Julian Maclaren-Ross, el secreto que se perdió en el Soho

Un escritor de cuentos olvidados acercó realidad y literatura al punto que serían difíciles de separar.

por María Josefina Poblete
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No salía antes del mediodía. Afeitado prolijamente, paseaba por las calles desiertas de la posguerra blandiendo un bastón con empuñadura de plata y fumando con boquilla. Lo llamaban "el dandi del Soho", y ni siquiera la noche le quitó sus anteojos oscuros. Quién hubiera dicho que el glamoroso Julian Maclaren-Ross, el hombre que prefería andar en taxi en vez de caminar, no tenía ni un centavo. Su porte y gracia eran cómplices del engaño, pero no así sus zapatos gastados, delatores del bohemio.

Hoy le dicen "el héroe oculto" y "el secreto mejor guardado de la literatura británica". Maclaren-Ross (1912-1964) permaneció a la sombra de otros que, paradójicamente, lo admiraron. Graham Greene o Anthony Powell encabezan la lista, según Fear and loathing in Fitzrovia, del biógrafo Paul Willets.

Para que la biografía no opaque a la literatura, la editorial argentina La Bestia Equilátera tradujo su obra al español. Los dos títulos publicados, Veneno de tarántula y Tostadas de jabón y otros cuentos, ya están en Chile gracias al Fondo de Cultura Económica, que los trajo a la Librería del Fondo Gonzalo Rojas (Paseo Bulnes 152). Se trata del rescate de un escritor que, literalmente, se convirtió en sus personajes. O tal vez éstos en su creador.

"Es todo autobiográfico, pero es maravilloso cómo recrea y cómo vuelve a tomar un mismo ángulo de su biografía", cuenta María Martoccia, su traductora argentina. Martoccia trabaja actualmente en Memorias de los cuarenta, una serie de relatos autobiográficos del autor. "Creo que hay un culto al fracaso, y él es tan elegante que se da el gusto de ser un fracasado", explica.

Humor de entreguerras

Vendedor ambulante, guionista de cine y documentales para la BBC, conscripto de guerra, eterno moroso, paciente en un hospital siquiátrico, preso, fumador y bebedor implacable; él fue todo eso, y sus personajes no fueron menos. "El 'yo' en estas historias soy siempre yo", escribiría Maclaren-Ross.

La guerra toca a la puerta en su literatura. En De amor y de hambre (1947), Richard, un vendedor de aspiradoras a domicilio y escritor frustrado, mantiene un romance con Sukie, la mujer de un amigo. Este le ha pedido que la cuide mientras él busca mejores oportunidades. Con los bolsillos vacíos y en un Londres que se cae a pedazos, la nueva pareja vive una cómica relación marcada por el hambre, algo que es sólo un detalle al lado de placeres como juntar monedas para ir a un salón de té y reírse de las señoras de sociedad.

Veneno de tarántula (1945), en tanto, describe la apacible vida de los huéspedes de un chalet al sur de Francia, paz que se ve perturbada en las noches por los ataques del dueño de casa, adicto a la morfina, y por un fantasma que sólo algunos escuchan. Ironía sutil, ya que se aproxima la II Guerra Mundial.

Sus relatos, carentes casi de trama, parecen suspendidos en el tiempo. Son historias patéticas, cómicas y extrañamente normales que cautivan al lector. "Afuera, en la oscuridad, entre los tachos de basura y los tarros de leche nos deseamos buenas noches con un beso, pero, a causa del subte, no tanto como hubiéramos querido", se lee en Tostadas de jabón, historia de amor en la que dos personajes, prácticamente desconocidos, deciden casarse dado lo bien que se llevaron una noche en un bar.

Los protagonistas, irónicos y elegantes como el autor, se mueven a sus anchas en Fitzrovia, un oscuro barrio londinense lleno de humo y con fiesta segura, por malos que estén los tiempos. Ese es el lugar donde Richard y Sukie planean su amor imposible, o en el que dos amigos buscan un bar que cumpla dos requisitos: que sea apto para celebrar la rendición de Italia y que le permita a uno ir al baño, ya que no aguanta más.

Tanto en sus cuentos como en sus novelas, la mirada de Maclaren-Ross se desplaza hacia la cotidianidad de un país en guerra. Ejemplo de ello es No le pido que la compre, otro relato sobre un vendedor de aspiradoras dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de realizar una venta. Incluso, aspirar una casa entera y abastecer de cigarros a su potencial clienta, aunque no tenga dinero para comprar más. Lo mismo sucede en Atadura mortal, donde un grupo de soldados espera todas las noches a que den las 10 para ver al cabo Kelly, un joven tímido de día que grita y maldice mientras duerme. Todo un espectáculo.

Cuadros de la infancia

"Nunca creerían que fui budista, ¿no? Sin embargo, es verdad. Me hice budista todo un verano, cuando tenía alrededor de 12 años". Así arranca El sumo sacerdote de Buda, en el libro Tostadas de jabón. Allí, un grupo de niños aburridos de las bolitas juega al "Buda", venerando a un chico tímido y buscando nuevas víctimas -más niños- por la plaza. Excomuniones, torturas y una pandilla que adora a Brahma (para contrastar el gran número de conversos de sus rivales) dan vida a este relato, uno de los tantos de Maclaren-Ross que presentan la cruel inocencia de la infancia.

Y como todo en Maclaren-Ross, el final de cada historia es fiel a la indiferencia del autor. Las aventuras de un personaje cuyas andanzas bohemias lo llevan a perder su empleo pueden terminar, con perfecta naturalidad, interpelando al lector: "No conocen ningún buen trabajo disponible, ¿no?". Los relatos son cuadros que rozan lo fotográfico; capturan lo justo y dejan que el silencio haga el resto. El rey del Soho murió joven y solo. Los prestamistas que lo acechaban seguramente lamentaron tachar su nombre de la lista de morosos de la posguerra, acostumbrados a verlos morir o a darse a la fuga.

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