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LA TERCERA | EDICIÓN lunes 29 de marzo de 2010 | PAG: 37

"Mucho escritor flojo en Chile se esconde en la entretención"

Locuela no sólo es la tercera novela de Carlos Labbé, sino que en su compleja y laboriosa estructura está su propuesta estética: "Estoy en contra de la claridad", dice. El más arriesgado de los nuevos narradores chilenos y ex editor del sello Planeta habla de los "editores fantasmas" que ayudan a autores como Pablo Simonetti y Carla Guelfenbein.

por Roberto Careaga C.

"Yo me quería ganar el Premio Anagrama. Ya no", cuenta Carlos Labbé (32). Después de dos "ilustrativos" años como editor en la sede local de sello Planeta, Labbé ya no cree en el mito del prestigioso sello español de Jorge Herralde. "Es otra editorial más", dice. Una vez creyó. Diez años atrás envió en la mochila de un amigo que viajaba a Europa una novela inédita para presentarla al premio de Anagrama. El amigo se desvió en un bar. Pasaría una década para que Labbé realmente pusiera el punto final a ese libro y terminara de delinear una teoría mayor donde hay poco espacio para los fuegos artificiales de los premios: Locuela, la novela, es el resumidero de una propuesta estética que no se conforma con estructuras tradicionales, huye de la claridad y exige una lectura participativa. "El lector vive y el autor ha muerto", se lee al final de la novela que lanza esta semana.

Suena grave, pero Labbé habla con la calma de quien ha trabajado minuciosamente en echar a andar un proyecto y lo ha contrastado con las entrañas de la producción literaria chilena. "Hay mucho escritor flojo que se esconde en la idea de contar una historia y entretener. Con los años, con suerte, harán un estilo. Entregan todo al editor: 'Aquí está mi vómito, organízamelo'", dice echando mano de su experiencia en Planeta.

Sobre la literatura local

La confusión que se permite Locuela le posibilita a Labbé situarse en perspectiva a la literatura chilena. Seguidor del "personal modo de entender la literatura" de Diamela Eltit y Germán Marín, Labbé tiene claro a quien no seguirá jamás: "Es importante la historia, es importante la claridad, pero están totalmente perdidos los que quieren ser escritores gringos. Nuestro lenguaje no es claro. Pienso en los miembros del taller de Donoso, en Pablo Simonetti, Carla Guelfenbein, Roberto Ampuero. Hay que tener textura. El escritor debe ser el primer estilista de su escritura", dice.

Maldita claridad

Labbé predica y practica. Sus libros destilan trabajo. Al delicado Libro de plumas (2004), le sucedió Navidad y Matanza (2007), una novela puzzle alabada por el argentino Fogwill y que pavimenta la compleja estructura de Locuela, que se despliega en tres voces. En el segmento "La novela", se relata el intento de Carlos por escribir una novela policial en torno a la muerte de una albina; mientras que en "El destinatario" se lee el diario personal de Carlos. En "La remitente", habla la albina: cuenta su mundo de fantasía, Neutria, su relación con Carlos y el Corporalismo, explosivo movimiento que denuncia la mercantilización de la literatura.

"Es una historia de jóvenes que viven en la escritura. Es un síndrome de los estudiantes de literatura: no salen de los libros", cuenta Labbé recordando sus años de estudiante de literatura en la Universidad Católica. "Pero también Locuela habla sobre la vida y la muerte. Qué pasa cuando alguien se muere en una novela. No la pienso como metaliteratura, pero es una discusión sobre la literatura", añade.

A veces pareciera a que a Locuela le faltan partes o sus personajes se desdoblan. No son errores: es el resultado de los 12 años que Labbé demoró en escribir y ensamblar la novela. O lo que es lo mismo, en dar forma a lo más parecido a una estética. "Está en la forma de Locuela y de todas mis novelas: transferirle al lector el rol activo de la creación. Estoy en contra de la claridad", asegura.

Planeta: los agentes y los asesores

Cuando en marzo de 2008 Carlos Labbé asumió como editor de Planeta, se lo dijeron claro: tendría tres libros al año para dar salida a la "buena literatura". El resto del catálogo era un asunto comercial, aunque con "anomalías" como Diamela Eltit.

La experiencia le sirvió a Labbé para conocer los mecanismos internos de la industria. "Esa fantasía de glamour de Simonetti, de Guelfenbein, es súper mediocre. Es una fantasía de los argentinos. (Guillermo) Schavelzon, ese agente terrible, tiene delirios de grandeza y a sus autores chilenos los mima, los contiene y algunos caen. Los autores comerciales chilenos son gente muy desvalidas emocionalmente", cuenta Labbé.

Aprendió algo más: "Un editor no tiene que estar ahí para reescribir un libro. El escritor debe encontrar su forma. Todos estos escritores de Schavelzon no encuentran su forma. A veces les ponen un editor fantasma que les ayuda en la estructura. Entonces hay gente que para lo que gana, trabaja poco. Hablo de Simonetti y Guelfenbein".


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