LA TERCERA | EDICIÓN martes 09 de febrero de 2010 | PAG: 4
por Ricardo Hausmann, Economista, ex ministro venezolano y académico de la Universidad de Harvard
Erase una vez dos países que tuvieron siete años de vacas gordas. El primero bajó impuestos, aumentó gastos, redujo las tasas de interés y le echó más candela a la especulación inmobiliaria. El segundo, en cambio, generó un importante superávit fiscal, fortaleció su supervisión de los bancos y le puso severos límites a la expansión del crédito al sector inmobiliario. Un día, los siete años buenos llegaron a su fin y las vacas entraron a dieta. Si esto fuese un cuento infantil, el cerdito que hizo su casa de paja pagará por sus pecados y el que la construyó con ladrillos sobrevivirá la tempestad. En este cuento, el primer país es Estados Unidos y el segundo es España. EEUU usó los años buenos para reducir los impuestos, extender los beneficios médicos e iniciar dos guerras, mientras la Reserva Federal mantenía tasas de interés bajísimas y fuertes estímulos a los préstamos hipotecarios, mediante desgravámenes fiscales y las garantías otorgadas por Fannie Mae y Freddie Mac. La crisis financiera explotó en EEUU y se extendió al mundo. Ante el pánico, el mundo decidió dejar de tomar riesgos financieros y de comprar el instrumento de ahorro más seguro: ¡los bonos emitidos por el irresponsable Tesoro norteamericano! En consecuencia, Washington tuvo la posibilidad de emitir deuda a las tasas de interés más atractivas de las últimas décadas para financiar no sólo el rescate de los bancos, sino también el aumento del déficit causado por la recesión y por un paquete de estímulo fiscal equivalente a más del 5% del PIB. El contraste con España es extremo. Durante el boom de los primeros años del milenio, como miembro de la zona euro, España no tenía una política monetaria autónoma, pero siempre abogó porque el Banco Central Europeo (BCE) adoptara una más restrictiva. Las tasas de interés las fija el BCE mirando al promedio europeo y España estaba mucho más boyante que los demás. Dada la política monetaria laxa, el país utilizó sus herramientas alternativas para aminorar el boom: un mayor superávit fiscal y una política financiera más restrictiva. Sin embargo, el boom español, impulsado por masivos ingresos de capital, generó un gran déficit en cuenta corriente y un gigantesco sector construcción. Vino la crisis y la parada súbita de capitales causó una profunda recesión, pero dejó a los bancos intactos. La primera reacción fue estimular la inversión pública, usando el espacio fiscal creado en los años buenos. Aun así, el desempleo casi se duplicó, hasta el 20%. Además, el rápido deterioro de la posición fiscal ha puesto nerviosos a los mercados, que aún ven a España, literalmente, como uno de los cerditos (los países del sur europeo conocidos como PIGS: Portugal, Grecia, Italia y España). Las tasas de interés sobre la deuda pública han subido en forma alarmante, obligando al gobierno a anunciar un paquete de recorte fiscal en medio de la recesión y el desempleo, para restablecer la confianza en la solvencia del país. España estaría mucho peor si no fuese por sus políticas prudentes, pero pareciera que la falta de flexibilidad cambiaria y monetaria ha sido más importante que la responsabilidad en el manejo fiscal y financiero, tanto en el boom como en la recesión. Mientras Washington y Londres fijan tasas de interés bajísimas y dejan que sus monedas se ajusten, España tiene que importar una política monetaria y cambiaria que nunca es la que mejor le va. La moraleja parece ser que, en lo que respecta a manejo macroeconómico, no es fácil compensar la falta de flexibilidad con excesos de responsabilidad. Cuando vino el terremoto financiero, los ladrillos hicieron más daño que la paja.
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