Epistolario inédito de general alemán retrata el horror de Stalingrado

A cargo del historiador Enrique Brahm, el libro analiza relación de amor-odio entre Alemania y Rusia.

por María Josefina Poblete
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Después de instalar el pequeño pino, lo adornaron con pajillas y motas de algodón. Alguien incluso consiguió una estrella y algunas velas. Su luz brillaría sobre una serie de retratos que, reunidos en torno al árbol, recordaban a los presentes los rostros de sus seres queridos. "Nunca en mi vida he vivido una Navidad más triste", le escribe Max Pfeffer a su madre. A sus espaldas, cae la nieve y rugen las bombas. Corre diciembre de 1942, y la misiva tardará varios días en llegar a su destino, desde Stalingrado.

La carrera de un alto general de las fuerzas militares del régimen nazi es el hilo conductor de Cartas desde Stalingrado, del historiador Enrique Brahm García. Complementado con el epistolario inédito de Pfeffer con su madre, el volumen también realiza un minucioso estudio sobre las relaciones entre Alemania y Rusia, detallando cómo, en menos de 50 años, ambas potencias pasaron de la atracción al odio.

Las cartas, que van del 22 de mayo de 1942 hasta el 21 de enero de 1943, llegaron a manos de Brahm a través de uno de los hijos de Pfeffer, radicado en Chile. Traducidas por el autor, éstas ilustran la campaña alemana en Rusia, período que terminará con una de las batallas más sangrientas en la historia: la lucha por Stalingrado.

Desde una Alemania humillada tras el Tratado de Versalles hasta el acelerado ascenso de Hitler, Cartas desde Stalingrado analiza un momento histórico marcado por las luchas ideológicas y la ambición de poder. Mediante las cartas y una amplia selección bibliográfica, el texto también recrea la vida cotidiana de miles de hombres acostumbrados a tener a la muerte de compañera de rutina. "En estos momentos vuelan sobre nuestro búnker aviones enemigos. ¿Nos bombardearán?", escribe Pfeffer a su madre. "No, siguen en su vuelo", apunta, a renglón seguido.

"Vendrán en nuestra ayuda"

Lleva dos días en el frente ruso y su íntimo deseo es acostumbrarse a "todos los horrores". Sólo así, explica, será capaz de recuperar la alegría. Descrito por sus cercanos como un hombre de buen humor y de muchos amigos, Max Pfeffer (1883-1955) es el comandante de la 297 División de Infantería de la Wehrmacht, unidad que desempeñará un rol de relevancia en las operaciones alemanas en tierras soviéticas.

"¡Yo querría tomar contigo un ponche de duraznos!", escribe a su madre, en un arrebato de nostalgia. Las cartas, a pesar de no compartir grandes datos militares (ya que nunca era seguro que los aviones llegaran a su destino), sí son un valioso testimonio de las alegrías, anhelos y dramas en el campo de batalla. "Me parten el alma mis valientes hombres que tienen que dar este paso tan difícil", comenta Pfeffer en otra oportunidad. Su unidad se prepara para una arriesgada misión: cruzar un río a vista y paciencia de sus enemigos.

Las altas temperaturas que marcaron el inicio de la ofensiva permitieron a las tropas alemanas vivir sin problemas a la intemperie. "Que el cielo nos libre de tener que pasar el invierno en esta zona", escribe Pfeffer. Sus expectativas son elevadas. Cuando todo termine, dice, pretende tomar clases de pesca.

Pero los lentos avances llegan acompañados del frío soviético. Refugiados en trincheras cavadas en la nieve, los hombres deben forzarse a salir a caminar durante la noche, para entrar en calor. Desabastecidos y amenazados por la ictericia, se alimentan de la carne de sus caballos. Las temperaturas bordean los 30 grados bajo cero. El papel comienza a escasear y la lectura es cada vez más racionada. Para suplirla, Pfeffer recita a Goethe de memoria.

"Querida mamá: Ya te habrás enterado de la difícil situación en que nos encontramos. No podemos decir que las cosas sean color de rosa. Sin embargo, estamos seguros de que vendrán en nuestra ayuda", escribe el 4 de diciembre de 1942. Dos semanas después, su tono ya no es tan complaciente: "En el futuro no se debería hacer burla y reírse de la información de guerra de nuestros rivales, cuyos métodos estamos copiando al detalle", dice.

El comandante está molesto ante la vaga información sobre su rescate. Cada día, éste parece más improbable.

A pesar de todo, se mantiene la buena convivencia entre sus hombres. De hecho, no les falta tema, asegura Pfeffer. "Si todo sale bien pediré de inmediato unas largas vacaciones", dice su penúltima carta. Dos semanas después, escribirá una nota de despedida.

El libro, que concluye con un epílogo sobre los días de prisionero de Pfeffer a manos del Ejército Rojo, sólo presenta breves extractos de sus misivas. En estas, pide provisiones y se refiere sólo brevemente a asuntos familiares. La censura de sus captores es extrema.

Mientras varios altos mandos como el mítico mariscal Friedrich Paulus terminarían cooperando con el gobierno soviético, Pfeffer no cedería ante las presiones. El comandante, que alcanzó a vivir 13 años en cautiverio, moriría de causas naturales y sin volver a ver a su madre. Al momento de su muerte, la mujer de 93 años aún soñaba con ver regresar a su hijo en libertad.

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