LA TERCERA | EDICIÓN martes 26 de enero de 2010 | PAG: 3
Que los tiburones tienen mala fama, bueno, pues la tienen. Basta ver que la Real Academia, cuando el término se aplica a una persona, lo define como alguien "ambicioso que a menudo actúa sin escrúpulos y solapadamente". Desde épocas pretéritas, los escualos han estado presentes en el imaginario colectivo como los "amos y señores de las profundidades marinas". Incluso, hay culturas milenarias, como la japonesa y la azteca, que los identificaban con deidades, pues son depredadores despiadados que se mueven con sigilo en el agua, cuya fuerza y ferocidad hacen mella en la fauna marina. Todo eso está muy bien. Sin embargo, los tiburones no son lo que nos pintó la famosa película que Steven Spielberg estrenó en 1975, inspirada en el libro de Peter Benchley, en la que un desmesuradamente grande tiburón blanco aterroriza las costas de Amity Island (nombre ficticio) y devora a cuanto humano se le cruza en el camino. Sí, son grandes depredadores, pero en general se dedican a buscar presas mucho más suculentas que nosotros. ¿A qué viene todo esto? Pues a que en los últimos días, gracias al fenómeno El Niño, se han divisado en nuestras costas peces espada o tipo "vela", que asemejan a los tiburones por la aleta que sobresale del agua. Así es que no se asuste. Si usted está en la playa disfrutando de sus merecidas vacaciones y escucha decir "tiburón a la vista" (como reza una conocida canción), puede estar tranquilo: lo más probable es que sea un impostor, y si resulta ser un escualo, de seguro no viene por usted. (PGA)
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