LA TERCERA | EDICIÓN domingo 30 de mayo de 2010 | PAG: 66
En su último libro Educar con Sentido Común, el reconocido sicólogo español Javier Urra asegura que el castigo sigue siendo una herramienta educativa para el desarrollo social y sicológico de los niños. Evitar que el remedio sea peor que la mal dependerá de que la sanción sea justa, posible y a tiempo. ¿Qué hacer o evitar para dejar una lección en los hijos?
por Teresita Quezada Galarza
¿Hay que castigar a un niño que pasó corriendo muy cerca de la mesa y rompió un jarrón? ¿Y si, en vez de ocultarlo, lo confiesa? ¿Qué hacer cuando un adolescente llega a la casa media hora después de lo acordado? ¿Y si tiene una buena excusa? No hay convenciones sobre los castigos más allá de evitar llegar a los golpes o la violencia física o verbal. Lo demás se le deja al sentido común, algo que no todos poseen en demasía. El reconocido sicólogo Javier Urra, autor del libro Educar con Sentido Común, entrega algunas pautas: nunca negociar un castigo, que sea posible de aplicar y hacerlo inmediatamente, aunque se aplique días después. Aunque no prolongarlo demasiado. Es decir, no "dejarlo sin cumpleños" cuando este es en tres meses más. La convicción de Urra proviene de su trabajo como sicólogico forense de los Juzgados de Menores de Madrid, donde ha visto que quienes no fueron castigados por sus padres terminan siendo castigados por la sociedad. "Los chicos que van a la fiscalía muchas veces dicen que no les importan a sus padres, porque "haga lo que haga no me dicen nada", cuenta a La Tercera el también presidente de la Red Europea de Defensores del Menor. Aprender la lección El castigo debe ser "pedagógico para el que lo recibe", y no "terapéutico para el que lo administra", dice Urra. Es decir, pertinente para que el niño aprenda una lección y no para controlar la ira de quien lo impone cuando, por ejemplo, su colección de CDs ha quedado destruída. Para esto, el niño tiene que saber que existe una norma y que si no la respeta habrá consecuencias. La misma falta, explica Urra, debe tener siempre un castigo similar. "Un niño quiere que le cuenten el mismo cuento siempre, quiere hábitos, horarios, márgenes y saber qué es lo que está mal. Si hace lo que quiere, acaba por neurotizarse". Pero no se trata de normarlo todo: el castigo es la última medida ante un hecho inaceptable. La pataleta y la rabia Naturalmente, los niños responden ante la sanción e intentan manipular la situación para evitarla. Abusan de que los padres están con amigos o en lugares públicos para hacer una pataleta o dividir a los padres rompiendo las pautas educativas, son las respuestas más comunes. La receta de Urra es "no negociar nunca ni dejarse chantajear". En cambio, hay que saber argumentar el castigo, por lo que debe ser claro y coherente. El peligro es que el niño vaya sumando rencor y tenga pensamientos vengativos. Esto se evita diciendo que se los quiere, que hay cosas que no entiende y que debe aceptar, "que a veces nos equivocamos, pero que intentamos no hacerlo y que hemos agradecido lo que nuestros padres nos enseñaron" . ¿Y funciona? "Sí, funciona", asegura Urra. ¿Y si confiesa? Debe mantenerse la sanción. El niño puede convertirlo en una táctica para anular el haber roto las reglas y hacerlo sólo para no recibir el castigo que sabe le corresponde. La indiferencia Muchas veces entendida por los padres como rebeldía, la indiferencia "es un derecho", dice Urra, así como también lo es enojarse. El adulto "debe juzgar la conducta y la obediencia. ¿Cómo mido si no le importa la sanción? "El castigo debe servirle (al niño) para pensar y reflexionar. No se trata de vencerle ni convencerle. Tampoco para humillarlos", dice el experto, y agrega que el hecho de que un castigo no angustie al niño no significa que esté mal escogido. Sí lo está cuando se les impide o fuerza a la lectura o el conocimiento. Castigar con el deporte o las actividades sociales dependerá de su propio bienestar. "Si es tímido, no hay que quitarle los amigos", explica, sino, tal vez, los videojuegos con los que se entretiene a diario.
La excepcionalidad
Cada fin de semana es demasiado y el castigo pierde su función educativa. No debe usarse, por ejemplo, para que el niño "esté más en casa".
Recepción inmediata y argumentada del castigo
El niño debe saber por qué está castigado y recibir la sanción inmediatamente, aunque la vaya a cumplir días después.
La proporcionalidad
Evitar los "nunca más..." y los "se acabó..." es fundamental. El castigo debe adecuarse a la falta, como volver a limpiar la pared que rayó.
Equilibrio y templanza
Sin rabia ni venganza. El castigo no es una catarsis de los padres, aunque el niño haya destruido las flores del jardín o tuvieron "un mal día".
Coherencia
Los niños deben tener claro qué es inaceptable e, idealmente, conocer la sanción: "Si inundo el baño tendré que secarlo y no comeré postre".
Aplicabilidad
El buen castigo no se negocia ni levanta, aun si corrigió su actitud y convenció a los tíos para que aboguen por él. Pero debe ser practicable.
Procesando mensajes...
#{date} | #{author}
