindsay vivieron años en África y Asia, hasta que nació su primera hija y regresaron a Estados Unidos. La pequeña estabilizó su aventurera vida, pero también moderó su hasta ese momento activa vida sexual. Cuando repararon que la intimidad decaía, optaron por planificar momentos románticos, pero la mayoría de las veces no resultaban a causa del trabajo y otros problemas cotidianos. ¿Le resulta familiar?

Para Daniel Hamermesh, profesor de la Universidad de Texas y autor de Economics is everywhere (La economía está en todos lados), el diagnóstico es claro: lo que opera en esta situación es la Ley de Rendimientos Decrecientes. Es decir, para producir un determinado bien, se requiere invertir una cantidad de recursos. Si se eleva la inversión, la producción crece. Pero llega un punto en que se necesitará seguir aumentando la inversión sólo para mantener el mismo nivel de producción. ¿La consecuencia? Un bien cada vez más caro.

Y, según Hamermesh, cuando las cosas se encarecen, sencillamente se desean menos y en muchas parejas el sexo se ha vuelto un bien extremadamente caro. Cuando la leche se encarece, la gente toma café solo. Cuando el precio de la bencina sube, las personas optan por la bicicleta. Cuando el sexo sube de precio, la gente ve televisión. ¿Qué lo encarece? El cansancio, la falta de tiempo y, un largo y consabido etcétera.

En la economía el remedio vino introduciendo otro factor, la tecnología, que mejora los procesos productivos, aumentando las ganancias. En la parejas, las autoras sugieren que ese otro factor sea transparentar lo que se quiere del otro: que las personas sean capaces de decir lo que les gusta y lo que no, y no esperar que el otro adivine.

Caso 4: Coloque deducibles

¿Qué pasaría si la compañía con que aseguró su auto no lo castigara elevando el precio de la póliza después de varios choques o robos? ¿O si se comprometiera a pagar cualquier siniestro, sin importar la causa o el costo? Lo más probable es que usted no tendría tanto cuidado al conducir.

Hace ya varias décadas que las aseguradoras acuñaron el concepto de "riesgo moral" al ver cómo las conductas osadas de sus clientes aumentaban al sentirse protegidos.

En el matrimonio sucede un fenómeno similar. Troy es un mediocre compositor que, pese a superar los 40 años, aún soñaba con ser un cantante de rock, mientras su mujer trabajaba, lavaba, planchaba y atendía a sus dos hijos. Muchas personas descansan en el trabajo diario de su pareja, sintiéndose seguros por el contrato que firmaron ante el registro civil. Las aseguradoras solucionaron el problema creando los deducibles, elevando el precio de las pólizas o hasta anulando los contratos si el cliente se volvía demasiado riesgoso. En el matrimonio, la esposa de Troy optó por algo similar:pese a su disgusto, le encargó el cuidado de los niños los fines de semana, mientras ella salía. Y ante el peligro de que el contrato fuera caducado, él terminó aceptando. Poco a poco, Troy se fue dando cuenta lo duro que era criar a hijos y, un día, uno de ellos regresó con una tarjeta para él. Su pequeña inversión había tenido un inesperado retorno. El riesgo moral se presenta cuando no hay consecuencias, y no hay consecuencias cuando no hay reglas.

Caso 5: Costo-beneficio, analice bien

Clarie y Shawn eran un matrimonio promisorio. Ella abogada y él neurosicólogo. Al poco tiempo de casados, cada uno comenzó a sumergirse en sus trabajos. Sus carreras iban en ascenso, pero su vida en pareja se deterioraba. Ninguno de los dos estaba dispuesto a no obtener beneficios de la enorme inversión que habían hecho, gastando muchos años y miles de dólares en una educación de excelencia.

¿El problema? No ver los costos-beneficios actuales de su relación. Según Alfred Marshall, ideólogo del concepto en 1890, todos buscan que los beneficios sean mayores que sus costos. Si eso ocurre, uno compra. Pero lo que normalmente no se ve son los costos de oportunidad, renunciar a algo para conseguir un beneficio aún mayor. Estos costos normalmente no se visualizan. Por ejemplo, entre tomar un préstamo de $10.000 a una tasa de interés del 5% o uno de $11.000 a una tasa del 6%. Por una pequeña diferencia usted podría tener más dinero, pero 5% de interés en un préstamo de $10.000 es $500, mientras que 6% sobre un préstamo de $11.000 es $660.

Clarie y Shawn habían invertido casi 100 mil dólares en sus carreras y ahora que podían lograr los retornos esperados, estaban liquidando su relación. Estaban, según los economistas, preocupados de los denominados "costos hundidos", aquellos que ya se han hecho, y no de los actuales. ¿La recomendación? Las autoras, al igual que la economía, plantean olvidar esos gastos y volver a fijar nuevos costos-beneficios.

Fue lo que hizo la pareja. Clarie se fue a una compañía más pequeña y Shawn dejó de trabajar tantas horas. El beneficio era restablecer su matrimonio.

Caso 6: Incentivos adecuados

Jenny Anderson es una de las autoras del libro y uno de los ejemplos citados. Y con una situación que abunda en los relatos de las mujeres: "Los platos no se enojan si no se lavan", le decía su marido Thorold, cada vez que ella le decía qué y cómo hacer alguna cosa en el casa. Pero su filosofía, su desorden, dejó de ser gracioso conforme pasaban los años de matrimonio. "¿Puedes cambiarle los pañales a la niña? ¿Puedes limpiar la basura?", imposiciones que Thorold detestaba. Jenny intentó todas las tácticas posibles para cambiar su actitud, desde la ira hasta la indiferencia. Pero nada funcionaba.

La palabra clave en la economía es "incentivos". Funciona en el comercio, con la primera semana gratis, el segundo par de zapatos a mitad de precio, etc. Pero el mejor incentivo no siempre es el dinero, sino la confianza. Existe un ejercicio que prueba esta teoría:una persona es designada como inversionista y otra como administrador y se comprueba cómo el segundo maneja mejor el dinero, cuando no hay multas o castigo en la administración del dinero.

Cuando demostramos que no confiamos en la gente las cosas no resultan. Según el economista Colin Camerer, quien delega confianza siempre logrará que el otro haga lo que espera que haga. Jenny comenzó a confiar en lugar de regañar y con el tiempo -según reconoce en el libro- él casi mágicamente comenzó a hacer las cosas.

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