El caso Lavín

por Andrés Benítez, ingeniero comercial
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A ESTAS ALTURAS, Joaquín Lavín sabe que lo mejor que le pudo suceder en su carrera política es haber perdido la elección senatorial por Valparaíso. Porque, gracias a ello, terminó de ministro de Educación. Gracias a ello, hoy está al frente de lo que el propio Presidente Piñera definió como el proyecto más emblemático de su mandato: la reforma educacional. Gracias a ello, hoy es nuevamente considerado como uno de los presidenciables de la derecha.
Todo esto no era para nada claro en marzo. Cuando le asignaron la cartera, no pocos pensaron que lo habían mandado al paredón. Y razones había para ello. En los gobiernos anteriores, los ministros de Educación nunca terminaron bien. Pero, además, porque aparecía como un sector donde nadie se atrevía a hacer las reformas necesarias.
Pero todo fue cambiando en el tiempo. Primero, el terremoto se transformó en una oportunidad. Lavín logró cumplir la promesa de tener a los alumnos de los colegios afectados en clases a los 45 días.  Segundo, porque supo establecer metas concretas para el sector. Aumentar el puntaje promedio Simce de cuarto básicos en 10 puntos.  Instaurar los Liceos de Excelencia y mejorar los resultados de la PSU de los alumnos de más bajos ingresos. Aumentar de dos mil a cuatro mil los alumnos que ingresan a estudiar Pedagogía con más de 600 puntos PSU.
Pero, si bien todas estas medidas son importantes, faltaba la madre de todas las batallas: modificar el estatuto docente que, entre otras cosas, consagra la inamovilidad de los profesores, lo que para muchos está en el centro de los problemas de la mala calidad de la educación municipal en Chile.
Es claro que se trata de la primera iniciativa importante donde el actual gobierno está dispuesto a gastar parte del capital político que ha acumulado en estos meses, lo que habla bien del Presidente. Pero también se trata de una apuesta personal de Lavín, quien ha dicho que llegará hasta el final en esta batalla que recién comienza, aunque ello le signifique hipotecar su futuro político.
Poner todas las fichas en el tablero tiene lógica para Lavín. El sabe que no le basta con ser un buen ministro para instalarse con éxito en la próxima carrera presidencial. En ese plano también está Hinzpeter, quien no tiene el desgaste de haber perdido en varias oportunidades. Sabe también que su modelo de hacer cosas, hoy lo representa mejor Golborne. Así las cosas, sabe que tiene que hacer algo grande y profundo. Algo que lo ponga por sobre el resto. Y la reforma educacional es, sin duda, su mejor caballo de batalla, ya que es un tema importante y muy sensible en la población, especialmente en los sectores de menores recursos.
Es una apuesta ambiciosa en lo personal, pero también para el país. Una que nos habla de que, a veces, no es tan malo tener ministros con pretensiones presidenciales, si para ello están dispuestos a jugárselas por grandes reformas. Porque ahí, los intereses personales se alinean con los de la sociedad. Quizás este debiera ser un requisito para los futuros ministros candidatos. Habría que pensar, entonces, en ponerles metas grandes y medibles a Hinzpeter y Golborne. De esa manera, la ciudadanía podría evaluarlos no sólo por el poder de sus cargos o su carisma, sino por sus hechos concretos.

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