Un relato para la nueva forma de gobernar

por Patricio Dussaillant Abogado y profesor de la Facultad de Comunicaciones, UC
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En los ultimos años, algunos se empeñaron, con bastante éxito, en convencernos de que la fe y el patriotismo están pasados de moda; que el Estado lo hace todo y que el estilo de liderazgo en estos "nuevos tiempos" debía unir cercanía, simpatía y corazón.

Afortunadamente, no era tan así. Los mineros, sus familias y las autoridades de gobierno nos han demostrado con hechos lo contrario. Por una parte, que la fe y el patriotismo siguen vigentes como parte fundamental de la identidad de nuestro país; y, por otra, que finalmente son las personas las que hacen la diferencia.

A partir de esta experiencia son y serán muchas las lecciones, reflexiones, conclusiones, suposiciones y especulaciones que se puedan sacar. Todo ello en ámbitos tan disímiles como lo laboral, de seguridad, jurídico, económico, comunicacional, político, de gestión y de estilos de liderazgo. Es de esperar que todas ellas, cada una en su terreno, produzcan los cambios que el país requiere y espera.

El ministro Golborne, desconocido hasta ahora para la opinión pública -pero no para la elite que hoy se sorprende con que "nadie lo conocía"-, y desde un ministerio con bajo perfil mediático, se transforma en la constatación práctica de lo que el gobierno por meses ha intentado comunicar en su discurso.

Por sí misma la eficiencia y la nueva forma de gobernar no eran suficientes para construir un relato atractivo que se tradujera, primero en argumentos para defender y promover la acción del gobierno y, luego, en buenos niveles de aprobación pública.

Decía Oscar Wilde que "ser natural es la más difícil de las poses". Golborne demostró, en los hechos, que la naturalidad y la sinceridad le dan sustento y encuadre a la eficacia, generando así la credibilidad necesaria para establecer relaciones de confianza con la gente. Su actuación en estos días le dio un sentido humano a la gestión bien hecha, sin un interés político evidente y con gran sacrificio de tiempo personal, todo cual es, en definitiva, lo que hace ganar aprecio, gratitud y respeto. Una forma diferente de liderazgo que, a la vez que acompaña, resuelve efectivamente problemas.

En el campamento Esperanza, tanto en la superficie como a 700 metros de profundidad, la lección es la misma: en todo momento hay que hacer lo que se debe hacer. Con creatividad, pero sin improvisaciones ni menos chapucerías. Asumiendo riesgos que, tal vez, los consejos más políticamente correctos recomendarían evitar.

Hacía tiempo que no se veía con tanta claridad el rol verdaderamente subsidiario del Estado. Un Estado que da espacio al emprendimiento, a la iniciativa y participación de las personas, que es capaz de coordinar y aunar voluntades tras un objetivo común. Por el contrario, el Estado concentrado en sólo solidarizar, controlar y fiscalizar mostró toda su insuficiencia e ineficacia.

Sin cuestionar que se trata de actitudes personales valiosísimas, el liderazgo basado en la cercanía y el corazón indiscutiblemente es una imagen sobre la cual fue posible construir un muy buen relato para lograr adhesión y aprobación pública, pero claramente resulta insuficiente cuando se trata de buscar soluciones eficientes y resultados reales y permanentes a los problemas que por años aquejan a una mayoría del país.

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