LA TERCERA | EDICIÓN sábado 13 de marzo de 2010 | PAG: 3
El hombre que asumió este jueves la Presidencia de la República es un conocido fanático de los deportes, entre ellos el fútbol. Por eso, a pocos sorprendió que aprovechara la visita a Chile de otro Mandatario aficionado al balompié, el boliviano Evo Morales, para proponerle jugar un partido amistoso. Ambos jugaron en el mismo equipo -que ganó el encuentro por 2 goles a 0-, y con el buen espíritu que conviene a este tipo de eventos.
Con todo, ¿por qué celebrar juegos como éste? De partida, a muchos les caben fundadas dudas sobre el aspecto "competitivo" del asunto. Desde luego, a ningún Presidente le gusta perder, incluso amistosamente y jugando en la misma oncena, a la vista de un homólogo de un país vecino, sobre todo cuando la relación es compleja -como lo es la de Chile y Bolivia- y menos cuando hay cámaras grabando todo. Por otro lado, tampoco ningún Mandatario querría ganar por goleada, dejando a su rival mal parado frente a las respectivas audiencias.
Pero lo más dudoso, y que nadie se ofenda, es la estética de estas cosas. No porque se espere de ellas el despliegue físico y técnico en la cancha que tendrían jugadores profesionales, sino porque ver a un gobernante jadear detrás del balón, arriesgarse a dar con sus huesos en el pasto, o dar y recibir empujones, tiene muy poco de presidencial. Habrá quien diga que ésa es una buena metáfora para la política en democracia, pero ése es otro tema: la gracia de las pichangas no les viene por lo republicanas. (MOJ)
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