Museo de Arte Precolombino publica libro que reconstruye la historia de Santiago

Con motivo del Bicentenario, el libro Santiago de Chile: 14 mil años, aborda en más de 300 páginas la historia detrás de la capital de Chile. Se lanza hoy, en el Castillo Hidalgo.

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Los llamados "carros de sangre" inauguraron sus recorridos por las vías de Alameda, Estado y Ahumada en 1857. Con una capacidad para 18 pasajeros, dos caballos tiraban del pintoresco servicio de tracción animal. No durarían para siempre. El 2 de septiembre de 1900 se estrenó el primer tranvía eléctrico. "Todos llevan luz eléctrica", afirmaron orgullosas las autoridades. "Esto tiene que acabar mal, porque una cosa que se mueve sin que se sepa cómo, tiene que ser obra del diablo", opinó un grupo de asistentes.

"Faltaba una obra omnicomprensiva, para grueso público y con la calidad de un libro de arte, que una ciudad capital como Santiago se merece", afirma Carlos Aldunate, director del Museo Chileno de Arte Precolombino y editor de Santiago de Chile: 14 mil años. Arrancando nada menos que con el asentamiento humano en la cuenca del río Mapocho hace 14 mil años, el libro celebra el Bicentenario desempolvando la historia de la capital de Chile. Patrocinada, entre otros, por la Comisión Bicentenario y el Banco Santander, hoy será lanzado, a las 12 horas, en el Castillo Hidalgo, por el alcalde de Santiago, Pablo Zalaquett.

La investigación realizada por el padre Gabriel Guarda, Cristián Warnken, Pedro Gandolfo y un vasto equipo multidisciplinario concluye con propuestas orientadas a transformar la metrópolis en un lugar más amable. Luego de tres años de trabajo y con más de 300 imágenes, la publicación ilustra los cambios de una aldea que, a toda costa, se convirtió en ciudad.

Preludio de una metrópolis

Sólo habían pasado seis años desde la retirada de los incas cuando Pedro de Valdivia se asomó al valle cruzado por el río Maipo y Mapocho. Era la primavera de 1541.

Bautizada en honor al primer mártir de los 12 apóstoles, Santiago de la Nueva Extremadura fue construida de forma sencilla, cual tablero de ajedrez. Pocos meses después, el cacique Michimalonco la destruiría.

Y así tuvo lugar la primera de las muchas reconstrucciones de Santiago. Las crecidas impredecibles del río ("chico y ruin", según un cronista) y los terremotos eran habituales. El del 13 de mayo de 1647, sin embargo, un terremoto asombró por su violencia. Llevándose consigo un 25 por ciento de la población, duró alrededor de "dos credos rezados", según contaría el jurista Nicolás Polanco de Santillana.

Con un Cabildo desfinanciado y una ola de tifus que amenazaba con desquitarse de los sobrevivientes, la ciudad logró levantarse.

La Plaza Mayor fue el escenario por excelencia de la vida santiaguina. Al son de las campanas, destacaron entretenciones como las carreras de caballos y las peleas de gallos, provocando un fervor que incluso hizo soñar a algunos con un coliseo para dicho propósito. A pesar del idílico paisaje, tres sismos en 1730 acabarían nuevamente con la ciudad y su Catedral.

Junto con la reconstrucción, los presos fueron otro motivo de desvelo para el Cabildo. Acostumbrados a escaparse de la casa de adobe que los alojaba (hoy ubicada en la calle 21 de Mayo), vivieron prácticamente a costa de los bolsillos de los vecinos. Mientras, hospitales, cementerios, universidades y una Casa de Recogidas para las "mujeres de mal vivir" daban un nuevo aire a la ciudad.

Con la mirada en Europa

En 1780, un arquitecto italiano entró en escena. Con sólo 28 años, Joaquín Toesca asumió la construcción de la Catedral y la Real Casa de Moneda. Inspirado en la antigüedad clásica, emblema del espíritu ilustrado, sedujo a las nuevas generaciones de arquitectos e hizo soñar al resto. A la sombra de sus construcciones, se respiraba por las calles el aire de la emancipación.

La ciudad festejó la Independencia luciendo una flamante Biblioteca Nacional y el Instituto Nacional. Con ello vendría un impulso inédito de construcción, llegando al extremo de convertir el basural de La Cañada en un exclusivo paseo. Tras prohibir, so pena de multa, enlazar vacas y matarlas en el lugar, el inmundo sitio se convirtió en la Alameda de las Delicias.

Por las noches era una ciudad tranquila. No se podía tocar la bocina y las lámparas de aceite se consumían a las 11. Acostumbrados a "tomar el fresco" y a las largas tertulias, los santiaguinos conocieron una nueva vida nocturna tras la incorporación del alumbrado público a gas en 1857.

Se sumaron el Congreso Nacional, el Club de la Unión y un Cuerpo de Bomberos. Este último se formó después del incendio en la Iglesia de la Compañía de Jesús. El fuego prendió los hilos de unos adornos y los fieles intentaron abandonar el templo, pero obstruyeron los accesos. Ni el Presidente José Joaquín Pérez ni los huasos con sus lazos detuvieron el derrumbe de la iglesia, que sepultó a 2.000 personas.

La imitación del estilo francés, muy de moda en esos días, llegó a su apogeo con Benjamín Vicuña Mackenna. Decidido a convertir el centro en un espejo de París, y animado por su amigo Claudio Gay, el intendente presentó a las autoridades una lista de ideas que requería la rápida erradicación de los conventillos. En su lugar ubicaría edificios de formas europeas, quioscos y banquillos, además de terrazas, miradores, fuentes y pérgolas en el cerro Santa Lucía.

Pero el lujo europeo que sorprendía a los viajeros era aquí una ilusión. Los conventillos, lejos de desaparecer, crecieron con fuerza en los suburbios. Eran los inicios de la "cuestión social", verdadero motivo literario que inspiraría clásicos como Juana Lucero (1902), de Augusto D'Halmar, novela ambientada en el pobre barrio Yungay.

El primer centenario, presidido por el recién electo Emiliano Figueroa ("medio huaso, payador, valiente enamorado y sencillote", según Joaquín Edwards Bello), fue celebrado con nuevos trabajos. Entre ellos, la canalización del Mapocho, la creación de la Plaza Colón (hoy Plaza Italia) y la edificación del Museo de Bellas Artes y Estación Mapocho, a manos del arquitecto chileno Emilio Jéquier.

Para no ser menos que Nueva York, los arquitectos también se aventuraron con su propio rascacielos, levantando en 1921 el Edificio Ariztía, de 13 pisos. Para ese entonces, las familias tradicionales migraban lentamente hacia el oriente, mientras el centro se convertía en una zona destinada al comercio.

"Desastres como terremotos, pestes, incendios e inundaciones han impreso en sus habitantes una voluntad de continuar asentándose en el mismo lugar sin abandonarlo, a pesar de sus riesgos", señala Aldunate sobre esta ciudad que, desafiando desde temprano a la naturaleza, se apresta a celebrar el Bicentenario. Hoy, claro, posee una moderna fisonomía y está lejos de aquella que festejó sus primeros 100 años con las tripas al aire, ilusionada por un nuevo alcantarillado.

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