LA TERCERA | EDICIÓN lunes 19 de julio de 2010 | PAG: 38
En Identidad, latinoamericanismo y bicentenario, el escritor chileno Jaime Valdivieso plantea que falta "espesor espiritual e intelectual" en el país. Esta pobreza se reflejaría en la renuencia a asumir nuestro carácter mestizo y herencia mapuche.
por Sergio Missana
Para Carlos Fuentes: "Todo el problema de la identidad de América Latina se da alrededor de un punto fundamental: reconocer la existencia de nuestra diversidad y nuestro mestizaje. Allí radica toda nuestra riqueza". Esta cita, utilizada como epígrafe, resume la tesis central de Identidad, latinoamericanismo y bicentenario, de Jaime Valdivieso (Universitaria, 2010). Según su autor, los chilenos habitamos un país "desorientado, inseguro, desaplomado, que no sabe dónde está pisando, con una falsa idea de patriotismo, con una chilenidad dieciochera", aquejado de "falta de espesor espiritual e intelectual". Ello se debería, sobre todo, a la renuencia a asumir nuestro carácter mestizo y herencia mapuche. Desde la Conquista se estableció una sociedad señorial que luego se proyectó a la República: gobernada por una elite europeizante e inculta que ha negado su origen en el mestizaje, una "oligarquía racista, autoritaria, antidemocrática y endogámica", que ha construido una identidad falseada y distorsionada de país republicano, europeo ("los ingleses de Latinoamérica") negándose a reconocer que "la presencia mapuche está de una u otra manera dentro de nosotros mismos en un cierto estilo de hablar, evadir y callar". Aunque presentada como una obra unitaria, se trata de una serie de ensayos misceláneos con diferente grado de conexión con el tema central. En su introducción, el autor señala que no se debe esperar el rigor académico: "Son más bien ensayos de amor intelectual, como diría Ortega y Gasset". En esta multiplicidad, sobresale el relato testimonial sobre maestros del autor como Ricardo Latcham o Mariano Picón Salas, y sus amistades literarias. Destaca, por ejemplo, una anécdota del tiempo en que Neruda era cónsul en México, a propósito de su intento de editar una revista llamada Araucanía. Neruda refiere que envió ejemplares del primer número a autoridades chilenas, incluido el Presidente, esperando una felicitación protocolaria: "Pasaron los meses y no había respuesta. Pero esta llegó. Fue el funeral de la revista. Decía solamente: 'Cámbiele el título o suspéndala. No somos un país de indios'. 'No señor, no tenemos nada de indios', me dijo nuestro embajador en México (que parecía Caupolicán redivivo)"… Resulta pertinente el capítulo sobre la poesía mapuche actual, pero los dedicados a Ortega y Gasset, Borges, el Quijote, Proust, etc., aunque interesantes, no acaban de conectarse con la línea del libro. El tono tiende a ser prescriptivo. El deber de los intelectuales chilenos sería luchar para que el Estado reconozca el legado cultural del mestizaje; "develar el presente, desenmascarar las falacias y distorsiones del pasado, mostrar el rostro indio de nuestro pueblo y el que llevamos todos en nuestra propia sangre y en nuestro espíritu…". En algunos pasajes prima la efusión retórica por sobre el análisis. Aunque al libro le hubiera hecho bien una mejor edición (desde la estructura general, que resulta dispersa y repetitiva, hasta la corrección de pruebas) constituye un aporte valioso como una autobiografía intelectual y por enfatizar la importancia de reflexionar sobre el tema de la identidad.
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