LA TERCERA | EDICIÓN lunes 31 de mayo de 2010 | PAG: 4
Recientemente, el ministro de Educación anunció que se entregarán incentivos económicos a los colegios que mejoren ciertos indicadores de vida saludable: tanto los relacionados con tareas y procesos (por ejemplo, completar ciertas horas de educación física), como los orientados a resultados finales (reducción del porcentaje de niños fumadores). Esta iniciativa pareciera ser una prometedora forma de atacar este problema. Sin embargo, no es obvio que realmente constituya una solución o la mejor solución. La clave está en evaluarla antes de implementarla como política universal. La obesidad infantil ha alcanzado niveles alarmantes en Chile. Frente a ello, la pregunta ¿se deben tomar medidas para resolver la obesidad?, ha sido remplazada por ¿qué políticas públicas se deben implementar? La complejidad reside en que modificar los hábitos de salud no es una tarea fácil y sin indicadores de impacto es imposible saber si un objetivo se está alcanzando. Por ejemplo, existen evaluaciones en EEUU -publicadas en American Economic Review- que sugieren que la mera entrega de información sobre las características nutricionales de los alimentos no mejora los hábitos alimenticios, sino que incluso puede inducir a aumentos en el consumo. En contraste, un artículo del Journal of the American Medical Association reveló que programas de incentivos monetarios vinculados a la reducción de peso son efectivos en el corto plazo, pero que no son sustentables después que dejan de entregarse. Estos resultados no quieren decir que los incentivos no funcionen o que el contexto de Chile sea el mismo que el de otros países. Por el contrario, diversos estudios han encontrado que la entrega de incentivos es altamente efectiva para cambiar comportamientos y mejorar resultados. La propuesta, entonces, es realizar una evaluación de impacto en un número determinado de escuelas antes de llevar cualquier política pública a nivel nacional, ahorrando millones de pesos en programas que quizás son inefectivos. Una manera rigurosa de evaluar son los métodos experimentales: un programa piloto se asigna por medio de una lotería y se comparan los resultados entre un grupo de tratamiento y otro de comparación. Al aplicar el programa aleatoriamente, podemos estar seguros de que los grupos que comparamos poseen características similares y que la única diferencia es el tratamiento que se entrega. Puede que encontremos que los incentivos a los colegios son altamente efectivos. Pero quizás los incentivos simplemente provoquen cambios en los procesos de los colegios -la disminución de comida chatarra o el incremento de horas de educación física-, sin que éstos resulten en mejoras en los índices de obesidad. Incluso, hay programas exitosos que han tenido efectos negativos en otras dimensiones. Por ejemplo, el proyecto TAF ("delgados y en forma") de Singapur logró reducciones en las tasas de obesidad de las escuelas, pero fue radicalmente modificado cuando se lo relacionó con bullying. Una evaluación permitiría detectar estos efectos con anticipación. Encontrar una mejoría en obesidad infantil tras una evaluación piloto de la propuesta del gobierno, establecería evidencia clara y contundente a favor de dicha política. No encontrar efectos podría sugerir que este programa no es el adecuado. En ocasiones, existe presión para lanzar de inmediato iniciativas universales para atacar los problemas. Evaluar antes de expandir no equivale a ser indulgente y pasivo. Al contrario, es la ruta más responsable ante la urgencia de la situación.
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